Bioklik (Bioclick)

Editorial: Elkar

Año: 2.018

Páginas: 428

Bilbao, mediados del siglo XXI: todos vivimos en una democracia desarrollada asistida por la tecnología, en una biodemocracia, en la cual decidimos todos los detalles de la vida a través de nuestro voto, por votaciones realizadas directamente desde nuestro móvil: si puede o no llevarse a cabo una huelga, si debe o no desaparecer del mercado la música que no nos agrada, o si el acusado de un supuesto delito es o no culpable. El sistema parece transparente y limpio, exigiendo y garantizando la participación de toda la ciudadanía, pero Txetxu Urruti va a conocer la cruz de esa perfección, cuando lo acusan y detienen por el asesinato de su esposa Nere Poza.

En la tradición política de las utopías que se transforman en distopías (con un claro rastro de Orwell y Huxley), Asel Luzarraga ha escrito una novela potente y de ritmo vivo que logra atrapar al lector, con una mirada crítica e irónica que hace reflexionar sobre los males y tendencias de nuestra sociedad: qué tipo de familias estamos construyendo, qué tipo de escuelas, televisión, entretenimiento, policía, justicia, cárcel…


La primera idea de la novela Bioclick me surgió entre 2007-2008. Estaba escribiendo entonces Las sombras de la utopía y dejé para más adelante los primeros borradores. De modo que hace ya una década se me representó la sociedad que recoge el libro. Dejé anotadas las pinceladas principales de la historia y, si no me equivoco, el pasaje que le daría comienzo. En general, sería una historia sobre una familia, colocada en el año 2044. La madre aparecería muerta y, automáticamente, responsabilizarían del crimen al padre. Tenía pensado quién sería el narrador, una joven que debía llevar a cabo un informe para la universidad, una estudiante de Ciencias Políticas. Debía tomar los sucesos de dicha familia como caso práctico para sus estudios y, basándose en los hechos que le harían llegar, debería buscar en ellos el reflejo de lo estudiado hasta entonces en teoría. Sería un trabajo fundamental para pasar al curso siguiente. Así, me obligué a usar un estilo narrativo lo más desnudo posible, sabiendo que me resultaría difícil. La sociedad descrita desde los ojos de esa ponente sería distópica. No hace falta ocultarlo, ya que se mencionan en el libro, tenía a Huxley y Orwell en mente, cruzando de alguna manera esos puntos de vista sobre el futuro que nos acercaron en sus famosas obras. Es cierto que en estos días se siente cada vez más posible una tendencia hacia el fascismo más crudo, pero me resultaba más interesante un sistema que se disfraza de libertad, más próximo al que hemos vivido las últimas décadas, que uno que deja a la vista su cara represiva. El verdugo tiene miles de caras, cantaba Negu Gorriak, y quería moverme detrás de algunas de esas miles de caras del verdugo. Y es que, quienes actúan tras las nuevas tecnologías tienen mucho más claro que nosotres cuál es el norte: el control biotecnológico social total.

Fueron esos años de cambios en mi vida. En septiembre de 2008 marché a Buenos Aires, la intención inicial pasar allí un año. Allí terminó una larga relación sentimental y, allí mismo, irónicamente a través de las nuevas tecnologías, comenzó la siguiente. La experiencia de Buenos Aires fue muy enriquecedora, especialmente en el campo teórico, pero también en el práctico, ya que me encendió las ganas de hacer algo más. De allí partí a Chile en 2009 y comencé a vivir en Temuco. Ese primer invierno austal terminé Las sombras de la utopía. La envié a mi editor, e inmediatamente me puse con el borrador de Bioclick. Durante esos días comenzaron a colarse nuevos ingredientes, hasta entonces impensados. Me daba cuenta de que se me hacía más cansado de lo esperado apegarme estrictamente a ese estilo narrativo de la ponente, y así comencé a salirme del informe para introducirme poco a poco en las vicisitudes de la propia ponente. La bibliografía inventada utilizada por la ponente era una vía fértil para cambiar de registro y sumergirme más en las entrañas de esa sociedad, pero aún así me faltaba algo. Andábamos a la par la ponente y yo: lo que eran escapadas para ella se convirtieron en escapadas para mí también. Disfruté especialmente cuando me introduje en la piel de esa joven y me interné en las calles del Bilbao de 2044. Gocé moviéndome por ese Bilbao transformado, oliendo los nuevos ambientes surgidos en sus rincones, sintiendo los pies aprisionados en el barro en una Plaza Nueva otra vez castigada por una inundación… Esa es, entre otras, la magia de escribir una novela: según se avanza, aparecen en el camino nuevos significados inesperados, que se imponen a los pensados en el inicio y, así, esas escapadas de la ponente tomaron un papel fundamental. Además de incorporar el mensaje más optimista de la novela, se convirtieron en nexo de muchos elementos.

