Sobre la crítica a los textos de Félix Rodrigo Mora

Leo en los últimos tiempos diversos textos críticos con la obra de Félix Rodrigo Mora, algo que me parece normal, sano y necesario, en principio, y que refleja que las ideas que Félix expresa encienden, cuando menos, algún tipo de reflexión y reacción. Siempre que leo algo, más cuando proviene de personas que presupongo con una cierta afinidad de ideas, de ética y de objetivos, doy por hecho la buena voluntad que encierra, aun cuando no conozco personalmente a la persona detrás de las líneas. Así lo siento en los textos de Félix, confirmado por el conocimiento, aunque reciente y sin el suficiente tiempo para asentarlo sobre una experiencia más amplia, que de él he podido tener. Así lo creo a priori en cuanto a los textos críticos dedicados a este autor. Sin embargo, tras leer el último a través de alasbarricadas, firmado por Julio Reyero bajo el título “Sobre la dialéctica cripto-reaccionaria – Crítica al artículo “De la intervención política””, me han venido ciertas ideas que quería modestamente compartir sobre el tema.

Tuve noticia de Félix hace un par de años, al adquirir desde Chile, a través de lxs compañerxs de Maldecap, un librito suyo titulado Crisis y utopía en el siglo XXI. Me pareció interesante, y solicité la posibilidad de contar con el texto en pdf para que una pequeña y naciente editorial autogestionada chilena que desgraciadamente falleció antes de tiempo, Caballitos de Troya -no, no son los mismos a los que Julio hace referencia-, pudiera, si le interesaba, editarlo para esa región del mundo. Esto me puso en contacto directo con el autor, contacto que se ha mantenido en el tiempo hasta el presente, y me acercó al resto de su obra. Sinceramente, sus textos, aún con interpretaciones y un tono que no comparto, me parecieron de los aportes más concienzudos e interesantes que he podido leer en estos recientes años, y parece obvio que las palabras de Félix no dejan indiferente a nadie. Tengo amigos que, no compartiendo en casi nada sus ideas, agradecen cuando cae un libro suyo en sus manos por el simple placer que les reporta su prosa. El empeño que Félix pone en sus obras me parece innegable, y el hecho de replantearme con su lectura no pocas de mis presuntas certezas tiene de por sí un valor que agradezco. Según afirma, cuando se plantea una labor de investigación sobre un tema intenta no partir de apriorismos e ideas preconcebidas e ir amoldando sus conclusiones a lo que la documentación y el estudio le van marcando. Creo que es la forma más sana, aunque nada fácil, de abordar un trabajo que pretenda indagar en la verdad y no confirmar las ideas que desde la elección del tema deseábamos constatar o reforzar.

Para mí, un placer añadido ha sido encontrármelo y poder charlar cara a cara. En estos encuentros, quizá lo que más me ha chocado ha sido, frente a ese lenguaje agresivo y de apariencia maximalista, que considero que no favorece la interpretación de sus ideas -y que de hecho puede empujar a la hostilidad-, la afabilidad, flexibilidad y apertura que muestra en el diálogo personal. Así, he comprobado que en el tú a tú es más amigo de escuchar con atención todo lo que la otra persona quiera compartir que de conducir él mismo la conversación por alguna senda concreta. De este modo, es capaz de congeniar desde el primer encuentro con una feminista militante y escuchar con genuino interés todo lo que ella quiera contarle sobre, por ejemplo, el yoga y la espiritualidad, con personas preocupadas por la educación y las diversas líneas pedagógicas, o con jóvenes punk en un gaztetxe, de igual a igual y con rara humildad.

