Empujando la bola de nieve

efecto-bola-de-nieveEl fin de semana pasado, 15 y 16 de octubre, se celebró una nueva FLIA en capital, festejando de paso sus 10 años de andadura. El sábado, para comenzar, nos reunimos en el IMPA, afrontando la lluvia, conjurando al cielo para que cesara, hasta que éste nos escuchó -o se cumplió el pronóstico meteorológico, según versiones-. Más o menos serían las 14:30 cuando logramos tener todas las mesas armadas exhibiendo nuestros libros y materiales. Todo transcurría con cierta normalidad, en general con compañerismo -actitudes de quienes tras un discurso anti-capitalista y alternativo esconden las mismas lógicas mercantilistas y egoístas tampoco suelen faltar-, buena onda… La gente iba llegando una vez el sol comenzó a castigarnos, se turnaba el sonido de los conciertos con la transmisión en vivo de Radio Semilla, y entre conversaciones, intercambios, guisos de lentejas, encuentros, anochecía.

De pronto, un compa de la FLIA decidió que, ya que de una FLIA se trataba, la literatura tenía que ocupar la escena de forma más activa. Así, se subió a un auto abandonado con una peligrosísima y amenazante arma en la mano: nada menos que un libro y, sin necesidad de pedir permiso a nadie, comenzó a leer. Una lectura apasionada; hablaba de la represión, de tiempos de gobiernos militares, de desapariciones, y proclamaba desafiante que no nos harían callar… Y hete aquí que otra voz, ésta también sin pedir permiso a nadie, desde un puesto al frente del auto desde el cual declamaba el compa, comenzó a poner el contrapunto a la temática. Si él clamaba por libertad, esa voz le gritaba imperativa que se callara. “Callate ya. A nadie le importa lo que estás leyendo”, vociferaba, una y otra vez, ininterrumpidamente. Desde nuestro punto de observadores, varias personas nos preguntábamos qué era aquello que sucedía. Pensamos que se trataba de algo ensayado. Él seguía leyendo, seguía hablando de libertad, seguía diciendo que no nos callarían. Desde enfrente se le insistía casi hasta la afonía que debía callarse de una vez. Parecía una performance, la voz de la libertad intentando ser violentamente acallada por la voz de la censura. Estaba entretenido. Pero poco a poco fuimos intuyendo que no era una performance, que la voz de enfrente realmente pretendía imponerse al declamador y hacerlo callar. En esos gritos desesperados, además de exigirle cerrar boca y libro, comenzó a surgir otro discurso: estábamos en un espacio que daba cobijo nada menos que a violadores. Éramos todes les allí reunidos unos chongos. El mandato de silencio se iba convirtiendo en insulto y acusación colectiva. El orador, por su parte, ya que aquella voz comenzaba a hacer acusaciones tan graves, le pedía que diera nombres, que no se limitara a acusaciones genéricas. E intentaba seguir leyendo. La otra voz seguía gritando insistentemente: “¡Callate! ¡Son todos unos chongos!”. La gente miraba, no se cuánta entendía algo. Ya era claro que la cosa iba en serio, aunque desde la distancia se antojaba casi divertido.

Finalmente, la voz de enfrente retó al declamador, le instó a que bajara de allí y se enfrentara con ella. El declamador así lo hizo. Por un rato no escuchamos mucho más. Finalmente, casualidades, el declamador se acercó a la compañera que tenía a mi lado vendiendo sopaipillas especiales. Se conocían, y nos contó que esa persona, una mujer joven que hasta ese momento había compartido FLIA con el resto de nosotres con su propio puesto, lanzaba acusaciones a todo el mundo diciendo que Antena Negra daba cobijo a un violador. Ahí sí que se me aguzó el oído. Osea que iba en serio. Este compañero, por otro lado, conocía tan bien como yo la “veracidad” de tal acusación.

La reacción general de la gente, al menos desde lo que se observaba desde mi posición, siguió siendo de no darle mayor importancia. Alguna compañera bromeaba desde su puesto gritando “¡Sí, yo también soy chonga!”, tomando ese insulto colectivo con cierto humor.

Más tarde subió otra compañera al mismo auto armada de otro libro, y ella también recitó. La escena se repetía: desde el otro lado de la vereda volvían a repetirse los gritos desesperados porque se callara. Seguía haciendo a todo el mundo cómplice de algo indefinido, de albergar no sabíamos muy bien a quién ni cómo.

Es probable que hubiera gente que le pidiera que se callara y que se marchara de allí, que dejara de insultarnos, no lo sé bien. Más tarde, recogiendo ya caballetes y mesas, vi en el límite de la FLIA a esta joven con sus amigas. Repetía que ella iba a seguir denunciando aquello allá adonde fuera.

