Utopiaren itzalak (Las sombras de la utopía)

untitledEditorial: Txalaparta

Año: 2.010

Páginas: 185

Este libro lo publicó Tren en Movimiento traducido a castellano en 2.015, bajo el título de Las sombras de la utopía.

Tras el suicidio de su madre, el mismo día en el que muere su admirado tocayo del grupo Eskorbuto, Josu deja el centro de desintoxicación y se muda a casa del que en la familia tiene fama de excéntrico, el tío Artur, para trabajar con él. En seguida pondrá en duda la imagen que tiene de su tío, y según profundiza en el trabajo, se dará cuenta de que Artur tiene otro tipo de ideales y actividades empresariales. Así pues, los protagonistas de esta novela pasarán de unas sombras a otras, en busca de la promesa de un futuro mejor.

A los yonkis no nos queda otra que desintoxicarnos y empezar de nuevo. A esta sociedad yonki morirse de sobredosis y renacer; sin opción a desintoxicarse.


El primer borrador de esta novela lo hice en torno a 2.006. Dos fueron los principales estímulos. Por un lado, en una de esas charlas de cuadrilla -quizá hablábamos de las desigualdades del mundo-, un amigo soltó una idea obvia que me quedó dando vueltas en la cabeza; más o menos, era algo asi: ¿te imaginas si quisiéramos dar a todos los habitantes del planeta un nivel de consumo en las ciudades o pubelos como el nuestro? ¿Si quisiéramos establecer las infraestructuras de nuestros pueblos y ciudades en todos los rincones del planeta? ¿Cuánto durarían los recursos del mundo?No tuve que imaginar mucho para entender que era imposible un mundo entero siguiendo nuestra huella. No podíamos ser nosotros, los occidentales, nuestro nivel de vida, el modelo de igualdad. Más adelante, en un periódico, leí una entrevista. No recuerdo a quién, creo que era a alguien de la CGT española. En esa entrevista, el entrevistado hablaba de la teoría del colapso. Nuevamente, mencionaba el nivel de consumo de acero y combustibles, y relacionado con él, el consumo cada vez más acelerado de China, India, Brasil y otros países en esa línea. Todavía no había escuchado la palabra decrecimiento, pero me vino esta idea no muy original: el mundo no puede aguantar siguiendo nuestro estilo de civilización; es imposible traer a todos los habitantes del mundo a nuestro modelo. Pero, en cambio, es posible que nosotros retrocedamos, llegar a un punto de equilibrio que sea sostenible para el mundo y digno y razonable para todos los seres humanos. E imaginé una vía para ese camino de regreso, valiéndome de las ventajas de la ficción. Nuestra sociedad difícilmente decidirá, de buena voluntad, retroceder. Estamos acostumbrados a pedir siempre más, nunca menos. ¿Si diéramos un empujoncito al proceso? Aún no habíamos llegago a 2.007, a esa explosión de la burbuja que nos han vendido.

Para desarrollar la idea que tenía en mente, se me ocurrió que lo mejor era retroceder en el tiempo, situar el comienzo del proceso que imaginaba en un punto del pasado. Ligado a ello, me vino la imagen del yonki como metáfora de nuestra sociedad de consumo. Tenía en la cabeza la teoría principal de la novela, y unida a ella vinieron los personajes principales: Josu y su tío Artur. De la mano de Josu vino su madre, el detonante de la historia. Por otro lado, Josu me abría el camino para hacer un pequeño homenaje, o tal vez cantar una especie de elegía, a los tiempos que me había tocado vivir. Tenía en mente a quienes se quedaron por el camino y a quienes estuvieron a punto de quedarse, la generación perdida en la zona de Mundaka y Bermeo, la heroína que siempre andaba al acecho a nuestro alrededor, como una larga y amenazadora sombra. ¡Cuánto hablábamos en esos tiempos sobre las drogas! Algunos desde el principio tomamos la firme decisión de apartarlas de nuestras vidas. Otros se sintieron tentados. Algunos salieron bien parados de esa tentación, otros quedaron atrapados en su telaraña. Al gobierno español le salió bastante bien el plan, no se puede negar. Hace unas pocas semanas presentaba esta novela en Buenos Aires, traducida a castellano, en la IV Feria del libro punk & derivados, y como decía allí, aquél fue el caballo de Troya que nos metió la policía. Con una u otra droga, fuera agua de fuego, cocaína, crack, opio o heroína, ha sido y es una estrategia que la mayoría de los Estados han usado, para desactivar a la juventud y valerse del problema de la seguridad creado por ellos mismospara la represión y el control. Hace poco leía también a Evaristo hablando del tema con gran lucidez.