Dicho esto, en general, siento que las críticas corren siempre, cuando mínimo, dos riesgos, algo que conozco por propia experiencia, por estar tanto a un lado como al otro de ella y cometer yo también errores de este tipo. El primero aparece cuando quien critica no conoce personalmente de nada al/a la criticadx. En este caso, es fácil que se opere con apriorismos, con ideas preconcebidas, intentando hacer encajar la figura o las ideas criticadas en un esquema ya formado en unx mismx, imaginando que esa otra persona se acerca a tal o cual etiqueta o modo de pensar que denostamos, pudiendo desviarse así la crítica, no a lo que la persona criticada realmente ha expresado, sino a aquellas ideas que sentimos como hostiles y creemos haber detectado en ella. El segundo aparece cuando quien critica conoce o cree conocer bien a la persona criticada, sobre todo cuando ha compartido largas experiencias. En este caso, es fácil deslizarse hacia la crítica personal, relegando a las propias ideas, anteponiendo a los textos que se pretende criticar las experiencias, rencillas o desavenencias personales tenidas con el/la autor/a.

Sintiendo que toda crítica, como he dicho, es un aporte bienintencionado, y que quien la hace pretende corregir los errores que percibe o alertar de los riesgos que entrevé en los textos criticados, tengo la sensación de que en algunos de los textos que he leído contra las ideas y ensayos de Félix, o contra él personalmente, sucede algo parecido a lo que, a mi parecer, le ocurre al propio Félix con algunos de los autores que él mismo ataca. Comenzaré por esta segunda parte, para que se capte mejor lo que quiero comentar sobre las críticas realizadas a los textos de Félix.

Al leer los libros de Félix, me ha llamado la atención el descarnado ataque que dirige a algunos autores, especialmente a Nietzsche y a Stirner. Como primer y sano ejercicio, esto me ha llevado a replantearme la interpretación que yo mismo hago de tales autores, o, en otro orden de cosas, de otros como Kropotkin. Recordando mis lecturas o leyendo con las palabras de Félix presentes a alguno de ellos, sentía que, efectivamente, en ciertos momentos yo también percibía los riesgos que algunas frases o planteamientos pueden suponer, al quedarse sólo con esa parte sin entrar en la comprensión total y, sobre todo, en las propuestas finales o ideas reales que contextualizan esos pasajes. Es cierto que Nietzsche ha servido de inspiración al III Reich, pero no es menos cierto, como Julio Reyero señala, que en su conjunto las ideas de Nietzsche significan un demoledor ataque a toda estructura estatal y una defensa a ultranza de la libertad individual, además de un desprecio feroz de lo ario que hace preguntarse cómo pudo significar tanto para quienes basaban su discurso en la supremacía de esta raza. Así, al menos, lo entiendo yo, que quizá no comprenda mucho. Con Stirner, su lectura me lleva a mi primer anarquismo, en mi adolescencia, cuando mis ideas brotaban de mi propio instinto sin detenerme en lecturas o interpretaciones ajenas, dejándome guiar solamente por mi propia interpretación de la realidad y mis propios anhelos de libertad total y recelando de toda pretensión organizativa y grupal. Algunas de sus páginas más parecen, sinceramente, fáciles de malinterpretar y de llevar a un individualismo rayano en el fascismo, pero el antídoto contra estas interpretaciones lo pone el propio Stirner al definir su propuesta de la organización que él ve como posible y deseable, desde el reconocimiento de la otra persona como individualidad y la asociación de individuos libres por pura afinidad -a asociación de egoístas-. Esta parte propositiva es la que realmente aclara la intencionalidad de Stirner, que difícilmente, por tanto, puede a mi juicio tacharse de fascista, aunque convertida en dogma puede ser la base de una peligrosa intransigencia con cualquier otra visión social o comunitaria. Es, a mi entender, la falta de esta visión completa, el miedo a esos pasajes intermedios que a mí en ocasiones también me chirrían, lo que le resta a Félix una mayor magnanimidad al interpretar estos autores y lo llevan a una desconfianza total hacia ellos.