Una mañana que estaba escribiendo Bioclick, precisamente, recibí una visita inesperada en mi casita de Padre las Casas, que me convirtió en personaje obligado de otra novela. El 31 de diciembre de 2009, se presentaron los Carabineros de Chile y, con la amabilidad que les caracteriza, secuestraron mi ordenador y mis discos duros. Allí quedó interrumpido el camino de la novela, por una larga temporada. Cuando días más tarde volví a casa, solo tenía una versión enviada por correo electrónico en torno a agosto. Quedó interrumpida en diciembre y, por tanto, me faltaba el trabajo de varios meses y no tenía fuerzas para recordar todo eso y reescribirlo. Así que me puse a escribir La mentira en la sangre, esperando algún día recuperar Bioclick. Los años siguientes, además de La mentira en la sangre, también escribí su libro hermano Los buenos no usan paraguas. Y coincidieron en el tiempo el momento de terminar de escribir ese libro, y de recuperar mi ordenador y mis discos duros, gracias a un viaje hecho por Vane a Chile, en torno a abril-mayo de 2012. Estábamos entonces en Buenos Aires, después de pasar año y medio más o menos en Euskal Herriak. No fue fácil conectar de nuevo con la novela después de dos años y medio. La releí completa y, poco a poco, comenzó a engrasarse el engranaje. Habían ocurrido muchas cosas en el camino, muchos cambios en la vida, muchos textos leídos, nuevas reflexiones, nuevos puntos de vista, o desarrollados desde los anteriores… y, como es normal, comenzaron todos ellos a dejar su marca en lo escrito. Tomó otro peso la cárcel, otro punto de vista los juicios y, sobre todo, los mismos hechos vividos por la familia de la historia tomaron otro significado. Lo que antes no eran sino retoños, brotaron y tomaron profundidad.

De modo que no puedo decir que fuera un trabajo sencillo. Sin duda, se trata del libro que más me ha costado. Pero ha sido un camino fructífero y no puedo negar que lo he pasado bien en muchos momentos. Lo he pasado bien jugando conmigo mismo, por ejemplo. Y es que en 2009 me vino a la mente otro proyecto de calibre, que me pedía calma, y tome Bioclick como un final de ciclo. Así, como símbolo de ese final, me entretuve introduciendo personajes de todos los libros publicados hasta entonces. Espero que, si algun/a lector/a se encuentra con ellos, los vea con simpatía. No es, sin embargo, el único pequeño juego. También le he hecho un guiño al Asel del futuro. La gran Ursula K. Le Guin fallecida este año también pedía su pequeño espacio en esta obra. Y está plagada de pequeños mensajes subliminales. Pequeñas travesuras, además de ser el mensaje general bastante políticamente incorrecto. Quienes gusten de andar a la caza de este tipo de guiños y juegos tendrán con qué entretenerse. En este libro pocas cosas están puestas casualmente, y en algún momento alguien pensará que algo está puesto por error. Si encuentras algo así, estate segure de que está de esa manera con plena intención…


FRAGMENTO PARA LECTURA

Apaga la biopantalla y recoge con un dedo una lágrima solitaria. Siente el corazón enloquecido. Necesita aire, de la calle. Hacerse con el control de sí misma y apartar toda emoción. En eso consiste, entre otras cosas, el trabajo a realizar. No debe involucrarse en la historia. Ni debe recordar. Ver, recoger en palabras, y relacionarlo con lo estudiado, nada más. Y, precisamente, hace mucho que no realiza esto último, de modo que debe ponerse a ello. Pero antes necesita refrescar las ideas, cortar el hilo emocional y volver a su ser. No podrá hacer eso en este piso, sin embargo. Nunca ha sido la ciudadana que más haya pateado las calles y parques de Bilbao, pero le quema la necesidad de salir. Está ahogada, confundida, mareada, como salida de una batidora gigante. Y no conviene mostrar eso de forma demasiado clara. En cualquier lugar pueden hacerle seguimiento, ahí están también los drones de seguridad, listos para recopilarlo todo, pero hoy en día puede existir mayor intimidad en las calles que en casa, aunque en ellas también sea menos que nada.