Tal vez todos esos recuerdos e ideas me llevaron a escribir un comienzo bastante oscuro.  El protagonista comienza en el pozo, tocando fondo. Ese primer pasaje me salió solo, como agua brotando de un manantial. Comenzando de tan abajo, el camino del personaje debía ser ascendente, de la oscuridad a la luz, pero no podía ser tan fácil tampoco, las sombras nunca desaparecen del todo. Ese juego entre las luces y sombras de Josu y su tío Artur se adueñaron de la historia. Sobre todo los claro-oscuros internos de Josu. Y ligado a ellos, por sorpresa, aparecieron otros ingredientes: Kiri, Laurita, Surtxu, el diccionario de la madre… En ciertos momentos, como puntos de luz, para proporcionar asideros, en otros, para precipitarlo a las sombras de los fantasmas del pasado, según cada personaje.

Aunque comencé la novela en Bermeo, la continué en Buenos Aires cuando me desplacé a esa ciudad en septiembre de 2.008, y la terminé en Temuco, durante el invierno austral de 2.009. También eso influyó. Por un lado, aunque desde el comienzo en la historia subyacían mis ideas anarquistas, hasta entonces mi pensamiento era bastante ateórico, no estaba demasiado organizado, era el mío un anarquismo guiado por el puro instinto, bien enraizado desde la adolescencia pero abstracto y de tendencia individualista. En cambio, en Buenos Aires eché mano de las lecturas que hasta entonces siempre había desechado. Malatesta fue el primero, detrás de él vinieron Bakunin, Proudhon, Kropotkin… Y la luz que esos textos hermosos arrojaron a mis ideas confusas también se reflejó en la novela que tenía entre manos. A consecuencia de ello, fueron asomando la nariz en la novela las palabras de esos autores. Después de todo, el escritor se alimenta de lo que vive. Por otro lado, la voz de Laurita ganaba peso continuamente. Cuando creé ese personaje, no había estado aún en Latinoamérica.  No era el primer personaje de dicho continente: antes habían aparecido la vasco-argentina Naroa en Karonte, o el pintor argentino de El panal, por ejemplo. Pero ambos personajes eran americanos de origen y cultura europeos. Laurita era, por primera vez en uno de mis libros, la voz de los pueblos indígenas americanos. Una voz imaginada, como digo, ya que hasta entonces no había conocido ningún indígena americano. Parece que, como sucede a menudo, la ficción literaria se convertía en premonición. Pronto, sobre todo en Temuco, tuve conocimiento de la brutal represión que sufre y de la lucha anti-capitalista que mantiene un pueblo indígena, el pueblo mapuche. Estaba en la tierra en la que viven los indígenas que había imaginado, los reales. Al mismo tiempo, en Buenos Aires también tuve ocasión de conocer de primera mano la diáspora vasca que tan idealizada tenemos en nuestra tierra, de informarme mejor sobre la participación activa que la gente de nuestro pueblo tuvo en los genocidios de pueblos indígenas, en las dictaduras ultraderechistas, en los expolios de tierras. En América no había demasiadas razones para sentirse orgulloso de ser vasco…

La música también tuvo de nuevo importancia. No sé si algún día haré una recopilación de todos los grupos y canciones aparecidos en mis novelas, pero podría ser interesante, aunque sólo sea para mí mismo. En esta ocasión, unida a ella surgió también Sandor, otro muerto del pasado de Josu. El inconsciente tiene algo que decir, de nuevo, en los senderos que abrió este personaje. Pero no voy a traer aquí todas las preguntas que me hice a través del libro. Menos aún las respuestas que, como siempre, en la mayoría de los casos no encontré. Seguramente acertará mejor a responderlas el propio lector.


