A vueltas con la nación

No es el de nación el concepto que más devoción me produce ni la discusión que más me preocupa pero, después de que escribiera aquel boceto sobre un posible anarquismo vasco al volver a casa me ha tocado más de lo que habría querido retomar el tema y reflexionar sobre él. No negaré que también ha sido enriquecedor escuchar lo que unxs cuantxs anarquistas opinan sobre ese resbaladizo concepto y obligarme a mí mismo a pensar sobre el tema, reflexionar tirando de las ideas encontradas en sus palabras. Entre lo escuchado y leído está el artículo que pronto publicará Ekintza Zuzena del chileno Víctor Muñoz (uno de lxs responsables de la publicación mensual El Surco), sobre todo por su huida de las simplezas y el valor mostrado en él para tomar la complejidad del problema con seriedad; algo que en lo que al tema de la nación al anarquismo le ha faltado con frecuencia, como en otros temas incómodos (la posible legitimidad de la violencia, la espiritualidad, las expresiones afectivas…, si bien no son tabús, son temas que no se discuten suficientemente fuera de los simplismos y los tópicos, marginales, a menudo condenados a silenciosas reflexiones solitarias).

Tomando el resbaladizo tema de la nación, por tanto, vaya por delante, como con casi todos los temas restantes, que las ideas que aquí esbozaré son provisionales, encaminadas por los pensamientos compartidos los últimos días o humildes respuestas precarias buscadas para responder a lo escuchado y leído en este tiempo. Además, a diferencia de algunos de mis compañeros, no acostumbro a apoyarme en estudios o escritos previos de nadie, sino en pseudo-respuestas dadas por mi limitado intelecto, ya que soy demasiado perezoso para el sosegado trabajo de documentación. Aún más vago para almacenar en el recuerdo nombres, fechas o citas literales.

Excusadas las falencias de mi cabeza, intentaré buscar la fuente de las desconfianzas, dudas o posturas contrarias que entre algunxs anarquistas suscita el tema y dar algunas dudosas respuestas.

Por un lado, para algunxs nación y Estado son la misma cosa, es decir, el Estado-nación, y siendo uno de los pilares del anarquismo la negación del Estado, niegan la propia nación. En el mundo no existen tales naciones, es un concepto inventado por la burguesía para justificar la creación de los Estados, surgido en el siglo XIX, artificial y a superar. Las naciones han sido impuestas desde arriba y, en manos de los Estados, tienen una labor homogeneizadora. El anarquismo debe buscar el universalismo y, por tanto, enfrentarse a tal concepto. Toda identidad colectiva es inventada, según algunxs, y sólo existe el individuo. Aún así, algunas personas que defienden ese punto de vista, en lugar de la nación, defienden la clase como única realidad colectiva y ven como un gran peligro el interclasismo que puede generar la reivindicación de la nación. Otrxs, aceptando el origen artificial, aceptan que existe algo así, pero la utilización que se puede hacer de la nación les crea grandes dudas. Se muestran contrarixs a que la nación no sea escogida sino impuesta, y, como he mencionado, deploran el proceso artificialmente homogeneizador, vertical, la igualdad buscada con intención política, con intención de crear o justificar el Estado, que suelen pretender lxs partidarixs de la nación. Por último, toda idea nacional suele contar con un proceso acrítico de idealización, con una tendencia a dar por intrínsicamente bueno, incluso a considerar mejor que otras costumbres, todo lo que se considera perteneciente a la cultura nacional, a buscar las razones de la supervivencia en un origen étnico puro, y suele tener el riesgo de perpetuar sus costumbres más despreciables (la opresión de las mujeres, la homofobia, los malos tratos contra otras especies animales en las celebraciones…), como si fueran rasgos culturales irrenunciables, negando la natural evolución, la vida de la cultura, extendiendo la idea de que se pondría la propia cultura en peligro.

Vayamos tomando todas esas ideas una a una. Para empezar, quienes mezclan nación y Estado cometen una simplificación tan grave como falsa. No hay más que echar una mirada a los Estados que hay en el mundo. Si contemplamos los Estados europeos, veremos que todos incluyen bajo una estructura centralizada o más o menos descentralizada varias naciones. En algunos casos, los nombres de dichos Estados (Grecia, por ejemplo) deja patente la imposición de una de esas naciones; en otros (el Reino Unido sería el más claro), la preponderancia de una nación se disfraza bajo un nombre común que no pertenece a ninguna. Lo mismo podría decirse de España. El Estado español existe, pero jamás ha existido una nación española, salvo en la imaginación de algunxs. Si miramos a los Estados americanos, en cambio, las únicas identidades nacionales en los países inventados por colonxs europexs de diversos orígenes corresponden a los sometidos pueblos indígenas y no existe un Estado que tome esas naciones en consideración o se base en ellas. ¿En nombre de qué nación se han creado los Estados Unidos, Canadá, México, Argentina, Chile…? Qué decir del descalabro perpetrado en África por el colonialismo europeo al inventar Estados… Por otro lado, el mundo esta lleno de naciones que no tienen Estado, nunca lo han tenido y muchas veces nunca lo han querido tener. Los Estados son estructuras verticales creadas para dominar un pedazo de tierra, sus habitantes y recursos y tener en el interior de las fronteras fijadas el monopolio de la violencia legal y muy pocas veces coinciden con una nación concreta. No sé siquiera si existe algún Estado que lo haga.