Algo similar sucede, a mi juicio, en algunas de las críticas vertidas a los textos de Félix. Sin una visión completa del contexto y la intencionalidad de sus obras, resultan, o así lo veo yo, parciales e injustas. Más aún tratarlo directamente como caballo de Troya del anarquismo, como si se lo quisiera señalar como a un peligroso enemigo. Entiendo que en un primer momento a más de unx le salten las alarmas al leer algunas de sus frases. A mí mismo me sucede -igual que me ocurre, como he dicho, al llegar a ciertos puntos de Nietzsche o de Stirner-, y su estilo escrito agresivo y sus ecos moralistas me distancian de sus textos en no pocas ocasiones, algo que se matiza según profundizo en sus ideas, avanzo y llego a entrever adonde quiere realmente llegar, más aún después de conocer a la persona tras el papel y la tinta.

Para adentrarme en esta parte me parece importante aclarar un punto: hasta donde yo sé, Félix jamás se ha declarado como anarquista, y más bien suele considerar que su fuente principal es otra tradición, la de la propia cultura popular, más allá de los distintos “ismos”. Por tanto, difícilmente se puede pretender que sus postulados se ciñan a una ortodoxia anarquista, y resulta errado enjuiciarlo enteramente desde esta óptica.

Sin embargo, y aunque él nunca se refiera a sus propuestas como anarquistas, al leer su obra y sobre todo analizar su parte más propositiva y constructiva, la organización social que esboza, basada en la libre adhesión federativa de asambleas populares soberanas -omnisoberanas, como él las llama-, organizadas para la decisión común de todos los asuntos que les atañan, con rechazo frontal al capitalismo y al Estado y una reiterada reivindicación de la libertad como característica definitoria de lo humano, no puedo sino ver en él un anarquista o, si se prefiere, un libertario no confeso.

A la hora de hacer algunas críticas, entreveo en ellas un anarquismo ortodoxo que espera que todo encaje (incluso las teorías de quien, como Félix, no se define como tal) según una única visión del anarquismo. Así, parece olvidarse que la crítica radical a la ciudad, a la tecnología, al industrialismo, a la esclavitud del trabajo asalariado, al liberalismo ilustrado… han acompañado siempre al anarquismo, que cuenta con toda una suerte de tendencias convergentes en unos puntos y divergentes en otros. No creo que sea necesaria una lista que encasille todas estas corrientes dinámicas y en continua evolución -o así debiera ser, al menos-. Por supuesto, no han ido tan de la mano de su visión más obrerista, ya que también es cierto que en diversxs autorxs, como en las principales corrientes socialistas, existió en su momento una fe ciega en que la tecnología libraría al ser humano de las tareas más pesadas, convirtiendo a los robots en los nuevos esclavos, algo que dos siglos de industrialización y tecnologización depredadora debieran ser suficientes para comprobar falso, al borde del colapso ecológico y civilizacional en que estamos.

Así, se le achaca a Félix algo tan, aparentemente, poco anarquista como creer en un idílico mundo agrícola que, al parecer, nunca existió. Es curioso que autores que se han dedicado a la investigación histórica o antropológica de las prácticas horizontales, que podríamos definir como cercanas a lo libertario, en distintas sociedades y periodos históricos coincidan en afirmar la existencia pasada (y presente) de comunidades mucho más libres e igualitarias, todas ellas fundamentalmente agrarias. Es curioso que el propio Kropotkin, no digamos Tolstoi, escribiera con admiración sobre las costumbres del campesinado ruso, en una visión de éste que, junto con su preocupación por el desarrollo ético, artístico y espiritual del ser humano libre, seguramente lo acerca más a Félix de lo que él mismo tal vez cree, y que fuera este contacto con la “servidumbre” campesina uno de los hechos que lo acercó a abrazar las ideas anarquistas. Qué decir de la pasión de Thoreau por la vida natural y salvaje, si bien este autor, aún con su repudio por el Estado, no se considere estrictamente anarquista. Podemos olvidar, si queremos, la conexión que el zapatismo pasado y actual tienen con la vida rural indígena y la importancia que los hermanos Flores Magón dieron a la participación campesina en la revolución. De modo que, lejos de Arcadias felices, no parece que esta mirada de Félix hacia lo rural sea tan descabellada. Parece innegable, salvo que hagamos nuestra la historiografía oficial liberal, que los diversos Estados constitucionales “democráticos” se han afanado en desarticular totalmente cualquier vestigio de sociedad campesina y se han esforzado por estigmatizar al campesinado como atrasado e inculto, borrando su memoria histórica y su legado cultural de cualquier publicación “progresista” y “moderna”. La Unión Europea se ha encargado de escribir el último requiem con sus “ayudas” al campo, es decir, con la invariable política de impulsar las grandes propiedades y el monocultivo e imposibilitar cualquier atisbo de progreso o supervivencia de lxs pequeñxs productorxs. Parece que el campo y sus raíces convivenciales asusta (ya parecía asustar al primer marxismo, empeñado programáticamente en terminar de proletarizar el campo, estructurándolo en “ejércitos de trabajadores” del campo).

