Los buenos no usan paraguas (Onek ez dute aterkirik erabiltzen)

los_buenossportada- los buenos no usan paraguasArgitaletxea: Quimantú | DDT, Sorginkale, Hagin | Cúlmine

Urtea: 2.013 |  2.014 |  2.016

Orrialde kopurua: 373 |  372 (+DVD)


Liburu honetan 2.009 eta 2.010 bitartean Txilen bizitzea tokatu zitzaidan egoera islatzen saiatu naiz, autobiografia, kronika eta hausnarketa politikoak uztartuz. Egoeraren berezitasunak eta luzaroan jasotako elkartasun zabalak gaztelaniaz idaztera eraman ninduten.

Lehenbizi Txilen argitaratu zen, Quimanturen eskutik, 2.013ko abuztuan. Hurrengo urtean, 2.014ko maiatzean, Euskal Herrira iritsi zen, DDT, Sorginkale eta Haginaren arteko lankidetzaren bitartez. 2.016an, berriz, Ediciones Cúlminek Argentinan argitaratzea erabaki zuen.

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tapa


Irakurtzeko zatia

Estaba por fin en el vertedero social del Estado chileno. Y es que no hay que llevarse a engaño, las cárceles, desde que se constituyeron como institución permanente, han sido pensadas siempre, por más que a veces los discursos oficiales las traten de vestir con palabras huecas sobre reinserción social y similares, para apartar al menos temporalmente las piezas que salieron defectuosas de la cadena de montaje humana que se inicia con la escolarización, si no antes a través del modelo familiar patriarcal instituido, hoy en proceso de readaptación a los nuevos intereses. Otras mentes más lúcidas y más dedicadas al tema que la mía han desarrollado el asunto mucho mejor y con más profundidad; para quien quiera realizar una reflexión seria y meditada sobre las cárceles, existe material abundante e infatigables colectivos en cualquier país del mundo, pero aún así haré un somero repaso a la esencia de estos siniestros lugares y a la aún más siniestra voluntad que los ampara antes de esbozar lo que yo mismo vi y viví de la forma más suavizada y, por tanto, menos completa y cruda, en el centro penitenciario de Temuco. La forma más trágica la hemos visto el pasado 8 de diciembre de 2010, cuando en Chile precisamente más de 80 reclusos murieron calcinados, asesinados por el sistema en uno de estos centros de exterminio. Ciertamente, esas muertes no pueden considerarse otra cosa que asesinatos perpetrados por el Estado, ya que ni sus causas son casuales ni es casual un protocolo de “seguridad” que impidió que el fuego fuera apagado por los bomberos antes de las fatales consecuencias. Igual que vimos durante el terremoto, los carceleros prefieren ver a los presos muertos, si es necesario a balazos, que fuera de sus muros, y la propia prensa aplaude cuando cumplen con tanta eficacia su misión, aunque después, como sucedió aquellas fatídicas fechas de febrero de 2010, los supuestos huidos, presentados en los medios como peligrosísimos criminales en su tradicional afán de extender la alarma social, más tarde se entregaran por propia voluntad, porque su intención nunca fue fugarse sino salvar la vida, evitar que la cárcel los sepultara. Seguramente, si alguno de los jóvenes que murieron abrasados hace unos meses hubiera corrido por su vida escapando de las llamas fuera de los muros que debían ser su tumba, algún eficiente sicario uniformado se habría encargado de coserlo a balazos. Y la prensa habría aplaudido de nuevo el celo del funcionario asesino. Pero veamos la dimensión de este sistema macabro con más detalle, ya que para algunas personas estos sucesos no son suficientemente explícitos.