Dejando a un lado la confusión entre Estado y nación, estoy de acuerdo con todos los riesgos que como se ha mencionado las naciones conllevan y hago mías las preocupaciones que se manifiestan en dichos puntos de vista. Es cierto que la nación. como todo concepto colectivo, puede ocultar la individualidad y se puede tomar por una creación humana artificial. Pero, al mismo tiempo, igualmente cierto es que existen grupos humanos que tienen similares características culturales, que por una u otra razón, desde que el ser humano es humano, ha existido una tendencia a sentirse de un determinado colectivo humano y no de otro. El paisaje, la gastronomía, los desastres naturales, el clima… han puesto a unos grupos humanos ante determinados problemas y determinadas soluciones, y otros ante otros distintos, conformando dinámicamente costumbres, cosmovisiones, creencias, idiomas, sistemas sociales…, y ello ha dado unos mínimos rasgos similares a los miembros de un determinado colectivo humano. Así, puede decirse que en Europa existen unas características comunes que se deben a la cultura griega y judeo-cristiana, y que tienen poco que ver con otras características de los pueblos originales de Asia, África o América, por ejemplo, y que, al mismo tiempo, también han pervivido características distintivas entre los pueblos o naciones de Europa. Los griegos se tenían a sí mismos por griegos, los romanos por romanos, los egipcios por egipcios, los galos por galos, los vascos por vascos…, y eso viene de mucho antes de que la burgesía apareciera en Europa. Lo mismo puede decirse de los habitantes de América, África, Asia u Oceanía. Por tanto, aun siendo la nación un concepto artificial, también cuenta con una base que la propia historia humana ha desarrollado naturalmente. El propio Bakunin explicaba muy acertadamente que la nación es una idea naturalmente asociada al ser humano y, junto con su condena del patriotismo, reivindicaba una firme postura en favor de todas las naciones oprimidas. Es curioso, por otro lado, que algunxs anarquistas españolxs que rechazan apasionadamente la nación se muestren favorables al iberismo. Tal concepto no sé de dónde ha salido pero no parece muy natural que digamos. ¿En qué consiste ser ibérico? Es curioso también que algunxs furibundos ultra-derechistas españoles utilicen el mismo concepto para negar las naciones que no les resultan gratas. Por desgracia, desprende el mismo hedor que la deseada unidad de algunas personas de épocas que quisiéramos olvidar.

La nación, además, no es el único concepto colectivo artificial ni el único que puede utilizarse para la opresión. Al igual que la religión, por ejemplo, la clase también es un concepto inventado por el ser humano. No ha sido creado por la naturaleza y no existe en la conciencia de todo ser humano. Es un concepto derivado de ciertos modos de vida y relaciones económicas, sociales y políticas, de las relaciones de poder. Muchos tipos de socialistas han utilizado también la clase para borrar las diferencias entre individuos y homogeneizar a la gente. ¿O debemos creer que todxs lxs que nacen “burguesxs”, “trabajadorxs” o “aristócratas” tienen características comunes que, además, nada tienen que ber con las del resto de “clases”? Si fuera así, ¿cómo entender que personas como Marx y Engles (miembros de la alta burguesía por nacimiento y educación), como Proudhon (algunxs marxistas utilizan el origen pequeñoburgués que su principal ideólogo usó para menospreciar a su rival para atacar a lxs anarquistas y, en general, a quienes no coinciden con ellxs, incluso lo repiten algunxs anarquistas que inconscientemente hacen suya la terminología marxista para insultar a otrxs anarquistas que no coinciden con su línea; al parecer, para esas personas el pecado, más que en el carácter burgués está en la pequeñez), o como Bakunin, Kropotkin y Tolstoi (los tres de origen aristócrata) dieran lo mejor de sus vidas en favor de la clase que no les correspondía? ¿O que muchxs que son trabajadorxs, asalariadxs, la mayoría, por desgracia, cada día se posicionen a favor de sus amos capitalistas en cuanto tienen una oportunidad para ello? La clase es igualmente un sentimiento, una situación, una conciencia que está en el interior de cada uno, nada más. Una conciencia que en las últimas décadas en el primer mundo ha quedado casi desterrada, confundida. Y la clase también, el propio proletariado, ha sido utilizado por un partido concreto para justificar en su nombre una larga y despiadada tiranía, como excusa para oprimir a la propia clase que supuestamente defendía. De cualquier manera, aceptando la existencia de un risgo de interclasismo, a lxs anarquistas nos corresponde, precisamente, al tiempo que enfrentamos a las naciones impuestas, hacer frente también a la burguesía de nuestra propia nación, mientras nos unimos con todxs lxs oprimidxs del mundo en una solidaridad sin naciones. Ambas luchas pueden ser compatibles y simultáneas. Hace poco tenía la oportunidad de leer un texto de la década de los 20, de los tiempos en que Japón sometía a Corea, publicado por lxs anarquistas coreanos en su principal publicación, y en él, reivindicaban al unísono el llamado a luchar para expulsar al imperialismo japonés y contra la propia burguesía coreana, sin negar su nación pero, con gran instinto, denunciando el patriotismo, un ejemplo muy interesante, sin duda. Hoy en día, por otro lado, me atrevería a diferenciar dos “clases”, en caso de diferenciar algo: la partidaria de la explotación (aquella que, propietaria o asalariada, consciente o inconscientemente, basa su bienestar o supervivencia en la explotación ajena o incluso propia o acepta que así sea) y la opuesta a la explotación (aquella que se niega a ser ni explotadora ni explotada y quiere extinguir la propia explotación). Clases ambas totalmente heterogéneas y, como todas las realidades colectivas, contando como únicos rasgos diferenciadores con la conciencia (o la falta de ella) y la postura ante dicha conciencia. Podría hacerse también de otra manera, distinguiendo tres clases: la que quiere gobernar, la que quiere ser gobernada y la que quiere que nadie sea gobernadx. Distinciones nuevamente artificiales y arbitrarias que pueden someterse a múltiples críticas y matices. Como todas las distinciones colectivas creadas para ser algún día destruidas.