Por otro lado, respecto a esas acusaciones que se hacen de la visión idílica sobre la ruralidad, parece que, como le sucede quizá a Félix al interpretar parcialmente los dichos por Nietzsche, Stirner o Kropotkin, quienes lo critican olvidan con qué reiteración Félix recuerda las falencias y debilidades de las organizaciones comunales campesinas y de sus concejos abiertos, llamando, no a una vuelta al pasado, sino a una superación de sus carencias en una construcción que beba de ese pasado para repensar el presente y proyectar el futuro. Cualquier persona que haya vivido los últimos coletazos de la vida rural entenderá el tesoro que la “modernidad” y el “progreso” están enterrando y conectaran fácilmente con el mundo que Félix describe -no se si hoy en día puede haber algo más reaccionario que, a coro con los discursos estatales, capitalistas y neoliberales, como hiciera y aún hace el “socialismo real”, todos ellos de la mano, ensalzar el “progreso”, lo urbano y lo industrial en el sentido que hoy padecemos y que está a punto de sepultarnos a todxs, siempre por el bien del país y de su perpetuo crecimiento creador de “riqueza” y “bienestar”; imagino que no es ése el concepto de progreso que proclaman los autores de las críticas-.

Otra de las acusaciones se refiere a una aparente misoginia de Félix. Parece ser que sus críticas al feminismo de Estado o institucional son vistas como un ataque directo a la mujer. De nuevo, por una parte, parece no tenerse en cuenta que fueron feministas anarquistas las que ya a principios del s. XX hacían acusaciones parecidas a cierto tipo de feminismo burgués, y consideraban la proletarización de la mujer como una nueva cadena a añadir a las que ya entonces les pesaban. No son pocas las líneas de pensamiento anarquista que hacen una crítica radical de lo que este feminismo institucional ha supuesto realmente. Como brillante ejemplo, que coincide en lo básico con la mirada que Félix ofrece sobre el feminismo, es muy recomendable la lectura de Prado Esteban Diezma, co-directora de la revista Estudios, ligada a la CNT, y en especial los textos “Pensar la mujer desde el 15-M” y “Una nueva reflexión a 15 de octubre”, incluidos en el libro Pensar el 15M y otros textos. La máxima que Prado dirige al autoproclamado movimiento feminista es bien significativa: “no nos representan”. ¿Resultará que esta luchadora es también misógina? Aunque no voy a expresar mejor que ella el carácter machista, paternalista y patriarcal de ese feminismo, por mi parte, quisiera preguntarme en voz alta si supuso un avance en la emancipación de la mujer la existencia de reinas en el Antiguo Régimen; si en algo ha cambiado la configuración del Estado o lo ha democratizado el sufragio universal, más aún desde el punto de vista de quienes renegamos del voto y de la pantomima electoral; si es un avance humanizador la incorporación de mujeres al detestable ejército, a la judicatura o a la policía; si la presencia de mujeres accionistas o partícipes en las juntas directivas de las grandes empresas les ha restado a éstas un ápice de su carácter capitalista, imperialista y explotador; si la existencia de primeras ministras o presindetas, como Margaret Thatcher, ha sido un aporte para la igualdad de géneros o la “feminización” de sus gobiernos; si las leyes contra la violencia de género han hecho disminuir en algo la detestable violencia machista -los datos anuales en progresión creciente parecen negarlo tajantemente, y al autor de Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larson, parece que le costó la vida destapar esta realidad en el modélico e igualitario Estado socialdemócrata sueco-…; por mencionar algunos puntos. O si más bien no han llevado a que muchas mujeres naturalicen como buenas y deseables estructuras de poder patriarcales, asumiendo ellas mismas esa visión patriarcal y masculina del Estado, el Capital y sus distintas instituciones. Junto a esto, de nuevo, siento que en las críticas se olvida, o quizá no se haya leído, que el propio Félix continuamente execra la violencia machista como una lacra a eliminar. Sin embargo, argumenta, y creo que no le falta razón, que el paternalismo con que el Estado trata a la mujer no tiende a igualarla o a emanciparla, sino a perpetuar su dominación como objeto y no como sujeto, que debe recibir el amparo de éste -como antes debía recibirlo del marido-, creando por añadidura un enfrentamiento latente entre sexos que es sumamente rentable al poder. Ante ello, intuyo, Félix aboga por la auto-organización y la actividad no institucional para que los cambios sean reales, profundos, interiorizados, emanados de la propia sociedad, y no simplemente estéticos y tranquilizadores de las conciencias, como si la sanción de una ley creara una realidad. Tal vez descubramos ahora que hay anarquistas que, de la mano del Estado, piensan que la solución para tales males es la proliferación de los delitos sancionados por ley y de las cárceles, ahora convertidas en macro, para albergar a una creciente población reclusa, la mayor por habitante de toda Europa, pese a la menor tasa de criminalidad. La solución coercitiva, vertical e individual en lugar de la solución ética, horizontal y social.