Sería suficiente echar un vistazo a la propia palabra, centro penitenciario, para entender de qué va el tema. Según esa denominación, se trata de centros donde hacer penitencia. Eso a mí inmediatamente me trae a la mente los castigos auto-impuestos por los religiosos de diversas sectas ante la conciencia del pecado, antiguo invento humano para controlar al ser humano en lo más inalcanzable para el escrutinio del censor externo: la conciencia. Gracias a la invención del pecado se situó al vigilante y juez de nuestra conducta en nuestro seno, aunque el legislador quedó siempre externo a nuestra voluntad y por tanto no nos fue concedida la decisión basada en el raciocinio sobre lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral, lo ético y lo anti-ético. Así, los religiosos en pecado se imponían, o les era impuesta a través de la confesión, la penitencia, la pena, el dolor, el sufrimiento como única forma posible para la expiación. El padecer de la carne para aliviar el padecer del espíritu.

De la misma manera que la lista de pecados en las religiones, como reguladora de la conducta social de la comunidad primitiva, es determinada por un pequeño grupo de iluminados en un momento atemporal que apunta en su mitología al principio de los tiempos, en nuestra época la cada vez más amplia lista de leyes se ampara en un desconocido principio de legitimidad de los Estados soberanos, ficción de la soberanía de los pueblos y que no es sino la apropiación indebida y por la violencia de las armas de sus ejércitos a sueldo de la voluntad de la población para someterla a un aparente bien superior. Esa lista de leyes se transforma y amplía -rara vez se recorta- en base a la voluntad de una pequeña elite en la que, según la partitocracia en que nos han educado bajo el prostituido nombre de democracia, ya plenamente vaciado de todo significado original, el pueblo aparenta -se le obliga a- delegar. Ese reducido grupo de nuevos iluminados, de usurpadores diarios de la política, decide desde arriba, siguiendo los intereses del estamento militar en primer lugar, de lobbies, grupos de intereses empresariales y clanes familiares, sobre qué y para quién se debe legislar. Qué y a quién deben proteger las leyes y qué y a quiénes amenazar. Es el envoltorio legitimador del privilegio de los ladrones de las riquezas de un territorio, constituidos, por esas mismas leyes por ellos impulsadas, en propietarios legales (que no legítimos). Tomada esa decisión, queda en manos de “expertos” juristas la redacción, pensada con la misma opacidad con que se gesta el espíritu que deben plasmar, es decir, alejada de la decisión consensuada de la población que va a sufrir dichas leyes -a menudo a escondidas, mostrando que temen que el pueblo conozca lo que traman, y negando de facto el carácter democrático, es decir, de poder del pueblo, de su sistema, algo que queda en evidencia cada vez que justifican públicamente que deberán tomar medidas “impopulares”, osea, opuestas al deseo del pueblo en cuyo nombre dicen gobernar-, negado su amplio conocimiento en todas las fases de su proceso, y, finalmente, redactada con un lenguaje que sólo la clase experta pueda entender e interpretar. Tenemos, por tanto, unas leyes que entendemos y conocemos aún menos que los viejos y oxidados pecados religiosos, y que además nos obligan en una medida aún más despótica ya que, si bien en la cultura cristiana dominante en el mundo europeizado se aplicaba aquello de que “sin saber no es pecado”, es decir, que alguien no podía ser castigado por dios si su acción estaba desprovista de intencionalidad pecadora, la nueva inquisición va más allá y establece el principio de que “el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento”, es decir, que debes cumplirla aunque desconozcas su existencia y su conocimiento pleno sea materialmente imposible. Principio muy adecuado para la casta dominante, que es la que, gracias a la porción de capital robado que pueden dedicar a sus gabinetes de abogadxs, puede tener mayor conocimiento de las leyes que afecten a sus actos, mientras que el/la humilde campesinx difícilmente puede tener conciencia de la legalidad que atañe a las tierras que trabaja, y el/la explotadx asalariadx acostumbra a desconocer la legislación laboral y, aún conociéndola, la amenaza de despido rápidamente lx disuadirá de exigir su cumplimiento (aunque realmente la legislación laboral principalmente sirve para legalizar el expolio que la clase propietaria hace del trabajo realizado por el asalariado, su tiempo y sus frutos, regalando muy “generosamente” ciertas migajas de “derechos” al explotado para que sienta que es la ley la que lo protege de los abusos, sin pensar que el propio concepto de trabajo asalariado es EL abuso; es curioso que ya desde los tiempos de los filósofos clásicos griegos el trabajar por un salario era equiparado con la esclavitud, algo indigno que despojaba de libertad y dignidad al ser humano). Por poner un pequeño ejemplo sobre las implicaciones de ese principio, el/la turista que decida visitar Chile por razones de mero recreo corre el riesgo de que, si por su experiencia personal en la mayoría de países visitados, beber una lata de refrescante cerveza mientras pasea o descansa en un parque es considerado un acto carente de riesgo, salvo de recibir el regalo de alguna de las palomas que lo sobrevuelen, acabe en una comisaría de los diligentes carabineros, ya que el desconocimiento de la prohibición de tomar alcohol en lugares públicos (salvo que sean terrazas de bares y cafeterías que pagan oportunamente su licencia e impuestos para que las cervezas puedan mostrarse sin pudor sobre las mesas expuestas a lxs transeúntes) no lx exime del cumplimiento de dicha ley. Por supuesto, si tiene suficiente cara de turista, más aún de gringx, no está rodeadx de “malas” compañías locales y no lleva una estética que lx convierta automáticamente en delincuente (las mohicanas, por tanto, se desaconsejan), es posible que la patrulla de carabineros sea más comprensiva, aunque difícilmente dejará por ello su prepotencia y actitud amenazante de lado -lo digo por experiencia propia-. Este sistema es especialmente tiránico e ilegítimo en cuanto afecta a comunidades indígenas, como la mapuche, que jamás por propia voluntad eligieron pertenecer a dicho Estado ni a dicho sistema partitocrático-capitalista, relegadas de cualquier toma de decisión que les afecte y sin embargo obligadas a cumplirlas, incluso si las desconocen, por la fuerza de le violencia estatal, la única que esas leyes decididas por quienes comentaba amparan -no olvidemos que la principal razón del Estado es la instauración en un territorio determinado del monopolio de la violencia-, no ya por la amenaza velada de dicha violencia que sufre toda persona hoy en día en los Estados modernos, sino por la violencia real, física y generalizada que el Estado. Esas leyes borran de un plumazo cualquier capacidad política real del propio pueblo, toda su tradición de autolegislarse, autodirigirse, autoregularse, autojuzgarse, ilegalizando todo lo que no quede recogido en su letra y no emane del aparato legislador estatal.

