
Autor: Asel Luzarraga
Editorial: Txalaparta
Año: 2.026
Páginas: 308
*Puedes dejar abajo tu opinión o comentarios.
Agus ha muerto y su prima Lore ha recibido sus escasas pertenencias: las cartas que intercambiaban la propia Lore y el tío Jacinto, el diario de viaje de Agus y un perro llamado Feo.
Las cartas despertarán fantasmas del pasado en Lore. Con los diarios, por su parte, reunirá la crónica del viaje de Agus a Askayala, y conocerá a través de sus ojos la nueva forma que ha ido tomando el pueblo que una vez fue su lugar de nacimiento: costumbres, tribus, aldeas y ciudades, nuevas organizaciones y pensamientos…
Ni qué decir que este es el último ejemplar de la trilogía que comenzó con Esan gabe doa y continuó con el libro Zortzigarren hiria. En el libro Puta jainkotiarrak, tendremos noticias de los protagonistas de la primera obra, pasados unos años de los sucesos allí narrados, ya que, por casualidad, o por causalidad, se encontrará de nuevo con algunos.
Casi diecisiete años después, ha terminado mi aventura literaria más importante. Al menos la que más tiempo me ha llenado la cabeza, aunque finalmente todos mis libros formen una historia muy larga que aún no ha terminado, más que dentro de mi cabeza.
Este camino comenzó en 2009, en Temuko, como ya conté anteriormente en la ficha de la novela Esan gabe doa. En aquella idea de tres piezas que esbocé entonces, esta tercero, la última, fue la que quedó más abierta. Entonces, la intención principal era contar en tres partes una historia ligada a una revolución, con idas y vueltas, impulsado por la trilogía que había comenzado Asier Serrano. Todo era muy difuso en aquella época: tuve escrito el comienzo de una de aquellas novelas desde el primer momento, sin saber muy bien a dónde iría a parar aquel pasaje, y me vino a la cabeza algún que otro personaje para atar los hilos en el tiempo. No mucho más. Entonces tenía entre manos otro trabajo, Bioklik, que quedaría interrumpido durante mucho tiempo, y después, cuando la madeja que yo no había buscado se enredó en torno a mí, otro libro vino a llamar a la puerta, forzosamente, Gezurra odoletan. Pero aquella idea echó raíces profundas y, en los años siguientes, no me daría paz, creciendo y creciendo, pasajes sueltos, ideas chocando entre sí… Tenía que poner en movimiento, vivo, un territorio que hubiera dejado atrás Estado y mercado, gobierno, jerarquía, dinero… Sin doctrina, sin manuales, el instinto, la imaginación y el deseo de experimentación como únicas brújulas. Así, me aparecían problemas prácticos en cualquier situación, sobre todo durante los años pasados en Buenos Aires. ¿Cómo se las arreglarían para encontrar salida a esta situación en una comunidad libre? ¿Cómo harían frente a este problema, a aquel otro, a aquella necesidad…? ¿Qué instituciones se crearían en ese camino? ¿Qué instituciones desaparecerían para siempre? En un territorio amplio basado en la experimentación continua, ¿qué daría una mínima coherencia a las decisiones autónomas de las comunidades que forman la federación? Y, en el camino, pasajes, chispas, eso que llaman inspiración; ladrillos, sin tener muy claro qué casa debían construir. Una pequeña obsesión.
Mientras tanto, venían otras historias: Bahiketa, Inoren munduan, Malthusen ezinegona, las aventuras de Iraultza y Zigor… Y, en aquella trama cada vez más abultada, llegó también la hora de las novelas Esan gabe doa y Zortzigarren hiria. Para entonces, tenía pocas cosas claras de cara a la tercera pieza: que el Agus de la primera novela sería uno de los protagonistas principales y que su diario guiaría la historia, que aparecerían las cartas entre Lore y Jacinto y que, siendo Agus estudiante de Filosofía como se contaba en la primera historia (doce años después profesor), también aparecería un pseudo-ensayo filosófico suyo. Tenía escritas algunas cartas para cuando terminé Esan gabe doa, la personalidad de Agus, que pasaría del margen en el primer libro al primer plano, muy clara, y también perpetrado el pseudo-ensayo filosófico, a la espera de los últimas pinceladas. Pues el horizonte de la filosofía siempre se aleja a medida que uno se acerca. Me faltaba el diario de Agus, y dejaría que el personaje guiara mis pasos. Mientras tanto, se me acumulaban audios y audios en los paseos entre Bermeo y Mundaka, en su mayoría ideas para Askayala.