Creo que otro tanto puede decirse en cuanto al “problema” con la melanina. Esta cuestión ya ha sido tratada por autores anarquistas clásicos -hablo de memoria y puedo equivocarme, pero diría que Bakunin o Proudhon lo hicieron-, que consideraban que la Guerra de Secesión estadounidense no se produjo por un genuino deseo de igualdad y reparación de los generosos habitantes blancos del norte, sino por una necesidad de mercado, del capitalismo yankee, de incorporar toda esa mano de obra esclavizada en los campos del sur a una nueva suerte de esclavitud en las industrias del norte. Del mismo modo, la candidatura de Obama, que se vendió por cierta izquierda como un gran paso en la historia por el simple hecho de la cantidad de melanina atesorada por éste, no parece haber significado grandes mejoras en las actividades bélicas de Estados Unidos -desde un punto de vista humanitario, me refiero, ya que la eficacia de la geopolítica estadounidense parece fuera de toda duda…-, ni siquiera en la igualación real en derechos de las minorías (cada vez menos minoritarias) étnicas de dicho país. Cabe recordar que, cuando se “modernizó” el ejército español, dando el paso que el Estado necesitaba e invisibilizando de esta forma el discurso antimilitarista más allá de la obligatoriedad del servicio militar, el gobierno tuvo que ofrecer a lxs hasta entonces “indeseables inmigrantes” el ejército como vía de regularización de su situación, ante el escaso apego al uniforme de la población “autóctona”. No hay mejor forma de crear adeptxs a las leyes del Estado que conferir supuestos “beneficios” a los colectivos sistemáticamente relegados y discriminados, cuya situación global, sin embargo, no varía demasiado. Así, cuando el Estado o el Capital necesitan mayor legitimidad o sienten que la fe en ellos decae, se puede permitir, para su propia gloria, “repartir” derechos: incorporar a la mujer como productora y consumidora; engrosar las filas del enflaquecido ejército con mujeres, minorías raciales y homosexuales vendiéndolo como una “democratización” de esta perniciosa institución; abrir mercados específicos con su propio estilo de publicidad para estos colectivos; admitir otras formas de unión o matrimonio si se pretende atraer las relaciones que escapaban a la administración de estos grupos antes excluidos -y con ello el voto-, e incluirlos en el esquema tributario oportuno, o si entre las parejas heterosexuales el gusto por las relaciones legalmente sancionadas comienza a flojear…; e incluso darles el voto, si con eso se legitima el poder emanado de las urnas y se consigue nuevos adeptos al Estado. Darles cargos de poder es la última y más eficaz forma de someter a cualquiera de estos colectivos y convertirlo en fiel aliado, como bien se ha visto con la clase asalariada. Criticar y hacer ver todo esto, como me parece que intenta hacer Félix y como han hecho otrxs muchxs autorxs netamente anarquistas, no supone, en mi opinión, mostrarse misógino, racista u homófobo, como criticar el voto, la militarización, la esclavitud asalariada, el autoritarismo o el adoctrinamiento escolar del hombre no ha significado nunca, al menos hasta hoy, misoandria o androfobia. De hecho, creo que a nadie que sea capaz de hacer esas críticas le impide, en la práctica, apoyar todas esas reivindicaciones, aunque no crea que supongan una genuina transformación hacia una igualdad real y sentida por la población; menos aún una emancipación. En mi caso, y más aún después de pasar por ese error, no creo en el matrimonio y no deseo la existencia de registros de nadie, ni como pareja ni como individualidad, pero, por solidaridad, apoyo y apoyaré cuando amigxs homosexuales reivindican para ellxs dicho “derecho”, igual que a las mujeres que creen erróneamente que llevar las mismas cadenas que el hombre las liberan. Que las igualan, no cabe duda, pero ¿no es más adecuado igualarse en la libertad y no en la esclavitud? Me parece percibir la misma actitud en Félix, aunque ciertamente leer algunas de sus afirmaciones fuera del contexto global y sin llegar a aquéllas que las matizan, a unx le chirría en más de una ocasión y le pone en guardia. Sin embargo, parece que con menos dureza se trata el abierto y difícilmente excusable machismo de Proudhon, o las tendencias antisemitas o antigermánicas de pensadores como Bakunin o Kropotkin, por citar algunas taras de estos enormes pensadores. En estos casos, da la impresión de que sabemos separar lo agudo y acertado de sus reflexiones sobre la propiedad privada, el Estado, Dios, la ayuda mutua…, de las tendencias personales que no compartimos. Más aún cuando esas tendencias parecen, según percibo, más ciertas y sin matices que las que a Félix algunos achacan.

