Zortzigarren Hiria (La Octava Ciudad)

Editorial: Txalaparta

Año: 2.023

Páginas: 148

*Puedes dejar abajo tu opinión o comentarios.

La Octava Ciudad ha comenzado a tomar en cuenta a Eleder y no hay vuelta atrás, para bien o para mal. ¿Pero quién es Eleder? El poeta de las palabras cambiantes olvidado por la historia, el ciberprofeta de la caverna mística, el lector e intérprete del corazón de la ciudad, el faro de pequeñas revoluciones sin consecuencias, el acosador de la gran paciencia, el vencedor de las siete hambrunas, el predicador a la sombra del árbol más ancho del parque del Barrio Alto… En definitiva, un puro animal deseoso de difundir la iluminancia a través de sus palabras. Mientras tanto, algo han comenzado a preparar en el barrio olvidado: han llegado nuevos vecinos, con intención de quedarse y con plena disposición de darle vida al barrio, y no precisamente al gusto de todos en la Octava Ciudad.

Esta novela es otra pieza de la trilogía del escritor de ficción Simun Palsu, la segunda que llega a nuestras manos, tras la novela Esan gabe doa (Ni qué decir). Exprimiendo más que nunca su humor habitual, Asel Luzarraga nos traslada a una época anterior a la revolución en el país de Sakau, intercalando dos historias condenadas a encontrarse.


Era 2009, el otoño arrancaba hacia el invierno en Euskal Herria, la primavera hacia el verano en Wallmapu. Allí estaba yo, en el barrio de Villa Pulmahue de Padres las Casas, en la Araucanía. Ya solo esos nombres invitan a un mundo literario mágico. Unos meses antes, en pleno invierno austral, había terminado lo que sería Utopiaren itzalak (Las sombras de la Utopía) y se lo había enviado al editor de Txalaparta, Mikel Soto. Enseguida retomé las notas de lo que más tarde se convertiría en Bioklik y en ese proyecto tenía la mente puesta. En aquel momento aquella era la última pieza del camino tomado hasta entonces por mi universo literario. Desde que llegué a Buenos Aires en 2008 vivía inmerso en lecturas a las que antes no hacía ningún caso: Malatesta, Proudhon, Kropotkin, Bakunin… Pero en aquel momento acababa de terminar Así habló Zaratustra de Nietzsche y sus palabras giraban en mi cerebro, produciendo sinapsis neuronales según sus caprichos. También me tenía enganchado la literatura latinoamericana y sentía latir el deseo de orientar los siguientes pasos de mi literatura en otra dirección. Lejos de la dirección hacia la que me empujaba Bioklik.

De pronto vino a mi encuentro uno de esos momentos mágicos que ocurren de vez en cuando. Abrí un nuevo archivo de Libre Office y se formó ante mis ojos un extraño pasaje. Formarlo lo formaron mis dedos moviéndose en el teclado. Creo que algunos llaman inspiración a esos instantes mágicos. Momento doble, ya que en pocos minutos se habían formado dos especie de inicios. Un par de párrafos. Habían surgido el ciberprofeta Eleder y el barrio olvidado de la Octava Ciudad, condenados a encontrarse. Sin tener claro qué camino tomaría la historia, pensé en ese título: La Octava Ciudad.

En la misma época llegó a mis manos el manuscrito de una novela que Asier Serrano ya tenía terminada; me la enviaba él mismo, claro. Había viajado hasta Chile, las ventajas de la tecnología, la que pronto sería Erlojugilea publicada por Txalaparta. Aquel manuscrito me tuvo algún tiempo atrapado en el oscuro, tierno, bello y crudo universo de Serrano. Por poco tiempo, porque lo devoré. Me habló del proyecto que tenía en mente, y eso encendió otra lucecita en mi cerebro. Otra sinapsis. Muchas veces había cavilado cómo traer a mi literatura otro mundo posible que se alejara de la sombra coja de esta sociedad nuestra y mostrara su reverso. Ahí empezaron a esbozarse otra historia, personajes y situaciones…, y surgió la semilla de lo que sería Askayala.

