Nietzsche o el anti-anarquismo

Cuando hace ya varios años comencé a escuchar hablar sobre supuestas conexiones entre Nietzsche y el anarquismo se me hizo raro. Estaba acostumbrado a oír sobre lazos entre la filosofía del alemán y el nazismo, de modo que para mí era algo nuevo que aquello que pudiera tener conexiones con una ideología totalitaria pudiera también tenerlas con una ideología liberadora. Sin embargo, en aquel momento no podía opinar, no había leído ninguna obra de Nietzsche y no había escuchado más que ideas vagas. Por tanto, la mejor manera de despejar dudas, por supuesto, era leer sus obras de primera mano, y así me puse a ello. En aquel momento solamente leí dos libros y, lo confieso, partí de prejuicios favorables: deseaba encontrar el presunto anarquismo de Nietzsche y, por tanto, también puntos que negaran sus conexiones con el nazismo. Así llegué a creer que podía encontrarse aquello que buscaba, aunque costara, sin lograr acallar totalmente un apagado malestar interior. Como tenía otras muchas cosas que leer, lo di por válido y no profundicé más.

Con el paso de los años, empecé a escuchar otras voces, en un sentido y en otro, y poco a poco se reavivó aquella preocupación, sobre todo inquieto por las voces de una ética individualista que bajo la influencia de Stirner y Nietzsche se alzaban cada vez más alto. No por el individualismo en sí, sino por el poso totalitario que notaba en sus discursos. Así que últimamente retomé el tema y, con paciencia y tiempo, junto con una relectura de Stirner, me dediqué a leer las obras de Nietzsche cronológicamente. Imposible todas, de modo que opté por leer a partir del momento en que comenzara a construir la línea filosófica hoy más conocida (?): Humano, demasiado humano, La gaya ciencia, Así habló Zaratustra, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, El ocaso de los ídolos, El Anticristo y Ecce homo fueron las obras seleccionadas, en ese mismo orden. Y así, a medida que he ido leyendo, mi preocupación se ha convertido en una inquietud creciente y cada vez me ha costado más entender qué nexo puede establecerse entre el anarquismo y un Nietzsche que resulta la antítesis de todas sus ideas.

Si bien en los primeros libros no es muy notorio -sobre todo, debido a que en la obra Humano, demasiado humano se manifiesta en contra del egoísmo-, poco a poco la influencia de Stirner se hace palpable, y ahí podría darse un punto de unión, siempre que consideremos a Stirner anarquista (ello mismo difícil y cuestionable, pero más comprensible). Sin embargo, la reivindicación del yo que lleva a cabo Stirner puede entenderse liberadora, en cierta medida, sobre todo desde el momento en que reconoce a todo ser humano el mismo derecho a comportarse de tal manera. Incluso llega a confesar que podría estar de acuerdo con algunas opciones socialistas y, así, su egotismo se mueve en un plano de igualdad entre egotistas. Por el contrario, la apología del egoísmo de Nietzsche es de otro signo y, precisamente, se cuela por las rendijas totalitarias que Stirner deja, como en seguida veremos.

Para empezar, recordemos las bases éticas, políticas y económicas del anarquismo. Si bien, siendo el anarquismo un mar extenso, existen muchos modos de entenderlo, en todas las éticas anarquistas existen dos valores irreductibles: la libertad y la igualdad. En comparación con las ideologías autoritarias, el anarquismo no entiende la libertad sin igualdad, ni la igualdad sin libertad. En cambio, las formas de establecer la libertad y la igualdad en la sociedad pueden ser diversas. De modo que no se entiende un anarquismo sin igualdad, igual que no se entiende un anarquismo sin libertad. De ahí que la base para la política sea la capacidad de decisión entre iguales, en algunos casos poniendo mayor acento en la capacidad de decisión individual, en otros en la capacidad de decisión colectiva, pero reservándose los individuos siempre el mayor espacio posible para su libertad. La sociedad de ahí emanada será siempre carente de Estado (si bien Proudhon llega a admitir el Estado, en su federalismo, se trata de un Estado con competencias totalmente restringidas y escasas, para poner en marcha iniciativas que corresponden a la totalidad de las comunidades federadas, pero jamás para ser él quien las implemente, y dejado en claro que los individuos siempre conservarán en sus manos más competencias que las cedidas a niveles superiores). Y en cuanto a la economía, el anarquismo es anticapitalista (dejando de lado el oximoron del anarcocapitalismo), puesto que una economía basada en la igualdad y la libertad no puede admitir la opresión o la explotación de unos seres humanos por otros; que nadie, a cambio de un salario, sea siervo de otro. Las propuestas para llevar a la práctica una economía de ese tipo también son variadas, desde el mutualismo de Proudhon al comunismo libertario de Kropotkin, por poner dos ejemplos.