Redactadas dichas leyes, otra de las patas del Estado se encarga de la labor ejecutiva, de hacer cumplir lo legislado. Una pata conformada por los mismos intereses, la misma partitocracia, la misma elite, y que actúa con similar opacidad y alejamiento del pueblo. Para garantizar esa ejecución, el Estado se arma, no en vano el aparato armado (ejércitos y cuerpos policiales), origen y fin mismo del Estado, es siempre de los más mimados y de los que mayor financiación recibe de lo expoliado al trabajo asalariado de la masa excluida del poder -sin ir más lejos, ahí está el pedazo de torta que de la venta del cobre ingresa directamente y sin control alguno al estamento castrense en Chile-, al tiempo que es el más protegido por la propia legislación -como he apuntado, hoy en día en Chile el mero hecho de insultar a un carabinero es ya constitutivo de delito y penado con cárcel, mientras a asesinxs declaradxs de civiles, en especial si esxs civiles son mapuche, simplemente se lxs cambia de sector y actividad sin necesidad de pisar jamas el vertedero humano del que en breve hablaremos-, creada para justificar y legitimar los mayores niveles de violencia perpetrados contra el pueblo a quien irónicamente dicen proteger. El presupuesto militar jamás sabe de crisis. Esa realidad, además de en el día a día de las comunidades mapuche bajo ocupación policial constante, en los espectaculares y faranduleros allanamientos de okupas y domicilios de grupos y personas comprometidos con el desarrollo de una sociedad humana frente al carácter antisocial del modelo actual, quedó bien patente durante la actuación militar en el pasado terremoto, aunque otra de las fundamentales patas del Estado, los medios de comunicación, se encargaron de tergiversar los hechos para presentarnos a esas fuerzas armadas, que no dejaban de exhibir su poderío militar y de utilizarlo si era preciso, presentarla, digo, poco menos que como una ONG dedicada a labores humanitarias. ¡Nada que ver con una represiva contención de un legítimo descontento y de una acuciante necesidad humana vital ante una desgracia de tal magnitud y ante la codicia de las grandes cadenas de supermercados! Que toneladas de carne, productos lácteos y otros artículos perecederos se pudrieran en las cámaras ante el larguísimo apagón mientras a la población le faltaba de todo, empezando por el propio techo; que de hecho la rapacidad empresarial prefiriera ver pudrirse todo ese género antes que, en un acto de verdadera solidaridad, y no esa pantomima autopublicitaria de la Teletón, abrir sus bodegas y repartir ordenadamente para que los alimentos pudieran fluir hacia los barrios más necesitados…; eso no es noticia, no interesa, no conmueve y, sobre todo, puede destapar la realidad sobre la que se asienta el Estado partitocrático-capitalista. Menos aún se debe mostrar, alentar, ni siquiera permitir el apoyo mutuo, la generosidad real y espontánea y la capacidad auto-organizadora que demostraron muchas de esas poblaciones satanizadas por los medios, donde quienes menos tenían eran quienes más compartían, a diferencia de los barrios altos y acomodados, donde a la par de no sufrir mayores desabastecimientos y practicar el mayor acaparamiento posible, reinaba la permanente protección policial. La paranoia de grupos armados dedicados al saqueo, aún siendo en la mayoría de los casos intencionalmente imaginada e inflada por los medios, dio sus frutos y la necesaria legitimidad al lavado de imagen del ejército.