Fragmento para lectura

Para los que nunca tuvimos padre, la madre es nuestro tejado. Un tejado de una sola agua. La sombra siempre al mismo lado, las goteras también por los mismos agujeros. Y sean esas goteras muchas o pocas, la sombra amplia o estrecha, no tenemos alero que nos refugie, no nos sentimos seguros en ningún otro sitio. Además, para los que elegimos al caballo como hermano, en cierta medida alejarnos de su trote es convertirnos en Caín, aunque en esta historia el único Caín sea el propio caballo. Por eso, siempre queda latente un ligero sentimiento de culpa, la tentación de pedir perdón y resucitar al hermano que hemos asesinado. Uno de los frenos es interiorizar que si él nos hubiera matado no lo inquietaría el más mínimo arrepentimiento. El otro, preferir la muerte antes que volver al infierno que te hizo conocer.

Era imposible sentirse más solo. La noticia no podía haber llegado en peor momento. Josu habría dado cualquier cosa por no tener imaginación, pero su faceta más masoquista le traía la misma imagen una y otra vez: su madre en la bañera, atrapada en una marea roja, desnuda, con las venas de su brazo abiertas, abandonada de todo signo de vida. No le contaron cómo se suicidó; el director del centro sabía tener tacto y midió milimétricamente sus palabras. Diez minutos antes la lluvia había dejado de tocar al ritmo de Dead Kennedys, y ahora la huerta se mostraba cubierta de brillantes lágrimas. Esa huerta le provocaba náuseas: la alegría que vertía parecía tomarle el pelo, se reía de él a la cara. En esa huerta aprendió que sus manos eran capaces de hacer florecer vida. Vio las vainas crecer milímetro a milímetro, los tomates enrojecer día a día, una ayuda imprescindible para olvidar la autodestrucción que su cuerpo pedía. Más adelante, fue una excusa para alargar su estancia. De terminar allí, ¿a dónde ir? ¿Al barrio? ¿Donde las amistades de siempre? ¿Junto a quienes le ayudaron a naufragar? ¿Hacerse con una flauta y vagabundear?

Las preguntas aplazadas no han perdido su oportunidad y se han lanzado a un despiadado bombardeo. ¿Ahora qué? Tu madre te quiere fuera de aquí, pero limpio. Estás limpio, colega, pero porque estás adentro. No quieres tener el mono de nuevo, no deseas llegar a desear verte muerto. Te han salvado, tío, y tu no has salvado a tu vieja; ¿vas a echar al vertedero todo el tiempo que has estado lejos de ella?

La ventana ha perdido toda su alegría, como si hubieran entrado en un profundo túnel, y la lluvia ha retomado su solo de batería. Esta vez GBH. Mejor así. Que el cielo llore a ama. De mi parte. ¿Por qué no hay lágrimas en mi interior? Las ganas de llorar le revolvían el estómago pero, aún así, sabía que antes vomitaría que llegar a humedecer los ojos. De salir de su habitación, no le faltarían gestos solidarios. Si algo desbordaba aquel centro era la solidaridad. No había encontrado algo así en ningún otro lugar. Desde luego que no en la familia. Entre el colegueo de la calle aún menos. En la calle era preferible ver al de al lado ahogándose en un pozo, que verlo limpio. Te sujetarían la cabeza, se preocuparían, desde luego, para tener quién les calentara la cuchara mañana. Josu lo sabía bien, él también había sido así, y aún no se atreve del todo a confirmar que no lo siga siendo.

La segunda noticia del día fue escrita. De nuevo se la hizo llegar el director. Tocó la puerta tan suave que Josu sólo escuchó a la cuarta. Más sonoro era el aguacero. Luismi no se limitó a traerle la carta. Siempre tenía listo un gesto humano, y en esta ocasión llegó dentro de un botellín. Con este tiempo nada como mirar al exterior desde el calor de dentro, más aún acompañado de una cerveza. A la segunda me tendrás que invitar tú. De su boca se desprendió un dulce olor a pipa. Ajustó sus lentes sobre la nariz, mesó su barba, y así, con una botella en una mano y un sobre que decía “Para Josu” en la otra, lo dejó de nuevo solo. No hacían falta explicaciones, cómo llegó, quién la trajo, menos aún de quién era. Pero, ¿”Para Josu”? ¿Porqué no “para mi hijo”? ¿Para que no quedaran dudas?, ¿negación del subconsciente, si no? No, ama nunca me ha negado. Luismi dio en el blanco, a Josu siempre le sentaba bien una cerveza. A diferencia del caballo, al alcohol le tomó la medida desde bien joven. Dentro del centro estaba prohibida, pero Luismi llegó a conocerlo casi mejor que su madre en aquella larga estancia, y sabía que en esta ocasión más que la propia cerveza le ayudaría el gesto. Para Josu quería decir mucho que el propio director se saltara una norma.