¿Están cerca de algo de lo mencionado la ética y el pensamiento filosófico de Nietzsche? ¿Cuál es el modelo social de Nietzsche? ¿Qué nexos han visto algunes anarquistas? Me da que quienes reivindican su influencia o han leído poco a Nietzsche o se han quedado en la superficie -o han preferido desentenderse de todo aquello que les hace sentir incómodes-. Me da que algunes aplauden con las orejas en cuanto escuchan a alguien decir alguna palabra contra el Estado, azotar a la religión o hablar contra la moral y, claro, cosas así es cierto que existen en las páginas de Nietzsche pero, ¿qué sentido tienen en profundidad esos ataques del alemán? ¿Por qué niega el Estado? ¿Por qué niega la religión cristiana? ¿Por qué niega la moral? ¿O para qué?

Entenderemos mejor qué se oculta bajo toda la filosofía nietzscheana si dejamos todos los disfraces pirotécnicos de los primeros libros y echamos mano directamente de la obra Más allá del bien y del mal y de las posteriores.

Para criticar la filosofía de Nietzsche sería un camino fácil aplicar su propia psicología o contrapsicología y dejar a la vista sus flaquezas y contradicciones, algo muy sencillo, por otro lado. No se necesita más que tomar la psicología del libro Humano, demasiado humano y aplicársela a él. Así, tomando la senda que él utiliza, podemos pensar que debajo de cada cosa que dice de sí mismo existe una intención inconfesable, contraria a la mostrada. Efectivamente, según escriben algunos que han analizado al alemán, la fuente de Nietzsche es el propio Nietzsche siempre, son indistinguibles sus libros y su vida. Lo que escribe, su filosofía, es su propia vida, llevada al papel. Si así fuese, la psicología pre-freudiana que aplica para afear todos aquellos sentimientos que acostumbramos a tomar por bellos sería precisamente un reflejo de lo que ve en sí mismo y así, cuando proclama que no desea seguidores, que está contento de que los alemanes le den la espalda y no lo tomen en cuenta, que quiere que sólo unos pocos elegidos le entiendan…, podemos leer la confesión contraria: desea seguidores, está frustrado porque entre quienes lo rodean no tiene influencia alguna, quisiera que su filosofía fuera comprendida por todo el mundo y que tuviera una repercusión absoluta en la historia… Más aún conociendo cuál es para él la relación entre verdad y mentira. Pero dejaré eso último para luego y no seguiré la senda psicológica, ya que no es la más interesante. No soy psicólogo y no voy a jugar a serlo.

Desde el punto de vista filosófico podemos pensar que es un filósofo fallido, puesto que no cumplió con ninguna de las dos cuestiones filosóficas principales que prometió. Su promesa fue superar toda metafísica y negar todo idealismo, pero todas sus obras desprenden metafísica e idealismo, ambas cosas juntas, en cuanto baja la guardia. Para comenzar, ese “descubrimiento” que proclama una y otra vez orgulloso, el eterno retorno, es pura metafísica, una fantasía que se sitúa al margen de todo empirismo, de toda experiencia, de todo conocimiento, tal vez necesaria para alimentar su esperanza. Que tuviera una misión, un destino reservado para él por la Historia es asimismo una idea totalmente metafísica. Del mismo modo, tras prometer la guerra al idealismo, en Ecce homo continuamente nos hablará repentinamente de su ideal, y escribirá de un mundo de ideas que sólo existe en su mente. El propio superhombre no es sino una idea. Y tras dirigir sus dardos contra quienes prometen un futuro mejor, resulta que su “misión” suprema es prometer un futuro mejor, un ideal. Ya que no es otra cosa el superhombre, una imagen idealista. Como veremos, lo mismo le sucede con la moral: Nietzsche no niega algo si no es para afirmar otra cosa en su lugar. Niega una metafísica para afirmar otra metafísica, niega un tipo de idealismo para afirmar otro tipo de idealismo, niega un tipo de moral para afirmar otro tipo de moral, niega un tipo de Estado para afirmar otro tipo de Estado… También queda truncada su proclama en favor del devenir y en contra del ser en cuanto comienza a hablar orgulloso de sí mismo. Pero en seguida llegaremos a varias de esas cuestiones, ya que, después de todo, mi deseo es analizar las posibles conexiones entre las ideas de Nietzsche y el anarquismo, y no hasta qué punto era sincero o qué problemas de personalidad podía tener.