Otra de las patas, ya lo he adelantado, la constituyen los medios de masas. Esos periódicos, televisiones y radios que pertenecen a los mismos clanes que los latifundios, mineras, forestales, energéticas, equipos de fútbol y, por supuesto, altas esferas militares y gobiernos. Así que, como nadie osa morder la mano que lo alimenta, desde sus espacios desinformativos y páginas con más veneno que tinta, apuntan hacia los sectores a criminalizar, crean los miedos sociales necesarios para la legitimación de persecuciones y castigos, adoctrinan a la par que entretienen y adormecen, y finalmente aplauden y alientan los éxitos represivos que ellos mismos han fomentado, señalando con su dedo en la última dirección: la cárcel, la penitenciaría, el castigo “redentor”.

Así hemos llegado al lugar del que partía este capítulo: la penitenciaría, el lugar donde hacer penitencia, el vertedero donde penar las culpas. En su nombre exhibe su misión final. En su raíz la palabra pena, cuya etimología trae a la mente padecimiento, tristeza, dolor, sufrimiento, dejando poco lugar a las dudas: la función de las cárceles no es la reparación de un posible daño, posibilitar a quien perjudicó al vecino, a la comunidad, la ocasión de reflexionar, rehacerse y compensar de forma constructiva, de forma que le permita revalorizarse a sí mismo como humano, buscar el acuerdo con la persona afectada para asumir un trato que involucre y enriquezca moral y espiritualmente a ambos, sino la venganza sin sentido, sin otro objetivo ni misión. Para ello, por supuesto, en dichos lugares de confinamiento el reo debe padecer, entristecerse, sufrir, humillarse, convertirse en nada, anularse. Y para eso están los uniformados funcionarios, sin un nivel ético, moral, humano superior a ninguno de los deshechos humanos encomendados, pero con métodos coercitivos habitualmente efectivos colgados del cinturón. El dueño de las llaves, quien decide cuándo se entra y cuándo se sale, cuándo se pasea, cuándo se come, cuándo se afeita, quién y cuándo delata al compañero, quién merece un castigo añadido, una de las formas más destructivas para el espíritu humano, el aislamiento y la oscuridad en el entorno más limitado e indigno posible, las “latas”. Cuán acertado es el análisis que hace ya tantos siglos hiciera Tomás Moro sobre el origen del delito y el fracaso de las medidas represivas en el preámbulo de su famosa Utopía.