Un poco más tarde me di cuenta de que en esa Askayala precisamente se encontraba mi Octava Ciudad. Que serían el predicador a la sombra del árbol más ancho del parque de Barrio Alto y el barrio olvidado en el otro extremo de la ciudad los que de alguna manera provocarían la chispa para desencadenar la revolución. ¿Cómo? ¡Para eso hay que leerse el libro! Porque terminé Zortzigarren Hiria hace ya tiempo y desde entonces ha sabido esperar su momento. Al momento que lo tomes y lo leas.


Fragmento para lectura

Durante los últimos años se ha hablado mucho de lo ocurrido en la Octava Ciudad. También se han mitificado los acontecimientos, en la medida en que se puede mitificar todo acontecimiento llegado para establecer una línea entre dos épocas. Nadie de quienes estuvieron presentes ha escrito nada al respecto, y aunque el romanticismo del que lo han vestido los cronistas ha sido de gran ayuda, es hora de que alguien presente escriba la verdadera historia de la Octava Ciudad, mientras los hechos aún no han sido borrados de nuestra memoria. Porque allí estuve yo, Simun Palsu, como una sombra invisible hasta en los rincones donde no alcanzan los rayos del sol, el año en que todo empezó. Sospechaba que en aquella ciudad, en Yaranta -que era y es el verdadero nombre de la Octava Ciudad-, estaba a punto de ocurrir algo importante; me lo había susurrado el instinto que ya se me había despertado en muchos momentos decisivos.

Lo que voy a escribir aquí, por tanto, es lo que conocí de primera mano y lo que me contaron algunos testigos directos, pero mi imaginación os propondrá también viajes virtuales a algunos lugares donde no llegué a estar. Alguno se llevará una desilusión, pero la culpa es del mismo instinto que me lo advirtió, porque lo que tomé por el suceso principal fue otro. Sin embargo, reuniré aquí lo que vi, oí, supe e imaginé, y a través de la historia que voy a contar, el lector podrá formarse una imagen más auténtica de lo que inició todo lo demás, aunque sea indirectamente, tan dudosa como cualquier crónica o libro de historia escrito, pues nuestra lectura subjetiva o el deseo de traer el agua a nuestro molino nos hacen dar pasos erróneos cuando no nos traiciona la propia memoria; en honor a la verdad pero en deuda con ella, en más ocasiones de las deseadas. Las asambleas de Askayala resolverán cuánto papel merece derrocharse en esta modesta aportación, que quizá sirva también para llenar algunas lagunas informativas a quienes reciben noticias de nuestra realidad a distancia, por goteo y distorsionadas por filtros ideológicos, aunque sospeche que este relato caminará despacio y no llegará muy lejos.

Y es que me fijé en lo que tenía más cerca, el predicador Eleder, e incluso tuve ocasión de hacerle algunas entrevistas personales y honestas para, más tarde, poder cubrir las lagunas que tenía sobre él. En otras ocasiones me atreveré a aventurarme gracias al conocimiento que dichas entrevistas me dieron sobre Eleder, si el lector tiene el placer de acompañarme. En cambio, aunque tengo menos datos directos sobre ese barrio olvidado que la mayoría tenéis en mente, sí tuve la oportunidad de caminar por sus calles y entre sus vecinos, incluso de entrevistar a algunos de ellos en aquellos momentos. Más adelante, como os imaginaréis, no quedaron muchas posibilidades. Ahora se os harán raras muchas realidades que aquí se citan; tanto ha cambiado nuestro mundo desde entonces. Sirva también para rememorar lo que dejamos atrás y para que las generaciones más jóvenes que no conocieron ese mundo se hagan una idea; quizá para enriquecer en nuestras asambleas y huertas los debates sobre cómo interpretar el pasado, entender el presente y esbozar el futuro.

¿Quién era, sin embargo, Eleder, el poeta de las palabras cambiantes olvidado por la historia, el ciberprofeta de la caverna mística, el lector e intérprete del corazón de la ciudad, el faro de pequeñas revoluciones sin consecuencias, el domador de incendios provocados, el acosador de la gran paciencia, el vencedor de las siete hambrunas, el precursor de la náusea, el predicador a la sombra del árbol más ancho del parque del Barrio Alto, el alma inclasificable de niño perdido? Siendo yo su sombra muda, el observador imparcial de sus maravillas, narrador objetivo llamado a dar fe de ella, no me corresponde a mí poner palabras siempre demasiado breves, demasiado terrenales, demasiado estándares, demasiado estanterinas, demasiado claras para definir lo indefinible. Lo mejor, cumplir fielmente mi misión y dejar que lo definan sus actos.