Para situar en su lugar todo lo que Nietzsche escribe, para entender qué quiere decir realmente, no se debe olvidar algo importante, ya que es lo que da sentido a todo: Nietzsche es un aristócrata, un clasista, un nostálgico del antiguo régimen. No lo oculta, sino que lo reivindica constantemente.

Por algún sitio hay que empezar, y tomaré la moral, ya que todo lo demás está unido a ella. Está claro que muches anarquistas se vuelven loques de alegría en cuanto leen lo que Nietzsche escribió sobre la moral. Visto superficialmente, sobre todo en sus primeros libros (esos son los más ambiguos, los que guardan más de disfraz, sobre todo Así habló Zaratustra, en palabras del propio Nietzsche el libro más grandioso jamás escrito, que, lo confieso, tiene algo de poético), realmente pudiera pensarse que Nietzsche es un inmoralista, como le gusta proclamar una y otra vez, pero sobre su concepto sobre la moral, que en esos primeros libros puede quedar vago -aunque en ellos también es patente su moral aristocrática-, el alemán realizó una labor incansable por aclarar totalmente la cuestión en sus siguientes obras, quizá él mismo asqueado de utilizar excesivos disfraces. Después de todo, como él mismo dice, tenía una misión en la historia de la humanidad, la misión más importante de todos los tiempos. Así, en sus primeros libros pareciera decir algo que puede satisfacer la visión posmoderna: la moral es algo creado por la sociedad, existe más de una moral posible. No es nada nuevo, pero bueno. ¿Era tal vez Nietzsche un relativista de la moral? De ninguna manera. Nietzsche niega una moral determinada… para afirmar otra moral, como hemos comentado. Aunque la palabra le guste mucho, no es un inmoralista, ni siquiera un amoralista o un relativista, sino un ferviente moralista. Tiene claro cuál es su moral: la moral de los amos, la moral aristocrática, la moral de los guerreros, de los señores. Frente a ella, la moral que desprecia: la de los siervos, de los esclavos, de la plebe, de las clases trabajadoras. Según Nietzsche, existe un orden natural, basado en la jerarquía. En ese orden, quienes están situados arriba tienen derecho a comportarse como deseen: para ser crueles con los inferiores, para oprimirlos, para utilizar a los demás sin mala conciencia… Se refiere a la inversión de los valores, y eso también es muy significativo, ya que no dice que haya que negar los valores. ¿Y por qué invertirlos? Porque, a su juicio, los valores cristianos de su tiempo son una inversión de los valores aristocráticos que imperaban anteriormente. La genealogía de la moral no es un libro para negar toda moral, sino para aclarar el supuesto origen de la moral y situar esa moral “natural” de los tiempos antiguos sobre las morales que la siguieron, para decantarse por esa moral. Esa obra no deja espacio para la duda: ¿quiénes eran los “buenos” en la moral aristocrática? Los aristócratas, los señores, los amos, por supuesto. Ellos eran el modelo, ellos imponían qué debía ser bueno y qué malo. Convertían en despreciable todo aquello que no era como ellos, que no se ajustaba a sus ideales. Así, los sometidos son cobardes, débiles, feos, enfermos. Nietzsche ama una moral que respeta la jerarquía “natural”, basada en la fuerza, la “alegría” de utilizar la fuerza contra cualquier persona y cualquier cosa -a menudo prefiriendo la fuerza también sobre la inteligencia, considerando a ésta como un recurso de los débiles-. La bondad y la maldad están ligadas a la raza, la genética, los antepasados, la tradición. Incluso al color de la piel. Los malos (malus) eran los oscuros de piel y sobre todo de pelo, según nos dice; en aquellas sociedades se diferenciaban fácilmente los nobles y los plebeyos; de piel blanca y cabello rubio unos, los arios, y morenos los otros, los pueblos pre-arios que habitaban en Italia, sometidos por los arios. Sin embargo, los siervos se sublevaron y lograron imponer su moral. La moral cristiana es una moral decadente, porque es la moral de los siervos, y porque su esencia es el resentimiento contra los superiores. ¿Cuántas veces habré escuchado, precisamente, a quienes defienden los intereses de les riques y les poderoses de hoy que les anarquistes, quienes deseamos una sociedad igualitaria, somos unes resentides? Para Nietzsche no existe más justicia que la impuesta por la aristocracia. Su moral expresa la vida, afirma la vida, es constructiva, creativa, bailarina, ascendente; reivindica el cuerpo, el mundo y los sentidos… La moral de los siervos, por el contrario, expresa la muerte, es destructiva, no propone más que como reacción contra el otro, es triste; niega el cuerpo, el mundo, los sentidos… La cuestión es que, para poder tener una moral aristocrática…, hay que nacer aristócrata. La de los aristócratas es una casta construida guerreando generación a generación, fortaleciendo cuerpo y espíritu, enfrentando las dificultades, pisando a los débiles, consiguiendo las mujeres más bellas (sic)… El aristócrata debe actuar sin responsabilidad. Y ahí debe situarse su discurso en contra de los castigos, ya que inmediatamente afirmará que el castigo, la cárcel, la tortura, la crueldad… son necesarios. Y es que la inversión de los valores también conlleva el elogio de la crueldad, entre otras cosas. Por supuesto, en contra de los sometidos todos esos castigos, cárceles, torturas y crueldades. Eso es exactamente estar más allá del bien y del mal: la actitud que los aristócratas, los señores, tienen con los súbditos. Los aristócratas sólo reconocen derechos a otros aristócratas, los toman por iguales, pero con los siervos se comportan más allá del bien y del mal, con libertad, sin responsabilidad, ya que así es su natural “naturaleza salvaje”. ¿Qué mal trajo la moral cristiana, esa moral “resentida” de los siervos? Inventaron el pecado y la mala conciencia y los aristócratas se vieron obligados a dominar esa bestia interior que llevaban. Qué pena, en adelante no podrían pisar, torturar, despojar, matar… a las clases humildes como les viniera en gana.