Siguiendo con el listado de críticas, parece que resulta también censurable para lagunxs la crítica radical que Félix realiza sobre la interpretación oficialista de lo que la Constitución de Cádiz o la I. y II. República significaron. Creo que a estas alturas es difícil defender dichos eventos como avances hacia la emancipación de nadie. La Constitución de Cádiz y el proceso que ésta desencadenó significaron, efectivamente, el comienzo del fin de toda una cultura popular, la base ideológica para la privatización de todo atisbo de propiedad comunal, el éxodo masivo del campo a la ciudad y la consecuente proletarización, así como el intento más furibundo de asimilación cultural, idiomática e identitaria de toda comunidad no castellana, mientras se reinterpretaba el propio significado de lo castellano a la luz de una cultura ilustrada y urbana, elitista, enemiga de la propia cultura popular castellana, salvo como vestigio folclórico. No sé si hay mucho rescatable, por tanto, de lo que la “revolución” liberal significó. Algo muy similar a lo sucedido el siglo anterior en Francia, proceso consumado por el imperialismo napoleónico, que trajo la asimilación de toda una serie de culturas que nada tenían hasta entonces de francesas, salvo el estar sometidas a una misma corona, bajo un régimen de autonomía mucho mayor que el consentido por la totalitaria constitución ilustrada francesa. Para lxs vascxs, desde luego, nada de nada, empezando por la conceptualización tristemente burguesa y liberal de la Euskadi que el naciente nacionalismo vasco, como oposición al nacionalismo castellano, llevó a cabo -por más que para lograr el apoyo popular se aproximara en su discurso más a la otra cara de la misma moneda, el carlismo-, pretendiendo más una réplica de los Estados liberales circundantes, el español y el francés, que una vía propia realmente emancipadora. En esta crítica parcial que se hace del ataque que Félix realiza al constitucionalismo español y a las dos repúblicas, parece raro que un anarquista olvide que en todo momento Félix denuncia que el franquismo y la actual democracia, sin menospreciar el horror que el primero supuso, han sido, más allá de las formas externas de gobierno y de quiénes sufrieran con uno u otro la represión en mayor o menor intensidad, una continuación del mismo proyecto, sin ningún cambio en profundidad en lo que el programa liberal pretendía: una España única, indivisible, capitalista y “moderna”, a la altura de los Estados “fuertes” de Europa. Que a mediados del s. XIX hubiera anarquistas que aún creyeran que en las ideas ilustradas y en el resultado de la Revolución Francesa había una semilla de liberación es comprensible, pero me parece más increíble que a día de hoy, vista la herencia que el fortalecido Estado burgués instaurado por ella nos ha dejado, se pueda rescatar mucho de aquel enorme engaño a la clase popular, utilizada como carne de cañón por las cabezas pensantes.