<<Querido Josu, nunca podrás perdonar este gesto cobarde de tu madre. Ni siquiera tengo una explicación que darte. Menos una excusa. Ahora, más que nunca, toma tu camino. Sólo tengo una cosa que aconsejarte, si es que todavía me asiste el derecho o la fuerza moral para hacerlo: ponte en contacto con osaba Artur. Cuanto antes. Sé que no entenderás esta excentricidad de última hora de tu madre, pero es la persona más íntegra y fiable que he conocido, y te quiere de corazón. Él sabrá poner en buen camino tu vacío. No me maldigas demasiado. Te amo, hijo>>.

¿Con esto quiere ama arreglar lo que me ha hecho? ¿Que no la maldiga? ¿Y a qué viene eso de osaba Artur ahora? Josu ha intentado echarse atrás. Resistiendo el impulso de hacer la nota mil pedazos ha doblado lentamente el papel. No, precisamente, porque su madre le haya dejado en él el número de teléfono de su tío. Esas letras guardan la última acción que su madre ha hecho para él. Y una palabra importante para cerrar el mensaje: hijo. El tío Artur. ¿Qué sabe Josu sobre él? Si alguien se ha movido lejos en la familia, ése ha sido Artur. No lo ha visto en años. Para hallar algo tiene que buscar entre los recuerdos más arrinconados de su niñez. Y ha encontrado una cosa: el libro que cada año le hacía llegar desde que entró en la adolescencia. No esperaba al cumpleaños, podía llegar en cualquier momento, pero antes de que terminara el año allá estaba el libro del tío Artur, bien envuelto. Siempre pensó que actuaba así porque no sabía qué día era su cumpleaños. En cualquier caso, pasó aquella dura época bajo el acoso del acné esperando aquellos libros. Ignora cuándo dejo de ser un adolescente, pero los libros sí que dejaron de llegar. En sus páginas siempre encontraba algo que mereciera la pena; no eran de esas historias insípidas que se meten en el saco de la literatura juvenil y, aunque procuraba hacerlos durar, los devoraba en pocos días. Traían ideas distintas y le hacían sentirse maduro. Había alguien que tomaba en cuenta sus cambios reales, y no sólo los gallos de su voz o las espinillas en su piel. Ahora Josu puede permitirse confesarse que él mismo fue el culpable de que aquellos libros no llegaran más. Su opción nihilista tuvo poco que ver con todos aquellos libros y, además, ¿cómo habrían podido saber dónde encontrarlo, si más que en casa andaba errante, si dormía lo mismo en un gaztetxe que en un cajero automático?

El tío Artur, el millonario de la familia. Ése a quien la tía Madalen abandonó hacía tiempo. En ese punto se podía dar la mano con ama. Seguramente cagaba en váter de oro. ¿Qué demonios iba a hacer él pidiendo ayuda a una persona así? Reformulando mejor la pregunta: ¿qué podía aceptar su tío de su sobrino yonki? Por otro lado, sabe bien que con aquéllos que no tienen más que hermosas palabras y sonrisas falsas lo lleva claro. Más aún: en la vida se humillaría pidiendo ayuda a nadie más de la familia. Entiende el consejo materno, sí, él debe ser el más honesto de todos y, si se lo pidiera, el único que estaría dispuesto a darle algún tipo de ayuda, de corazón. Pero ahora no puede pensar en nada. Tan solo en su futuro, quiere disfrutar de su dolor. Quiere sentir que la desgracia le quema las entrañas, hasta lo más hondo. La cerveza no va a endulzarle la herida; más bien, le avivará el pus que de ella brota. Pero eso es lo que desea ahora. Es consciente de que hasta las llagas más desgarradas cicatrizan; así que, antes de que la suya empiece a curar debe adentrarse en el sufrimiento que le provoca, que nada ni nadie le robe el momento. Josu siempre ha tenido esa característica: ha pasado lo mejor de su juventud en busca de sensaciones extremas. Para gozar mucho es necesario sufrir mucho, esa máxima lo ha guiado en la vida.