Ligado a la moral, también debemos hablar de la verdad y la mentira, que ocupan un amplio espacio en los textos de Nietzsche, ya que eso también es de gran ayuda para comprender todos sus textos. Según Nietzsche, esos que tenemos como valores contrarios, la verdad y la mentira, por ejemplo, no son sino grados de un mismo y único fenómeno, es una cuestión de medida. Así, argumentará que la verdad muchas veces es perjudicial para la vida, y que la mentira es imprescindible. Retratará a los artistas y, sobre todo, a los poetas como mentirosos y, como el propio Zaratustra (alter ego de Nietzsche) confiesa, él es poeta y, por tanto, mentiroso. Con frecuencia hablará sobre la verdad y en nombre de la verdad, sin embargo. ¿Cómo se entiende esa contradicción, si la verdad no tiene un valor en sí? Él nos lo explicara claramente: el valor de la verdad o de la mentira depende del fin que se persiga con ello. Así, en el caso de la religión cristiana, la mentira sobre dios es repudiable, porque la sociedad que persigue el cristianismo es repudiable. En cambio, en el caso del hinduismo, la misma mentira, dios, puede considerarse válida -él mismo la considera válida-, porque esa mentira tiene un fin justo: consolidar la sociedad de castas. Con ello hemos adelantado algo más, pero después lo retomaremos. Así entendidas verdad y mentira, ¿hasta qué punto podemos creer todas las cosas que Nietzsche nos cuente? Tenemos un problema, sin duda, ya que, además de definirse a sí mismo como mentiroso, deja claro que puede usar verdad y mentira como desee, puesto que sus fines, como podrá pensarse, son justos. No sólo justos, sino los fines más importantes que humano alguno haya tenido jamás en la historia, fines superiores. Y ahí pueden situarse todas las contradicciones que página a página nos aparecen: según mi fin, según me convenga, puedo decir una cosa o la contraria.