Tal vez sea, efectivamente, una laguna importante no denunciar con la misma fuerza que al Estado y al Capital el papel jugado por el clero y la Iglesia Católica. En cualquier caso, la historia parece también demostrar que el presunto anticlericalismo liberal era de pega y la radicalidad discursiva contra la Iglesia tan solo buscaba el apego popular y disfrazar con él medidas como la privatización total de la tierra, su acumulación en pocas manos, mecanización e industrialización vía desamortización. Me parece que los datos que aporta Félix al respecto en varias de sus obras no son desdeñables. Hoy en día la izquierda oficial y lxs herederxs del liberalismo de antaño -enraizados en la derecha más cavernaria muchxs de ellxs- parecen no dar mucha importancia al anticlericalismo, salvo, lxs primerxs, para rascar algunos votos y mostrar una cierta diferenciación respecto de la derecha oficial. No es de extrañar, viendo también el apego que unánimemente muestran hacia la Corona. Tal vez el error esté en interpretar que la Iglesia Católica actual, como la propia Corona, tiene menos peso real en las decisiones que afectan a toda la sociedad de lo que realmente, por desgracia, aún les corresponde. Soy de la opinión de que ambas instituciones son igual de execrables hoy que hace quinientos años.

Respecto a las críticas que Félix hace de la escuela racional y lo que supuso, no coincido mucho con parte de su visión, aunque entiendo que Félix percibe la educación, tanto religiosa como laica, impuesta desde arriba y universalizada, como una imposición, y no como opción; como una peligrosa vía para el adcotrinamiento desde la infancia y la castración de la libertad. De ahí a pensar que Félix desearía un pueblo analfabeto y sin capacidad de autoeducarse hay un salto muy grande, en mi opinión. No son pocos los textos anarquistas que hacen una crítica radical de todo sistema educativo, y aunque la escuela racional de Ferrer pueda ser reconocida como un sincero esfuerzo de crear una educación emancipadora y libre, científica y racional, me parece también, como debiera ser todo en el anarquismo, abierta a la crítica.