Pero además de todo eso, ya de por sí terrible, indigno y no deseable para ningún ser humano, las cárceles tienen otra función: la lucrativa. El sistema represivo-judicial-carcelario alimenta un círculo viciado desde origen que engorda los inflados sueldos de fiscales, jueces y demás entes parasitarios de la sociedad. Empecemos por abajo, por el escalafón más ínfimo y despreciable, por esxs desertorxs del arado que, como salida a su incapacidad para estudiar y a su falta de expectativas en la sociedad actual, deciden traicionar a la clase de explotadxs a la que pertenecen y convertirse en el perro amaestrado que la persiga y la hostigue, a cambio de, como he comentado, un sueldo seguro, prestigio social -es descorazonador que una institución tan siniestra, corrupta y violenta como Carabineros sea la más valorada en Chile, y dice mucho de la degradación social y de las conciencias que el sistema dictatorial pretérito, continuado en la dictadura partitocrática actual, ha logrado-, transporte público gratuito, y otras ventajas muy tentadoras para quienes se sienten incapaces de vivir aportando algo útil a la sociedad a través del trabajo honrado. Como un compañero de aquellas aciagas horas nos confesaba, un primo suyo, carabinero, les contaba cómo los agentes tienen que presentar un mínimo de detenciones semanales. Si no llegan al mínimo, eso se refleja como punto negativo en su hoja de vida. Así, cuando una pareja de agentes ve aproximarse el final de la semana sin cubrir el obligatorio cupo, agarra al primer huevón borracho que se cruza y se inventa una acusación, salvando la semana. El huevón en cuestión entra en el círculo de la indefensión, entre otras cosas, porque esas leyes dictadas de la forma que mencionábamos otorgan a la palabra de esos ignorantes vocacionales uniformados el peso de una prueba y es suficiente para, como mínimo, una prisión preventiva de la que, por falsa que sea la acusación, costará como mínimo unas semanas zafarse. Así le pasó a uno de los buenos amigos que hice allá adentro, a William, acusado de un robo en una tienda una noche que el chaval volvía totalmente curado (borracho) a su piso de estudiante. Al parecer, hubo un hurto en una tienda y la patrulla de carabineros lo agarró a él por las inmediaciones. Sin siquiera constatar ante la acusadora la identidad del detenido, al día siguiente ingresaba en prisión “preventiva”, a pesar de no tener ningún tipo de antecedentes “legales”. Incluso cuando, al mostrar la familia y amistades de William una fotografía suya a la propietaria de la tienda, ésta dijo de inmediato que el de la foto no era el ladrón, y a pesar de que retirara la acusación en su contra, tuvo que pasar una semana más en cana por razones burocráticas y tras escuchar a la juez correspondiente que aún no le levantaba la prisión preventiva, que aunque no fuera él quien cometió ese robo, seguro que merecía pasar unos días en la cárcel porque todos son unos delincuentes. Ése es el nivel moral de los seres humanos cuya profesión es juzgar a otros seres humanos. Así como para algunos de nosotros nuestras defensas mentales nos protegieron de aquella realidad deshumanizante, William lo pasó fatal cada uno de los días que (des)vivió entre los muros, dudando incluso, ante el vacío de memoria ocasionado por el alcohol, si realmente habría sido capaz de realizar aquel hurto, pudiendo sólo recordar que cayó al suelo en una ocasión; entre otras cosas, además de perder unos preciosos días de vacaciones veraniegas, perdió a su polola. Claro que, una compañera que no da señales de vida mientras estás en cana tampoco merece demasiado conservarse. La angustia que pasó cada día de confinamiento y que yo intentaba apaciguar como mejor podía se quedó grabada en mi mente a través de su expresivo rostro.

Por encima de esos peones uniformados está todo un enjambre de jueces, fiscales, abogados querellantes del Ministerio de Interior, etc., cuyos sueldos tienen relación directa con el número de casos “exitosos”. Ya hablaremos de ellos más adelante.


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