Hace calor afuera. Menos mal que el armario le ha avisado de qué vestirse, porque dentro del piso no hay manera de tener noticias del ambiente exterior. Siempre la misma temperatura y nivel de humedad. La vivienda que le han asignado está aclimatada con más precisión que su auténtica casa. Todo el tiempo metida allí, no se ha adaptado totalmente al nuevo barrio. No sabe ni qué día es, pero en las calles de Miribilla hay muchas familias tomando el aire. Fin de semana, seguramente. No conoce a nadie. Nadie la conoce. Muchas mujeres visten coloridos velos de mnax. Dicen que refresca la piel este nuevo tejido, pero es demasiado caro para su bolsillo. Toma el magneto para dirigirse a la ciudad vieja. El magneto, dicen que el transporte más ecológico. No sabe si el más ecológico, pero si el más silencioso, al menos. Puede oírse hasta la respiración de cada viajero, aguzando el oído. Es fin de semana, sin duda, ha encontrado incluso dónde sentarse. Solo un muchacho va mirando por la ventana, señalando con un dedo un objeto real o imaginario. El resto de las cabezas viajan inclinadas hacia los biomóviles o las biopantallas del magneto. Desde la avenida Askatasuna salen a la calle Tahir. Esa calle era Juan de Garai diez años antes, si no recuerda mal. No se acordaba de la razón del cambio, sería el resultado de alguna biovotación, seguramente. Ve por cuarta vez la mezquita principal de Bilbao y por cuarta vez la sorprende ese edificio espectacular. Parece un orgulloso pavo real, entre avergonzadas palomas pardas. Los altavoces del esbelto minarete propagan la llamada a la oración. La mezquita principal es la última obra arquitectónica digna de mención levantada en la ciudad. Según le contaron sus padres alguna vez, los proyectos monumentales de cierta época se terminaron cuando ellos andaban por los veinte años. Los escasos que lograron superar la penúltima gran crisis. Aquella crisis dicen que anunció el comienzo de la era post-turística, y la que estalló en los treinta dio comienzo a la era reindustrial. Un Bilbao que aún no había olvidado totalmente su pasado industrial se adaptó de algún modo, sin duda mucho mejor que otras muchas ciudades. Pero no se hablaba de eso en público. Vivían en equilibrio, en bioequilibrio, según podía escucharse a alguien irónicamente. Los titulados universitarios lo tuvieron más difícil. Según contaba aita, siendo él niño empezaron ya a advertir de que el futuro estaba en la formación profesional, pero no fue fácil adaptarse a los nuevos requerimientos del mercado, y los vascos necesitaron de dos profundas crisis para darse cuenta de la verdad de aquel aviso y aceptar los nuevos estándares salariales. Sin embargo, contadas veces se escuchaban este tipo de cuestiones. A veces pareciera que la generación de sus padres hubiera firmado un pacto secreto de silencio, para decir lo menos posible sobre la realidad social anterior al año treinta. Incluso de la década de los treinta se escuchaba cada vez menos, tan solo lo imprescindible, porque su generación guardaba de algún modo conciencia o recuerdos de lo vivido entonces. Todo era el ahora; no eran educados más que para el ahora y para un futuro cada vez mejor. El pasado era pesado, una realidad incómoda, anticuada, vana, fea que nada tenía para enseñar. Salvo en algunos estudios muy técnicos y precisos. En la escuela, no se enseñaban más que los hitos principales de la historia occidental y algunas pinceladas generales. A partir de la revolución liberal del siglo XIX todo había sido para mejor; evolución, desarrollo, modernidad, abundancia, más allá de algunos sucesos terribles.