En último lugar, cabría mencionar los ataques que se le dedican por su moralismo y por su crítica al alcoholismo -que no al alcohol- y a la drogadicción. Personalmente, es probablemente en esa sensación que da -interpreto que por una búsqueda de equilibrio, ante la actual tendencia hegemónica del goce y la felicidad como objetivos principales y obligatorios de todo ser humano que parece que tanto el capitalismo como las más aceptadas visiones revolucionarias vigentes quieren imponer como irrenunciables- de desear una ética general de la entrega y la lucha dando la espalda a la felicidad personal, desde unos planteamientos de apariencia, a mi juicio, excesivamente moralizante, en lo que más distante me siento. Creo en la libertad de opción -sospecho que en el fondo igualmente lo cree Félix-, y por tanto pienso que la sociedad tiene que darnos la libertad de elegir según nuestro temperamento los principios éticos por los que nos movemos, si deseamos buscar la felicidad o el sacrificio, el goce o el esfuerzo. De hecho, ni siquiera veo tales conceptos como opuestos, sino como compatibles y alternantes según el momento puntual de nuestra vida. En cuanto a su rechazo del alcoholismo, no identificable con un rechazo del alcohol, puesto que sé por experiencia que Félix acepta de buen grado un buen vino para amenizar el paladar o una cerveza para refrescarse, la crítica a este fenómeno ha acompañado siempre a lo más consciente del anarquismo, y las prevenciones de tipo incluso moralista contra el consumo de alcohol, llegando a la prédica abstemia, han ido muy ligadas en especial al discurso anarcosindicalista, conscientes muchxs pensadorxs de los estragos que esta droga provocaba, y provoca, en la clase trabajadora, sufrido con especial dureza y violencia por las mujeres. No olvidemos las tendencias straight edge actuales, vinculadas, como el ecoanarquismo y el anti-especismo, a una visión profunda y radical del anarquismo. Sin embargo, como creo que Félix advierte, vivimos una época en la que, en una aparente reivindicación de la libre elección, se ha hecho largamente desde la izquierda, e incluso desde prácticas anarquistas, una apología del alcohol y las drogas, como si la dependencia a una sustancia -lo mismo podría decirse de otras muchas adicciones, como a la tv o la más reciente a la indispensable “conexión” con el mundo vía Internet- fuera un acto libre de voluntad, una elección, y no, a partir de cierto punto, abandonarnos a un agente externo que decide por nosotrxs. La historia sabe bastante de cómo se doblega desde el poder a clases y pueblos a través de las distintas formas de dependencia. Lxs yankees usaron el “agua de fuego” para debilitar a la población autóctona, igual que se usó y se sigue usando contra los pueblos originarios de América Latina, junto con otras sustancias de menor aceptación social. En Euskal Herriak algo sabemos del uso que la policía española hizo en los 80 de la heroína como elemento de desactivación de una parte de la juventud vasca. De modo que me parece ya algo fuera de tiempo y en contradicción con toda una tradición anarquista, para aquellxs que gustan de las ortodoxias ideológicas, criticar a un autor por la alerta que éste pueda hacer sobre el consumo de una sustancia de consecuencias de sobra conocidas.

Me pregunto, por tanto, si más allá de esos puntos que con tanta dureza son criticados, en mi opinión producto de una lectura consciente o inconscientemente sesgada, y de las acusaciones que se vierten contra los postulados de Félix, se tiene una opinión sobre lo principal, a mi juicio, de los textos de este autor: su propuesta constructiva de una sociedad organizada horizontal y asambleariamente, en base a una democracia directa radical, con respeto por todas las identidades culturales, con una revalorización del legado cultural del campo, crítica con el uso y sobre todo el abuso de la tecnología y el productivismo, y unida en red de forma libremente federada. Me parece que el interés activo y participativo que Félix muestra por procesos como las cooperativas integrales, las asambleas del 15M, la relectura y actualización de conceptos como el concejo abierto -o el batzarre en el caso vasco-, iniciativas como Auzolan en Euskal Herriak…, ayudan a completar hacia dónde se dirige esta crítica suya, en lo retórico posiblemente más radical y enconada que en sus actitudes personales directas, de lo existente y de lo pasado.

Tal vez sea yo el que no ha entendido nada, ni de los textos de Félix, ni de las críticas que se le dedican, pero sentía la necesidad de compartir esta larga reflexión que se ha ido gestando estos días en mi interior. Con todo el respeto hacia todas las opiniones, esperando modestamente que lo aquí dicho enriquezca el debate, y consciente de que mis interpretaciones pueden ser tan erróneas o acertadas como las de cualquier otrx. Si nos consideramos compañerxs de ideas la crítica debe siempre favorecerse y estimularse, sobre todo si se dirige al fortalecimiento de las ideas y de las prácticas. Si en lugar de este sano ejercicio, buscamos inventar enemigxs internxs donde no debiera habarlxs, estaremos dando pasos cuyas consecuencias pueden estar lejos de ser las que se buscaban.

(10-5-2012)

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