Los que dieron principio a todo, esos que vosotros tenéis en mente, fueron, sin embargo, individuos comunes. No merecen ser nombrados individualmente, no aceptan calificaciones ostentosas. Crecieron y se educaron entre humanos, no eran más que humanos, y se conocían a sí mismos. Cuando se vieron en las calles de la ciudad, urbanitas y campesinos, autóctonos y extranjeros, niños y adultos, indígenas y descendientes de quienes trajeron los barcos, asalariados y parados, cis, trans y queers, gordos y flacos, guapos y feos, de piel clara y oscura, se reconocieron inmediatamente. No tenían rasgos físicos especiales, ni vestimentas similares, ni edades parecidas, ni militancia común, ni símbolos ideológicos, pero a pesar de las razas, orígenes, estilos, pasados, no lo dudaron. Hay algo en sus ojos, habría pensado alguien si se hubiera dado cuenta, pero tampoco había nada de eso. Se sonrieron mutuamente, una sonrisa sincera y generosa que apenas se veía en la ciudad, y después de silenciosas conversaciones que nadie escuchó, todos tomaron el camino hacia un barrio olvidado.

Era uno de esos hermosos días primaverales en que el aire penetra frío y limpio en los pulmones, como si las pocas nubes algodonosas lo hubieran filtrado. Me diréis que es tontería dividir el año de nuestro Askayala en primavera, verano, otoño e invierno; a ver según qué hemisferio era primavera; no puedo deciros lo contrario, pero aceptadme esa licencia poética, porque la primavera es la época de resucitar lo que estaba muerto; la época en que todo se inicia, en otros rincones del mundo; intentemos ser un poco más universales y globalizarnos por un momento. Reconoceréis, al menos, que la Octava Ciudad es la única de nuestra geografía que conoce el frío. Consciente de que no voy a satisfacer a los más exigentes, diré que era el fin de la temporada de lluvias, y que es mi decisión arbitraria decirle primavera a eso.

Algunos adultos tomaron a hombros o en brazos a los niños que se cansaban a pie, sin considerar parentesco alguno. Otros también ayudaron a los mayores que se les unieron. Una pequeña marea imperceptible que partió en la misma dirección desde todos los puntos de la ciudad y desde los suburbios, arroyos inapreciables. Sólo los ladrillos y el asfalto escucharon su conversación. La ciudad siguió a su ritmo, sin percibir el vacío dejado por ellos. En seguida llenan unos los huecos que otros dejan, en la ciudad, como una espesa miel que se acomoda poco a poco hasta llenar todos los rincones del bote. Y así, como gota a gota, como los granos de un extraño reloj de arena con siete agujeros, la gente llenó lentamente el espacio escogido desde las siete calles que daban acceso a aquel barrio olvidado. Llegaron niños de dos, cinco, seis, ocho, once años que nunca fueron capaces de permanecer quietos escuchando una sola voz entre las cuatro paredes de una escuela; adolescentes de catorce, quince, dieciocho años que necesitaban algo que los llenara más que llenar de alcohol el vacío que les dejaba llenar la cabeza de contenidos; algunos universitarios que no querían poner a la pasión por estudiar un mundo el límite de un título y la cárcel de una actividad bajo un precio decidido por otros; algunos ingenieros e informáticos que no deseaban subordinar su ingenio a los logaritmos del mercado; algunos médicos, enfermeros y bioquímicos que no querían extender la salud farmacéutica como una plaga; algunos campesinos deseosos de ver la tierra lejos de la monotonía agotadora del monocultivo; profesores que querían aprender de nuevo a ser niños y a vivir; obreros de diferentes tipos que no deseaban ser máquinas vigilantes del movimiento de otra máquina; jubilados que no deseaban jubilar sus sueños una vez que las empresas jubilaran sus habilidades; un piloto que aburrido de mirar a la gente por encima del hombro deseaba mantener sus ojos a la par de quienes lo rodeaban; tenderos que no querían la vida en venta; algunos indígenas que, arrinconados en los suburbios, estaban hartos de que manos extrañas escribieran su historia con manos extrañas, y deseaban cantarla con voz propia; un sacerdote que quería olvidar las verdades y vivir la realidad. También dos barrenderos, un cartero, algunos que nunca tuvieron ni buscaron oficio, tres poetas, ocho pintores -que no comparaban los tamaños de sus pincelas-, carpinteros, albañiles, arquitectos, un par de bomberos, siete mendigos, cinco prostitutas… ¡Pero para qué voy a clasificar yo a quienes deseaban desprenderse de toda clasificación!