A ese discurso sobre la moral está ligado su mensaje ateo y anticlerical. Así, en contra de lo que muches pudieran pensar, Nietzsche no es contrario ni a la idea de dios ni a los sacerdotes: está en contra del dios cristiano y de los sacerdotes cristianos. Por el contrario, en las religiones que comportan otros modelos sociales, consideraría adecuadas la idea de dios y a los propios sacerdotes. ¿Cuándo? Cuando en la cima se sitúan la aristocracia, los guerreros, y supeditados a ellos los sacerdotes. Si sirven para mantener una sociedad jerárquica como esa, bienvenidos dios y los sacerdotes. Como se ha dicho, la cuestión es el fin. Y es que Nietzsche no negó toda religión, no hizo la guerra a toda creencia. Entre todas las religiones que en el mundo ha habido hay una que prefiere, el hinduismo, y existe un libro sagrado que le encanta, el Código de Manú. La razón ha quedado dicha: ese libro establece jerarquías fijas e inamovibles en nombre de dios y, por tanto, su fin es correcto, justo. Creo que todes sabemos más o menos en qué consiste la sociedad hinduista de castas.

Incluso en cuanto al cristianismo, no coloca todo al mismo nivel. Al referirse a la Biblia, dejará claro que le gusta mucho más el Antiguo Testamento que el Nuevo Testamento. ¿Por qué? ¿No es, después de todo, la misma basura sobre un dios falso? No es esa la cuestión. El Antiguo Testamento, sobre todo en sus primeros libros, habla de un pueblo guerrero, jerárquico y aristocrático. En cambio, el Nuevo Testamento refleja la decadencia absoluta del pueblo judío. Y todo porque los seguidores de Cristo no comprendieron el mensaje de Cristo. ¿Cuál es ese mensaje? ¿Enfrentarse a Roma? ¿Rebelarse? ¿Extender el amor y la compasión? ¡Para nada! Según Nietzsche, el mensaje de Cristo es su ejemplo de vida, y ese ejemplo de vida consiste en aceptar todo como está y como viene, en la mansedumbre, filosofía que Nietzsche reivindica una y otra vez. Colocará a Cristo a la par de Buda, aunque prefiera al segundo y considere a ambos decadentes. Eso era lo que había que aprender de Cristo: aceptó todo, incluso la muerte, sin oponerse, sin rebelarse. Y eso mismo es lo que le gusta del budismo. ¿No es un poco raro que uno de los valores máximos de Nietzsche sea precisamente aceptar las cosas como son, y que al mismo tiempo todos sus libros consistan en una proclama contra la sociedad de su tiempo? Según Nietzsche, no existe contradicción, seguramente: cuando habla sobre aceptar la sociedad tal como es, se refiere a aceptar la sociedad de castas, la sociedad jerárquica, de clases. Para tal fin, como la mentira, una filosofía que acepta el destino sin rebelarse es válida, sin duda.

Por último, es interesante también lo que dice sobre el Islam. Nietzsche considera lamentable que el Islam fuera expulsado de Europa, que en aquella guerra se impusiera el cristianismo. Después de todo, para su gusto el Islam representaba la religión de una sociedad guerrera y aristocrática y, por tanto, era superior a la religión cristiana, como expresamente afirma en El Anticristo: “En sí no se puede elegir entre cristianos e Islam, entre un árabe y un hebreo. La decisión está ya hecha: nadie es libre de hacer aquí una elección. O se es un chandala o no se es un chandala: ¡Guerra a muerte a Roma! ¡Paz, amistad con el Islam!. Así lo quiso aquel gran espíritu libre, aquel genio entre los emperadores alemanes, Federico II”.

¿No queda un poco truncada la alegría inicialmente provocada por el anticlericalismo y el ateísmo de Nietzsche en cuanto se clarifica qué se esconde realmente detrás de ellos? Qué le vamos a hacer, siempre podemos preferir la mentira, si nuestro fin justo es salvar la filosofía de Nietzsche cueste lo que cueste.