Finalmente, que alguien acepte la existencia de su nación no significa que se adhiera a las características que se le asignan. Precisamente, una de las labores de lxs anarquistas es denunciar aquellas despreciables costumbres que están arraigadas a nuestro alrededor y crear conciencia para extinguirlas, transformarlas, hacerlas evolucionar. Incluso, en algunos casos, hacerles la guerra con todos los medios a nuestro alcance. Cualquier cultura es algo vivo, las costumbres igual que se inventan se olvidan, muchas cosas que consideramos ancestrales se crearon ayer y con frecuencia ocultan intenciones perversas. Conocemos la cultura que hemos recibido, no la que dejaremos a quienes vengan detrás, porque ésa irá siendo creada por quienes hoy vivimos y por quienes vengan, y la intención debe ser siempre dejar a lxs veniderxs algo mejor a lo que hemos encontrado. Todas las naciones son realidades vivas en continuo proceso evolutivo y debemos oponernos a todo aquello que en nombre de la tradición se nos quiera imponer si es un obstáculo en el camino hacia la sociedad que soñamos.

Sin embargo, el problema de la nación no desaparecerá por negarlo o evitarlo, y la clave es la postura que tomemos ante él.

En lo que a mí respecta, sólo veo útil la nación para hacer frente a la opresión, para hacer pervivir rasgos culturales que puedan ser enriquecedores y adecuados. Cuando hoy en día Vargas Llosa y similares nacionalista-imperialistas sólo usan el discurso anti-nacionalista para someter, negar, insultar, extinguir definitivamente las ya oprimidas culturas y realidades locales, pienso que las naciones sólo tienen sentido, precisamente, para enfrentarse a ese tipo de “grandes” naciones, para oponerse a la globalización. Así entendida, para los anarquistas la nación debiera ser un concepto de resistencia, basada en la solidaridad entre oprimidxs. Un concepto que deberá perder sentido y desaparecer a la par que todas las naciones se sientan a la par, iguales, respetadas. Y opuesto al concepto de Estado. En lugar de construir muros artificiales entre unas y otras, un concepto para una búsqueda de una igualdad heterogénea. Para que el internacionalismo sea realmente una acción entre naciones, hasta volverse innecesario. Para que cada unx renuncia a su nación debe existir libertad. Y para eso, previamente, todxs deben tener el derecho a sentirse de su nación y a no tener una nación impuesta.

En ese camino, no debemos perder nunca de vista unos y otros tipos de peligros que algunxs anarquistas ven/vemos, pero como en todos los procesos, que la conciencia de los riesgos no se convierta en excusa para no hacer nada o en estéril costumbre de atacar a todo lo que se hace. Y que lxs anarquistas que se sienten cómodxs con la nación que el Estado les ha otorgado no limiten cómo deben actuar aquellxs que no se sienten cómodxs con la que se les ha impuesto ni la actitud que debe tenerse ante el problema de la nación.

El tema da para escribir mucho más y estos días las reflexiones han sido muchas otras, pero ya he escrito más extenso de lo que quería. Para concluir, simplemente, comentaré que en las jornadas realizadas en Gernika, quedó más patente que la preocupación sobre la nación que en Euskal Herriak existe gente con ganas de unir fuerzas en la tierra que ama e impulsar vías libertarias, dispuesta a construir nuestras Euskal Herriak hacia el anarquismo. ¡No es poco!

(3-1-2011)

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