Una vez empezado, debo decir que, guiada por la voz de Simun Palsu, como siempre, Lore encontró fácilmente su lugar por sí misma, al igual que las cartas, y que Agus me allanó el camino, en el estilo que él sabe, como si no hiciera gran cosa. O en el estilo que sabía, ya que desde el principio de la historia nos enteraremos de que Agus está muerto y que lo que nos ofrece la novela es lo hallado en los papeles aparecidos en su mochila. El propio Agus me prestó su voz, y desde entonces no lo solté. Él me guio hasta el pueblo que me daría una conexión inesperada con la novela Zortzigarren hiria. Él introdujo en su aventura algunas personas queridas de mi pasado. Él me dio a conocer un territorio vivo y amplio. Askayala se inventó a sí misma, y Agus fue mis ojos, oídos y manos.
Y mi piel. Porque la piel es muy importante en Askayala, como la lectora comprobará enseguida.
También debo bastante a Iban, Maite y Ainhoa. Tanto a la hora de escribir, como en la vida. Qué importantes son las caricias. Sobre todo, si se acierta a poner la brújula mirando en la dirección necesaria.
Y qué decir sobre las personas que son mi Askayala cotidiana. Los territorios libres comienzan a construirse en uno mismo, pero nunca en solitario.
Hay quien dice que es tiempo de escribir utopías. Algunos empezamos a cultivar ese camino antes de que nadie lo señalara, sin pedir permiso ni opinión a nadie. Pero, tal vez, las verdaderas utopías se le atraganten a alguno que otro. ¡A ti no, eso espero!
FRAGMENTO PARA LECTURA
Vaya modo curioso de emprender el viaje. ¿De verdad has llegado a Askayala sin salir de Costa Alegre? Así te han dicho, que hace cinco meses Villa Loros se unió a la federación. Tres kilómetros más ha avanzado el país (A) hacia el oeste. Pero lo más curioso lo tienes frente a ti. Si sigue así, hasta tendrás que ponerle nombre. De momento, para ser el primer día, tienes suficiente con uno. Leonie. Alemana ella. Es verdad lo que has escuchado, también hay anarco-turistas en el mundo, y Askayala es su Meca. Como antes lo fueron Chiapas y Rojava. Esta, sin embargo, es tu Meca.
Empecemos desde el momento en que hay que empezar.
Ayer supiste en la terminal de Cayo Blanco que la línea de autobús termina ahora en Villa Loros. Según te han dicho, ese pueblo no es todavía una frontera clara, tiene un pie en el territorio del capital, el otro en el reino de la libertad. Han sido seis horas, y el autobús ha ido dejando en el camino a la mayoría de los viajeros, como migas de pan, para marcar a Hansel y Gretel el camino de vuelta, por si se arrepintieran de la aventura. Se supone que tú eres Hansel, y Gretel la sonriente chica alemana que se te ha unido la última media hora. Ella se ha dado cuenta antes que tú de que sois los únicos viajeros que llegaréis hasta el final del trayecto. El chófer, por supuesto, no es viajero. Según te ha dicho al despedirse, volverá vacío hasta Río Seco, hasta el pueblecito que ahora marca el inicio de la civilización. Muy pocas veces llevo de vuelta a nadie que haya llegado hasta aquí. Le has creído, por qué no. Algún día yo tampoco volveré. Eso también se lo has creído. ¿Por qué no hoy? No le has hecho la pregunta, sin embargo. Tú no quieres empujar a nadie a ninguna parte. Tienes suficiente con empujar tu cuerpo.