Bilbao volvió a la era industrial cuando los sueldos en China, India, Egipto, Irán, Brasil, Venezuela, Sudáfrica… comenzaron a ser superiores a los europeos. En los treinta empezaron a abrirse las fábricas y talleres que ahora se veían dispersos por muchos lugares de la ciudad. Solo quedaban un par de zonas industriales, de otra época, hojas tenaces de invierno que no se rendían a caer de los árboles. Ninguna fábrica grande, en cambio. Decían que las fábricas pequeñas eran más eficaces y productivas. Al parecer, garantizaban la especialización extrema y la horizontalidad entre trabajadores, según los economistas más célebres. Siempre en beneficio de la productividad, la estabilidad y la paz social. Al ver uno de esos talleres le viene a la mente la bibliografía sobre política económica. También tendrá que escribir sobre eso, pero todavía no se le ha presentado la ocasión. Tal vez debería meterlo relacionado con ese primer vídeo, con la conversación del taller, si no encuentra otro momento más adecuado. Hay quienes consideran un milagro que aún aparezca el euskera en los carteles de las tiendas y talleres. Según recordaba aita, a principios del siglo XXI comenzó la moda del inglés entre las autoridades de la época, hasta volverse ridícula. Anunciaban políticas a favor del euskera y usaban el inglés para todas las cuestiones importantes en las que se les presentaba la ocasión. A contra-pié, como luego se vio, ya que para entonces había comenzado la decadencia económica y militar estadounidense. La moda actual, combinar de manera amistosa euskera, chino y árabe. Sin duda, un milagro la permanencia del euskera. Se escuchaba a muchos decir orgullosos que la biodemocracia, la biotecnología habían salvado al euskera, la biotelevisión a la carta, la tecnología para poder escuchar cualquier programa en cualquier idioma grande o pequeño. Por el contrario, otros atribuían el milagro a la tozudez del pueblo, de los vascos. Los más desconfiados sostenían que las nuevas potencias preferían controlar a los pueblos periféricos sin hacer la guerra a las culturas locales. Osea, muy pocos sostenían tal cosa. El mero hecho de mencionar la existencia de potencias era un ejercicio mental de gran mérito, que podía encender todo tipo de sospechas, puesto que había que desconfiar de todo lo que pudiera contar con fuentes ajenas a la biotelevisión. Para terminar con las costumbres lingüísticas, resultaba curiosa entre los castellano-parlantes, es decir, entre la mayoría de la población bilbaína, la moda de querer imitar los dichos y la tonada tomados de la zona del Caribe, por ser la gente de esas latitudes el modelo del éxito social.

El biotelepredicador, es decir, el obispo, decía la verdad: en Bilbao no se veía rastro de pobreza extrema. Al menos no en el casco urbano. Tampoco gran riqueza. Según los teóricos, los guetos para diferenciar clases eran cosa del pasado, también en Bilbao. Uno de los remedios fueron las cárceles-ciudad, posteriores a las macro-cárceles. También había alguna que otra ciudad privada o barrio, las llamadas ciudades- o barrios-isla. Pero la mayoría de la ciudadanía no veía ni las unas ni las otras, ambas eran una realidad difusa conocida solo de oídas para la mayoría.

Los edificios entre Hurtado Amezaga y Kowloon saludan cansados al magneto. Según el humor irónico de la ciudad, cambiaron de nombre a la calle precisamente cuando comenzaba a parecerse más a algunos barrios de Buenos Aires. Algo escuchado a la gente de edad, claro, pues poca gente había visto en vivo Buenos Aires, como para saber que aspecto tenía hoy en día. Estaba llamada a ser la calle para los grandes negocios pero, aunque esa intención fracasó, la actividad principal buscó la manera de aliarse con el nuevo nombre, según las mismas lenguas viperinas: en esas calles se vendían las copias falsas de todas las marcas famosas, a precios al alcance de los bolsillos de la mayoría bilbaína. Sin embargo, casi nadie entiende qué conexión tiene eso con el nombre de Kowloon. El fin de semana el tramo desde la plaza Nueva hasta el puente del Ayuntamiento sigue siendo un hormiguero. También el magneto siente el cambio de ambiente: en la misma plaza Nueva suben unas tres personas a vender reliquias, sobre todo aparatos anteriores a la biotecnología para coleccionistas. También se vende papel sacado vete a saber de dónde; uno de ellos incluso resmas enteras. El papel se ha convertido en uno de los principales negocios del contrabando, sobre todo desde que unos meses antes una reforma legal restringiera totalmente su venta, y así lo vende en voz baja a los viajeros, después de buscar el punto ciego de las cámaras del magneto.