Por ese día parecía haber quedado todo ahí. El domingo lucía el sol desde temprano, se armaba la FLIA, se llenaban los puestos, se iba amontonando gente, las bandas tocaban a la vez que Radio Semilla emitía en directo… Y volvía a oscurecer. En un momento no sé si se produjo micrófono abierto, si era una participación programada, es lo de menos, desde los parlantes se escuchó a una compañera tomar la palabra y referirse al suceso del día anterior. Ahí es cuando comencé a sentir que entrábamos en el mundo al revés. Esta compañera hablaba victimizando a aquella joven de la víspera. Victimizándola, sí, por ser mujer. Uno de esos vestigios machistas y patriarcales que nos esforzamos en reforzar cada día: pase lo que pase, la mujer es la víctima, la débil, la que no se vale sola, la que necesita ayuda. Quien no lo entienda así es cómplice del patriarcado. Así, esa compañera explicaba que la víspera una mujer había querido hablar y que la gente se había puesto a aplaudir para que no se oyera su voz. De pronto, la persona que se pasó todo el tiempo que pudo queriendo hacer callar a quien leía un texto, era la víctima a la que se había hecho callar. Había tenido que abandonar el espacio, !lo más grave es que hasta compañeras la habían tratado de loca! Y así, resumía, en espacios como la FLIA se seguían dando comportamientos misóginos. Ella en realidad confesaba ni conocer a la joven, ni saber nada de los hechos por los que gritaba. Sólo sabía que era una mujer y que, por tanto, su voz, al parecer, tenía un derecho extra para ser escuchada, aunque sus palabras consistiesen en un intento desesperado por hacer callar a otras personas, en insultar y ofender a todas las personas que hasta ese minuto había tenido a su alrededor, supongo que considerándolas compañeras, y en verter acusaciones abstractas no se sabía muy bien hacia quién. Su discurso terminó con salva de aplausos. Era de esperar. La sensatez necesita de pocas palabras para sucumbir, siempre que esas palabras incluyan los mantras del momento.

Y así llegamos a esta tremenda bola de nieve que llevamos tiempo trabajando por agrandar. Así tenemos que es suficiente que lo que una persona diga, sea dicho por una mujer, para que deba ser tratado con respeto y tomado por cierto. No importa si lo que dice es verdad o no. La verdad, como decían del honor, se le supone. Cuando una mujer expresa un malestar, al resto nos toca no replicar, no contestar, ni siquiera si es falso: lo que esa mujer necesita es que no se la contradiga, que escuchemos, reflexionemos y leamos muchos libros feministas para entenderla. Por que, ¿qué tenemos en realidad detrás de la actitud de aquella joven? Una persona que, en un espacio concreto, en la FLIA, comienza a gritar a otra exigiéndola callar, diciendo que a nadie le importa lo que esa persona tiene para decir. Una persona que insulta a todas las personas que están a su alrededor y las trata a todas de cómplices de la violencia patriarcal… por algo que pareciera que está sucediendo en Antena Negra, un espacio que, ni es la FLIA, ni arma la FLIA, ni toma decisiones en la FLIA, ni participa en la FLIA. De modo que, caminando hacia atrás, es suficiente que un colectivo tenga una situación interna no resuelta para que todo un grupo de personas que nada tienen que ver con ese colectivo tengan que escuchar en silencio y con respeto cómo se les trata de colaboracionistas con no saben qué, asumir que son todos chongos por algo que, en la creencia de esa joven, sucede en otro lugar; escuchar, callar y reflexionar. De lo contrario, si alguien no se toma en serio esas palabras, es chongo/a, un misógino/a, o si le damos tiempo quizá hasta cosas peores.

Avanzando otro poco hacia atrás, tenemos que esta joven está hablando -si mi información es correcta y no está distorsionada, que pudiera ser- de que en ese colectivo que no es la FLIA y que no está presente -más allá de que varies compas de ese colectivo sí pasaran en algún momento por la FLIA a ver los puestos, como tanta otra gente- se está dando cobijo nada menos que a un violador. Y, como lo dice gritando una mujer, hay que asumir que debe ser cierto. No importa que esa joven haya oído campanas y no sepa dónde, ella ya ha tomado una “causa justa” para alimentar su necesidad de denuncia, no la va a soltar y no debemos contradecirla. Porque lo cierto es que, en Antena Negra, no se está dando cobijo a nadie acusado de violación. Y lo escribo con conocimiento de causa, habiendo estado militando hasta hace bien poco en ese colectivo y conociendo a qué tema se quiere referir esa joven. Lo cierto es que en Antena Negra existe un grupo de militancia feminista, un grupo activo, que en mi experiencia puedo afirmar que lo último que está dispuesto a aceptar es a machos violentos en su interior. Lo cierto es que existe una persona en ese colectivo que está haciendo un esfuerzo personal, tras reconocer sus cagadas del pasado, su construcción cultural patriarcal -quien no haya sido construido con esa carga cultural que tire la primera piedra-, por deconstruirse y reconstruirse, por aprender y ser otra persona. Alguien que, desde luego, no es un violador. Pero hace tiempo que, para algunas personas, es más fácil extender el dedo acusador que informarse, no importa cuánto daño se haga ni a quién se le haga este daño. Gente que se llena la boca hablando de solidaridad de género y a la que no le importa, por alimentar su ego, echar por la borda una labor dura, difícil y decidida de un grupo de mujeres que hace tiempo militan el feminismo contra viento y marea.

Sí, ésta es la enorme bola de nieve que, con la mejor de las intenciones, sin duda, hace tiempo venimos empujando, haciendo más grande cada día. Algunas personas comienzan a ver que, al otro lado de esa bola de nieve, está su propia casa a punto de ser sepultada. Algunas personas van dejando de empujar esa enorme bola de nieve, se hacen a un lado y dejan que siga su curso, aunque no por hacerse a un lado su casa vaya a ser menos aplastada cuando la bola tome la cuestabajo. Muchas aún dudan, y es posible que sigan empujando incluso cuando bajo sus pies vean pasar las ruinas de su propia casa. Antes o después es muy probable que la bola nos trague a todes. Sigamos alimentándola.

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