La alemana te ha dicho su nombre. Soy Leonie. Parece que vamos en la misma aventura. ¿Has estado alguna vez al otro lado? Has dudado, tomar su mano, darle un beso, sonreír… y, al final, confundido, tu sonrisa turbada ha besado su mano. Qué gesto tan trasnochado, habrá pensado. Qué sabes tú lo que le ronda a Leonie por la cabeza. Te ha gustado su compañía. Le calculas tu edad. Lleva el pelo en una larga trenza, del color de las cestas que venden en los mercados de los martes de El Cerrito. Habla bien castellano; para ser alemana. Nunca has estado en Alemania, pero imaginas que en Berlín no hablan así. Castellano de la península, dirías, aunque nunca hayas estado allí tampoco. No sabes si su cara es tan redonda de por sí, o si es la sonrisa que se la alarga hacia ambos lados hasta darle esa forma. Parecería que siempre está avergonzada, pero, seguramente, ese rojo de las mejillas es natural. Viendo cómo se ha acercado a ti, no parece que sea vergonzosa. Ha empezado a hablar por los codos de inmediato. Ha tenido una buena colección de aventuras en los últimos diez años. Tú le has resumido las tuyas en una frase: He ejercido de profesor de Filosofía hasta que me han ofrecido la cátedra. Quizá, dicho así, no se entiende bien el mensaje, pero tú mismo tampoco sabes cuál es el mensaje. ¿Que has huido a Askayala escapando de la cátedra? No es eso, por supuesto, pero también es eso. Que lo entienda como quiera, no está en tu mano. ¿No tienes intención de quedarte en Askayala? Te ha costado entender la pregunta, hasta que tras su mirada te has topado con tu mochila. No es una mochila grande, no. El macuto de Leonie es, en cambio, más grande que la propia chica. Pero ella viene de Alemania, al fin y al cabo. No tengo ninguna intención de ir a ningún otro sitio. Una vez me fui de lo que fuera Sakau, pero entonces no tuve opción de decidir. Ahora no hay Sakau, y voy a ver qué encuentro en su lugar. Y también quiero ver a mi prima.
Río Seco no es lo único que has visto yermo en el camino. La sequía va para largo este año. Tienes la sospecha de que, cuanto más se alargue la falta de lluvia, mayores son las posibilidades de recibir la visita de una tormenta tropical que en un momento dado se convierta en huracán. El mar, al menos, lo tenéis cada vez más adentro. No sabes qué relación tiene eso, pero bueno. Lo tuyo no es la ciencia, mucho menos la climatología. ¿Es la climatología una ciencia? Hoy en día, el mundo está lleno de personas expertas en el clima, pero a ti no te aceptarán en ese club. Escaso instinto el tuyo para las predicciones. Y parece que tiempo y clima no son lo mismo. El caso es que muchos de los prados que te han aparecido por la ventana también tienen el color del pelo de Leonie. Leonie tampoco sería un mal nombre para un huracán. Tienen nombres de mujer, ¿no?
¡Así que naciste en Sakau y la revolución dividió a tu familia! ¡Qué interesante! No has entendido ese brillo que ha brotado en los ojos de Leonie. No concuerda con la vergüenza que te ha provocado tu confesión. Sí, yo también dejé el barco de la revolución como una rata, pero tengo excusa, solo tenía doce años, y soy el resultado de muchas decisiones que no he tomado. También el resultado de algunas que he tomado, al parecer. No le has dicho eso, era tan hermoso ese brillo de sus ojos. Ella, en cambio, ha participado en muchas pequeñas revoluciones, en la propia Alemania, en Francia, en Italia… Campamentos para salvar bosques, barrios ocupados, circos clandestinos… ¿Cómo no iba a partir en un momento dado hacia el primer país anarquista? Su ardor es contagioso. La besarías. Pero no crees que sea políticamente correcto besar a una chica alemana en la primera media hora pasada con ella. No por ser alemana. A cualquier chica, quieres decir. No obstante, no sueles tener ganas de conocer a cualquier chica y besarla a la hora. Ni a cualquier alemana tampoco. A Leonie sí. Pero no lo has hecho. Eso habría roto la frontera entre libertad y libertinaje.