Se apea antes de cruzar el puente, para bajar al paseo de Uribitarte. Pocas veces ha caminado a este lado de la ría. Lo que hay al otro lado del puente se le hace más conocido, pero por un día quiere recorrer el trecho de allí hasta el parque, caminando. El primer tramo del camino elegido no es fácil, ese hasta el que en broma llaman zubibaltz. Parece que también ella conoció el puente Zubizuri que había allí antes, el cual tuvieron que derruir antes de que se desplomara por sí solo, y aunque a su sustituto, siendo la continuación de la Puerta de Isozaki, lo llamaron oficialmente como puente Isozaki, la mayoría de la gente prefiere ese zubibaltz con el que lo han bautizado. Hasta él llega un mercado al borde de la legalidad. En adelante, la presencia de ertzainas se quintuplica. No en vano, de ahí parte el camino hasta el palacio Al-Thani. Según cuentan, antes era un museo, pero lo compró el jeque Said Al-Thani, como curiosidad, y es una de las escasas metas turísticas que sobreviven. Según se muestra en los catálogos, en su interior se almacenan lujos y colecciones de arte contemplados por pocos. No está, sin embargo, al alcance de la mayoría de los bilbaínos pagar la entrada; las únicas visitas son guiadas, en la semana tan solo una en euskera, y el resto en árabe, chino, hindi, portugués, ruso, castellano e inglés. En la otra orilla está la sede central de DTV. Allí reúnen a los candidatos al parlamento y a la diputación en temporada electoral. Ahora deben estar utilizándola para algunos otros programas relacionados con el día a día biodemocrático, pues se siente movimiento al rededor, aunque las ventanas-espejo no den ocasión de ver lo que sucede en el interior. Se le aparece como una caja negra que con esos espejos absorbe el alma de la gente del exterior sin devolver nada a cambio. Es el único gran edificio en Bilbao de aspecto clásico, un dinosaurio vestido para ir a la disco. Parece que en otro tiempo era una universidad, en la época en la que los estudiantes debían acudir a las clases. Menuda pérdida de tiempo. El gobierno acertó a darle un uso mejor, cuando compraron el edificio a los jesuitas.

Paso a paso, entre la larga aguja de lentejuelas de STV y la enorme caja de óxido de CuTV, adentrándose en los vestigios de un pasado ambicioso salvado por las biotelevisiones, llega al parque principal de la ciudad. Un pequeño pulmón verde entre sueños de vidrio y óxido. Fin de semana, no cabe duda. Las campas y los caminos que las atraviesan están abarrotadas. También andan al rededor los lujos de algunas pocas personas, corriendo y ladrando. La mayoría de las miradas se mantienen atrapadas por la felicidad de los biomóviles y, al parecer, una pintora solitaria es la única que admira la naturaleza que la rodea. Quería paz y poca paz hay en el parque. Ni dónde sentarse. En un banco hay un solo hombre, en un extremo del asiento, y ella se sienta en el otro extremo. El hombre no tiene buen aspecto e inmediatamente entiende que nadie quisiera sentarse a su lado, pues enseguida se le acerca y le dice en voz baja, en claro euskera vizcaíno:

-Bonita, ¿no me transferirás algún bc, verdad? Llevo meses sin trabajo…

Pensando que será lo más rápido para que la deje en paz, saca su biomóvil y lo dirige hacia él. El aparato enseguida toma sus datos biométricos y le transfiere 10 bcs. El hombre comprueba en su pantalla y en sus ojos se prenden un par de pequeños soles. A ella se le forma un nudo en el estómago. Tal vez no mentía. El hombre le extiende la mano y ella la acepta.

-Muchas gracias, señorita, esta ciudad tiene el corazón pequeño pero tú le has dado uno de sus latidos.

Lo toma como un cumplido y le devuelve la sonrisa. El hombre se levanta y se aleja. Ella respira tranquila. No ha sido tan mala esa elección hecha sin demasiada fe: tiene asiento, después de todo, aunque seguramente no tardará en llenarse. Durante un rato sigue con la mirada al hombre que va desapareciendo entre la multitud. Al volver de este viaje, se fija en algo en el lugar que antes ocuparan las posaderas del hombre. Se trata de un papel enrollado. Papel. En un banco del parque. Sin poder contener la curiosidad, guardando el biomóvil en el bolso y tras comprobar que los únicos ojos que hay en el árbol que le da sombra son los de un descarado petirrojo, se acerca con disimulo y posa la mano sobre el papel. Lo recoge lentamente, como si su atención estuviera puesta en los paseos de la gente de alrededor. Trae la mano al regazo y abre el pedacito de misterio como si se frotara las manos:

<<“Hasta en las democracias más puras, una minoría privilegiada detenta el poder contra la mayoría esclavizada”, Mikhail Bakunin. Sin embargo, esta cita, como otras muchas, no la encontrarás en CuTV. Apaga la televisión y enciende la mente, la verdad está ante ti, si la buscas realmente. AT>>