Veamos qué piensa Nietzsche sobre otro concepto fundamental en el pensamiento anarquista: el Estado. No es extraño escuchar que el filósofo alemán era enemigo del Estado. ¿Era realmente así? Si hacemos caso al primero de los libros escogidos, pareciera ser que no. En efecto, he aquí una de las cosas que nos dice sobre el Estado: “Cuando el hombre no tiene hijos no tiene derecho integral para deliberar sobre las necesidades de un Estado particular. Es necesario que se haya aventurado como los demás lo que hay de más caro: sólo esto une sólidamente al Estado; es necesario que uno considere la dicha de su posteridad para tomar en todas las instituciones y en sus cambios una parte equitativa y natural. El desenvolvimiento de la moral superior depende de que cada cual tenga hijos; esto le independiza del egoísmo; o con mayor precisión, esto extiende su egoísmo y hace que persiga con celo fines que van más allá de su existencia individual”. Es cierto que en otros pasajes se expresa contra el Estado, pero no lo perdamos de vista: como respecto a la verdad, puede estar a favor o en contra de una idea, dependiendo del fin. ¿Cómo debe entenderse la postura que muestra en ocasiones contra el Estado? Sólo hay que leerle para aclararlo. Nietzsche es enemigo del Estado democrático de su tiempo, y tiene razones para ello. ¿Que reprocha a dicho Estado? Trabajar en favor de la igualdad, precisamente. Haber puesto obstáculos al comportamiento caprichoso de la aristocracia, mezclar las clases, traer la “decadencia”, en definitiva. Ante ello, ¿propone Nietzsche una sociedad sin Estado? Sí, claro… No hay más que recordar los modelos que tiene en mente para comprender qué opina realmente sobre el Estado. Como repetirá con frecuencia, el modelo social más sobresaliente que jamás existió en la historia es el Imperio Romano. Solamente él encarnó los ideales de Nietzsche. Junto a él, como hemos mencionado, la sociedad hinduista, es decir, otra sociedad jerárquica, clasista y esclavista. Según nos dirá en El Anticristo: “La ordenación de las castas, la jerarquía, formula solamente la ley suprema de la vida misma; la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para hacer posibles tipos más altos y altísimos; la desigualdad de los derechos es precisamente la condición para que haya derechos en género. Un derecho es un privilegio. Según su modo de ser cada cual tiene su privilegio. No despreciamos los derechos de los mediocres. La vida es siempre más dura conforme se va elevando, aumenta el frío, aumenta la responsabilidad. Una gran civilización es un pirámide: sólo puede vivir en un terreno amplio, tiene como primera condición una mediocridad fuerte y sanamente consolidada”. Sin embargo, no se encuentran sólo en el pasado sus modelos. En su época también le quedaba una única esperanza: la Rusia de los zares, el último Estado aristocrático que quedaba en Europa -no podemos olvidar que también tenía algunos personajes históricos como modelos: el principal, quien encarnara al superhombre, Napoleón I; junto a él, Julio César, el papa Borgia o, en Alemania, el emperador Federico II-. He ahí el anti-estatismo de Nietzsche…

La propia economía estaría también ligada a esa sociedad. Como decíamos, el anarquismo es desde sus raíces anticapitalista. Para la economía, con diversos modelos, reivindica dos fundamentos: autogestión y apoyo mutuo. En caso de conceder algún espacio a la propiedad privada de la tierra y de los recursos, su límite siempre será lo que uno mismo pueda trabajar sin oprimir ni utilizar bajo salario a nadie. Siempre ha rechazado toda acumulación de riqueza. Como hemos visto, por el contrario, para Nietzsche la esclavitud es legítima, aún más: corresponde al orden natural que algunos, la mayoría, trabaje para los otros, para la minoría aristocrática. En el mundo existen ricos y pobres, no debe achacarse eso a nadie, resígnate, porque si has nacido pobre, pobre morirás. Algunas familias se han desarrollado por generaciones para ser ricas, y otras no han tenido fuerza más que para vivir pobre y servilmente. La clase trabajadora es indispensable, por supuesto, como estamento fijo, para que otros puedan vivir sin pegar golpe. ¿Autogestión y apoyo mutuo? ¿Qué son esos inventos? ¿Los propios trabajadores tomando decisiones, auto-organizándose, sin un patrón? ¡Algo contra natura, por dios!