Has escuchado sorprendido su edad en un momento dado: 39. Es decir, cinco años más que tú. Luego se te ha ocurrido que no tienes motivo para sorprenderte. O sí, deberías sorprenderte de no que no tenga 49 en lugar de 39, aunque aparente tener 29. Según lo que te ha contado, en cada año que ha vivido ella caben cuatro de tu vida. La relatividad del tiempo. ¿Qué tendrías que hacer en los próximos cinco años para acumular tanta experiencia? Quizás vivir tantas cosas la mantiene tan joven. Saber que es cinco años mayor no te ha menguado ni un ápice las ganas de besarla. Tampoco las ha aumentado. Has permanecido formal en tu asiento hasta que el autobús se ha detenido en la parada de Villa Loros y el chófer ha anunciado que habéis llegado a la tierra prometida. Percibes envidia en los ojos del hombre moreno cuando se ha despedido. Pero quizá solo estaba ansioso por comer algo. De hecho, habéis llegado a Villa Loros en noche cerrada. Hay una especie de oficina para los que llegan como vosotros, ese cartel luminoso que se ve detrás de aquella palmera. Les ayudaría, pero los chóferes tenemos donde comer y dormir, a salvo de tentaciones revolucionarias, y estoy agotado. Le habéis agradecido el gesto. De hecho, Villa Loros es un pueblo realmente pequeño, y no se veía ni un alma en la calle que se prolongaba hacia la selva. Bueno, un alma sí; mirándote; esperanzada. Y movía la cola alegremente. No sabes qué tipo de esperanza tienen los perros, pero puedes hacerte una idea. Tú, sin embargo, tienes los bolsillos vacíos. Leonie se ha agachado para acariciar al perro en la cabeza, pero el morro largo y alegre ha seguido mirándote a ti, tenaz. Has empezado a caminar, demasiado cansado para ocuparte de las esperanzas de un perro pero, sin ninguna vergüenza, ha partido tras de ustedes hacia la palmera y el cartel luminoso.
En el camino, mientras el perro de raza indefinible va pegado a vuestros pasos sin dejar de mover la cola, Leonie te ha dado otra razón para irse de Alemania: en 2038 terminará el plazo para que todos los habitantes de Europa creen su bioidentidad. Paso obligatorio para que la biodemocracia se arraigue plenamente. Leonie, por lo visto, no quiere estar atrapada en ese sistema. Hace años que desapareció de todas las redes sociales, y eso mismo se ve que la hacía sospechosa a ojos del gobierno. Han empezado a amonestar a los ciudadanos que no tienen móvil, y el propio gobierno ha empezado a regalar dispositivos inteligentes. Inteligentes… Otro tipo de sonrisa se le ha dibujado a Leonie al decir eso. ¿Irónica? Hoy en día no se puede pagar nada si no es por móvil. Pero aquí estoy, y en Askayala ni dinero ni dispositivos inteligentes. Se le ha transformado de nuevo la sonrisa, de nuevo más sincera, y aun así has leído en sus ojos algo que podría identificarse con la nostalgia. En sus hermosos ojos transparentes. Dispositivos inteligentes, que deben estar muy arriba en el concurso de oxímoron. ¿El umbral de una humanidad sin inteligencia natural? Las cosas van más retrasadas en Costa Alegre, pero allí también, si no se acelera la metástasis de Askayala, antes de que llegue la próxima década la tecnología estará lista para convertir a todos los ciudadanos en biociudadanos. Otra cosa es si el gobierno tendrá la fuerza necesaria para empujar a la población hacia esa tecnología. La campaña de propaganda, al menos, hace tiempo que ha empezado. Hasta ahora no has puesto eso en la balanza, pero te has alegrado porque tú también has hecho a tiempo el movimiento hacia un mundo sin bioidentidad. Te vienen a la memoria por un instante los tiempos del coronavirus. El gobierno hizo lo imposible para implantar diversas medidas, pero ¿cómo podían llegar los pasaportes covid a pueblos donde el wifi no era más que una palabra exótica jamás oída? ¿Cómo pedir a miles de personas que hicieran teletrabajo y se quedaran en casa, si su propia subsistencia se jugaba en la calle cada día? En el país vecino, por supuesto, en aquellos tiempos ni pasaporte ni prohibición alguna. Eso escuchaste, y no parece que la población de Askayala desapareciera de un año para otro llevada por aquel virus. Te has alegrado sabiendo que no encontrarán aduanas en el camino. Hace tiempo que te caducó el único pasaporte que has tenido en la vida, el que te sacó tu padre para salir de tu lugar de nacimiento cuando tenías 12 años. Ten paciencia, parece que aún no has llegado a la verdadera Askayala.