El texto está en tres idiomas, en los tres el mismo mensaje, según puede entender. Las palabras encerradas en el papel le traen a la mente el eco de algo leído antes. Aprieta el papel en la mano y lo guarda rápidamente en el bolsillo, con una mezcla de temor y turbación, antes de que el sudor que la empapa estropee el texto. De pronto la temperatura exterior ha subido veinte grados en su interior. No es más que un pedazo de papel, piensa, una tontería, una broma, los delirios de algún loco. Se le ocurre si no lo habrá dejado el vagabundo de antes, pero debe ser imposible para alguien como él conseguir el más mínimo pedazo de papel. No va a gastar los pocos bcs que tenga en esos desatinos. Pero, ¿por qué la ha puesto tan nerviosa? Ha venido al parque en busca de paz y, por el contrario, parece que hubiera sacado las tripas a la pista de baile. Tiene que olvidarse del papel, vaciar la mente y recuperar la tranquilidad, para poder aclarar por dónde llevar el informe. Reflexiona si la inercia no la habrá llevado por un camino equivocado. Hay mucho en juego y debe dar lo mejor de sí misma en ese trabajo. Si no, lo tiene claro. Por suerte, un soplo de brisa le ayuda a refrescar la cara y las ideas. Toma el biomóvil y deja un mensaje en el biobuzón de la junta correctora de informes. <<Estimadas señoras y señores, los últimos días he estado tomando las primeras notas para el informe que me encomendaron y dudo si estoy recabando datos y haciendo las primeras reflexiones de forma adecuada para el trabajo final que tendré que preparar después. No sé si han seguido lo que he realizado hasta ahora y quizá es demasiado pronto para pedir este tipo de aclaraciones, pero cualquier indicación sería de gran ayuda>>. Da las gracias, se despide y cierra el mensaje.

Poco después se encuentra a sí misma descalza, caminando sobre el césped. Se le ha ocurrido que desde pequeña no siente el cosquilleo de la hierba en la planta de los pies, que no siente el tronco áspero de los árboles en la piel, y se da cuenta de que sus pasos la han llevado hasta un robusto olmo. Lo abraza sin pensárselo dos veces, para sentir en los brazos desnudos sus arrugas. De niña tenía miedo a las hormigas y otros insectos, pero ahora se le ocurre que agradecería incluso las cosquillas de sus tres pares de patas. Sin embargo, no siente el menor rastro de insecto alguno. De pronto mira en rededor avergonzada. La van a tomar por loca, sin duda. Ella misma tomaría a cualquiera por loco si lo viera así. Por suerte, nadie la mira, y en el olmo no siente cámaras, aunque cada vez son más difíciles de percibir, pues es imposible saber cuáles de los ciber-insectos son polinizadores y cuáles vigilantes. Aunque el abrazo de la naturaleza le ha sentado bien, en seguida se aleja del tronco y vuelve al camino asfaltado, achacando a un instante de debilidad lo sucedido. Pero hasta salir del césped no se calza de nuevo los zapatos. En cuanto pone los pies en el asfalto siente una vibración en el bolsillo. Saca el biomóvil y le aparece la respuesta de la directora de informes. <<…estamos seguras de que cuando empieces a preparar el trabajo final llevarás por buen camino las notas que estás tomando y que te serán muy útiles para analizar la evolución de la familia objeto de estudio y sacar conclusiones. Por otro lado, tenemos un par de recomendaciones que hacerte: por un lado, no te preocupes queriendo utilizar ahora toda la bibliografía; ligado a eso, por otro, en adelante puedes acelerar el trabajo si en lugar de realizarlo vídeo a vídeo, los tomaras por grupos e hicieras una narración más general, deteniéndote solamente en los sucesos más reseñables. Conseguirás así una visión más global y te resultará más fácil utilizar la bibliografía adecuada y extraer conclusiones acertadas teniendo toda la historia en mente. Sin embargo, es válido todo lo avanzado hasta ahora, y si según visualices los sucesos se te ocurre algún pasaje bibliográfico adecuado, por supuesto, utilízalo para que no quede luego olvidado. De cualquier modo, es tu elección y a nosotras nos corresponde medir cómo te las arreglas a lo largo de todo el proceso. Esperamos que el paseo de hoy te sentara bien…>>. Interrumpe ahí la lectura y mira alrededor. El eco de las últimas palabras le ha hecho sentirse vigilada por mil ojos ocultos. Sin embargo, no es capaz de adivinar el tono de esas palabras. ¿Le han escrito eso sinceramente o es una forma de reprenderla, por andar perdiendo el tiempo fuera en lugar de estar trabajando en casa?