A la espera de todos ellos, anfitriones del primer minuto, familias relegadas inevitablemente por los desahucios a aquel barrio olvidado, las más felices porque aquellas calles grises y sombrías se llenaban de color y vitalidad.

Y es que el olvidado barrio, vaciado por la desindustrialización y la crisis de antaño, estaba formado por casas ruinosas para obreros, talleres y comercios cerrados y algunas fábricas oxidadas. Ya no las atravesaban más que fantasmas de los chirridos de antaño, y parecía que hacía muchos años que la primavera no había llegado hasta allí; que durante mucho tiempo su ciclo repetido había sido invierno-otoño-invierno, en esta tierra nuestra que no conoce estaciones. Por encima de su corazón pasaba una de las autopistas de acceso a la Octava Ciudad, el único arcoíris que se podía ver en el cielo de los vecinos, siempre inmersos en una película en blanco y negro, y, de vez en cuando, aquel lugar recibía regalos de conductores que ni siquiera veían el barrio, como latas vacías, colillas y restos de chicle sin color ni sabor. Se veía un vertedero no muy alejado de los edificios más altos. Aquel era el paisaje más privilegiado, una colina viva que crecía al ritmo de la ciudad, creada por los cadáveres de la modernidad.

También había un parque. O un lugar amplio que otrora fuera parque. Y allí, los únicos habitantes del barrio reunidos, esperando, como si hubieran recibido una señal de lo que vendría. Y así había sido: una niña de ocho años cuyo juego más emocionante consistía en subir al depósito de agua más alto, como una vigilante de un barco pirata desde su puesto, clamó «¡Ya vienen !» en cuanto advirtió a las primeras personas que se acercaban. Al menos aquel día, los adultos olvidarían reprender a esa niña por subir a aquella torre de cemento que estaba a punto de desplomarse.

Así, poco a poco, rostros barbudos y lampiños, largas cabelleras y amplias calvas, pieles blancas como la leche, morenas como el azúcar y negras como el café, ojos verdes, marrones, azules, amarillos, grises y negros, pieles delicadas, curtidas y arrugadas, ropajes que abarcaban todos los colores del arco iris, camisas a cuadros, trajes grises, pantalones cortos, harapos pardos, rodillas rasgadas, globos, piercings y dreadlocks rodearon a los vecinos reunidos hasta absorberlos y tragarlos en aquel arroyo abigarrado. El parque parecía un lienzo tras el ataque de un pintor borracho. Poco a poco, como en respuesta a una orden silenciosa, todos formaron un círculo humano en aquel parque resucitado. Se miraban unos a otros, pero nadie decía nada, hasta que, de pronto, la niña anunció la llegada del séquito especial subiendo a un banco situado en el centro de la plaza y, sonriendo a todos los que la rodeaban, comenzó a hablar:

-Bienvenidos a nuestro humilde barrio olvidado, que ahora es también su barrio. Les propongo un juego -hizo una pausa, como si repentinamente le hubiera dado vergüenza sentir todos aquellos rostros mirándola, quizá consciente de la importancia que aquel momento solemne iba a tener para la historia de todos; eligiendo el vocabulario adecuado y cuidándose, tal vez, de no cometer errores gramaticales-. Les pediré que se quiten toda la ropa que llevan.

Era demasiado pronto entonces para esas cosas, al parecer, porque pronto se extendió cierto rumor entre todos los congregados. De modo que la niña reflexionó de nuevo sobre su proposición, y decidió tomar el término medio:

– Sí, sé que Yaranta es la ciudad más fría de Sakau, de acuerdo. Pero estarán dispuestos a quitarse algo que lleven puesto, ¿verdad?