Tienen delante el cartel mencionado por el chófer y, pegada a él, se les muestra una casa de estilo colonial, de madera, de tres plantas. Parece una tarta sofisticada, sin llegar al nivel de esas que sacan en las bodas. Nunca has ido a una boda, pero quién no ha visto alguna foto de una tarta nupcial. Es blanquísima, y las columnas del soportal y los marcos de las ventanas y del largo balcón y la barandilla son de color verde claro. Quizá por la mañana tengan otro tono, ya que la luz de la calle no es muy fiable y la luna anda perezosa en su camino ascendente. Hostal Único. No se cansaron mucho a la hora de ponerle nombre. El cartel no es contemporáneo al edificio, pero seguramente hace cincuenta años anunciaría igual al viajero perdido que aquella era la única opción en el pueblo. En kilómetros, quizá. Leonie llena sus pulmones de aire, ensanchando aún más la sonrisa. Tú también percibes el olor a patacón, pero dudas de que algo tan común pueda llenar así el ánimo. Es alemana, bueno, no serán los plátanos fritos el manjar que más a menudo les ofrecen en las calles de Berlín y, al final, a ti también te ha puesto en marcha el gusanillo del estómago su dulce aroma.
Avanzan ambos por un camino marcado por losas rojas anchas e irregulares, rodeados de arbustos floridos. Su perfume quiere competir con los patacones, pero la medida de vuestra hambre marca la prioridad a vuestras narices. Al llegar a la puerta, escuchan un ladrido corto. Allí sigue el perro, sentado ahora, con la cabeza ladeada, intentando adivinar vuestras intenciones. ¿Será él el comité de bienvenida que el pueblo ha preparado para los recién llegados? No creo que puedas entrar con nosotros, le explica con paciencia y un poco de pena Leonie, agachándose hacia él, como hacen algunos adultos para hablar a los niños.
Están dentro. La luz denuncia vuestra llegada, encendiéndose como si se alegrara de veros. También el olor a patacón se hace más intenso. A la izquierda tenéis una doble puerta acristalada, cerrada; enfrente el mostrador de recepción, junto al cual parten las escaleras; y a la derecha otra puerta, más pequeña, cerrada también. Todo es de madera, del color de la cerveza tostada, acogedor, y dentro también hay plantas por todas partes. De esas que cuelgan del tiesto, sobre todo. No eres experto en botánica. No eres experto en nada. ¡Ya voy! No saben de dónde llega la voz ni cómo les han detectado. La luz principal del recibidor no ha sido el único anuncio de vuestra venida, por lo visto. Se trata de una voz gruesa y, con envidia, imaginas la boca que ha lanzado el par de sílabas llena de patacones. Leonie te ha contagiado la alegría del placer sencillo, al parecer. Dentro del mostrador de recepción hay un hueco, sin puerta, y por él ha aparecido la dueña de la voz. La dueña del hostal también, quizá, siempre que en Villa Loros mantengan todavía la propiedad. Soy Lucrecia, pero en el pueblo me llaman Lulú desde pequeña. Producto puro de esta tierra. ¡Así es, seguro! La pequeña mujer te ha pillado mirando una foto grande que hay junto al hueco. Pronto ese cartel será vintage. La excursión principal de la única agencia de turismo que hemos tenido en el pueblo: la catarata, el descenso en flotadores-rueda, tirolina… La única excursión, a decir verdad. Quien quiera puede hacer todo eso todavía, por supuesto, pero no encontrará a quien le guíe. Profesionales, quiero decir. Ayuda quizá sí, en el pueblo siempre hay alguien dispuesto a hacer un paseíto hasta allí. Mapas sí que tenemos, si quieren uno, pero creo que vienen a hacer otro tipo de turismo. Turismo es una forma de hablar. Han venido a ver si lo que se dice es verdad, ¿no? ¡El milagro, el país libre sin gobierno y sin dinero! Bueno, nosotros todavía aceptamos dinero, estamos en transición. Habitación doble 930 pesos. También aceptamos dólares, 5 dólares, y euros también, 6,50 euros. Bitcoins no. Pero si se van a quedar por los alrededores, si participan en los trabajos comunitarios, tendrán a su alcance todo lo que necesiten. Todo esto es nuevo para nosotros. Sería buena vendiendo los valores de su pueblo a los turistas, poco le ha faltado al brillo que emana de sus grandes ojos para arraigar en tu interior el deseo de quedarte a vivir allí mismo. No han elegido mal el Hostal Único como oficina de información del pueblo. ¿Desayuno incluido? Leonie es de otra liga, ella sabe cómo andar por el mundo. 1116 pesos, 6 dólares, 7,80 euros, les canta, tenemos patacones recién hechos, aguacate, tomate, queso y pan, esos por cuenta de la casa, patrimonio del pueblo y nuestra bienvenida, se los llevaré a la habitación ahora mismo, y, escondida en su sonrisa, ambos sentís que os acaba de ofrecer la llave de la puerta del paraíso. Tú sí, al menos.
Sería el cansancio del viaje, pero ni a Leonie ni a ti se les ocurre decir que el camino, en realidad, lo están haciendo por separado, que se han encontrado hace solo unas horas, y que habitaciones separadas podrían ser más adecuadas. Al menos, cuando la mujer abre la elegida para ustedes, aparecen dos camas. Si prefieren cama doble, tengo otra habitación libre. A decir verdad, casi todo el hostal está libre. La gente no llega para quedarse aquí. Todos quieren conocer la verdadera Askayala. Y, como les dije, nuestro humilde pueblo no es más que el preludio de eso. Estamos aprendiendo, haciendo asambleas, viviendo sin dinero, coordinándonos con las asambleas y nodos de los pueblos de alrededor… Algún día Askayala llegará hasta Cayo Blanco, y más al oeste también, ya verán, y para entonces nosotros también seremos de pleno derecho miembros de la federación libre. La mujer está orgullosa, por lo visto. Lulú. Porque ella también, al igual que el hostal, tiene su nombre, y porque se lo ha dicho. Y su ser, que emana de cada uno de sus movimientos. Alegre, viva, incansable. Muchas gracias, Lulú. Leonie siempre dispuesta a mostrar buena educación. Para cuando se han quedado en la habitación comiendo patacones, a solas, tienes la cabeza bailando en un cóctel de imágenes y palabras. Han salido al balcón a comer. Lulú les ha traído también una cerveza a cada uno. La primera cerveza de Askayala. Viene de la costa, de un pueblo cercano a Xixen, de Manantiales. Lulú les ha hablado también, breve pero apasionadamente, del sabor especial que se dice que el agua de allí le da a la cerveza. Habrá sido una excelente vendedora, sí, mientras duró la economía de mercado en Villa Loros.