Con lo dicho hemos avanzado suficiente lo que Nietzsche piensa sobre una de las bases del anarquismo (en realidad, sobre las dos). De hecho, si algo desprecia de su época, si existe una notoria muestra de decadencia, es el discurso que promueve la igualdad. También de eso responsabiliza al cristianismo. Según dice, esa religión puso todo patas arriba cuando proclamó que ante dios todos son iguales, que todos son hijos de dios. Son incontables todos los dardos lanzados por Nietzsche contra la igualdad y toman un espacio amplio en todas sus obras. Cómo se regocija riéndose del lema “ni dios ni amo” de socialistas y anarquistas. Ya hemos visto cuáles son sus modelos sociales y, por tanto, no hace falta añadir mucho más, pero traeré dos casos concretos a modo de ejemplo. El primero es el feminismo de su tiempo. Si les anarquistas sentimos vergüenza cada vez que nos encontramos con el machismo y la dialéctica patriarcal de Proudhon, qué decir de la marcada misoginia de Nietzsche. Ofende continuamente a la mujer más que a cualquier otro colectivo, y le parece terrible la pretensión de igualdad de las mujeres. Es más: que las mujeres dejen a un lado su forma de ser y sus dedicaciones “de siempre” y se metan en cuestiones “de hombres” no resulta más que en su propio perjuicio. La mujer es símbolo de mentira, de manipulación, de intriga, utilizando ampliamente todos los tópicos misóginos conocidos.

Otro ejemplo, muy significativo, lo tenemos cuando se refiere a la educación superior. Podemos discutir sobre los intereses que defiende el sistema educativo en sí mismo, si es necesario, cómo debiera ser, si es que fuera necesario…, pero la inquietud que tiene Nietzsche sobre el tema esta ligada a la igualdad, precisamente. Para él, es una locura que todas las personas de una sociedad reciban educación superior. Eso está destinado a los privilegiados sin otra preocupación en la vida que estudiar tranquilos durante largos años. Lo dirá de un modo muy gráfico, y aclara muchas cuestiones, este pasaje del libro El ocaso de los ídolos: “ Con la falta de reflexión más irresponsable, se han aniquilado los instintos en virtud de los cuales los obreros pueden convertirse en un estamento, pueden llegar a ser ellos mismos. Se ha declarado al obrero apto para el servicio militar, se le ha otorgado el derecho de asociación, se le ha dado el derecho al voto en el terreno político. ¿Cómo nos puede extrañar entonces, que el obrero esté empezando ya a considerar su existencia como una situación miserable, como una injusticia, por decirlo con un término moral? Pero, ¿qué es lo que se quiere?, volveremos a preguntar. Si se quiere un fin, hay que querer también los medios. Si se quieren esclavos, es de idiotas educarlos para amos”. ¿Puede decirse con mayor claridad?

Aunque también es interesante, dejaré de lado las propuestas que tiene sobre los enfermos, o sobre la mejora de la raza generación a generación. Diré una única cosa: Nietzsche avanzó la idea sobre vivir una vida que merezca ser vivida, que después recogerían los nazis en su programa eugenésico.

Por último, tendríamos que analizar qué lugar ocupa en el pensamiento de Nietzsche otro de los principios fundamentales del anarquismo, la libertad pero, ¿es necesario, después de lo ya dicho? Queda bastante claro qué tipo de libertad defiende. La libertad de los superiores, de los aristócratas, de los amos para actuar sin “cadenas”, sin límites, sin “mala conciencia”, para utilizar a los siervos como plazcan. Libertad para vivir a cuenta de otros y, entonces sí, danzar tranquila y alegremente. Reivindica la alegría de vivir, sí, pero está claro para quién es esa alegría de vivir, y a costa de quién. Junto a ello, el ejemplo de vida de Cristo y sobre todo de Buda: la aceptación. Tomar las cosas como son. Si en una sociedad de castas has nacido esclavo, acepta los “privilegios” de ser esclavo, no te rebeles. He aquí un claro ejemplo de la “libertad” de Nietzsche: “¡Cuántos esfuerzos han realizado en cada pueblo los poetas y los oradores! – sin exceptuar a algunos prosistas de hoy, en cuyo oído mora una conciencia implacable – «por amor a una tontería», como dicen los cretinos utilitaristas, que así se imaginan ser inteligentes, – «por sumisión a leyes arbitrarias», como dicen los anarquistas, que así creen ser «libres», incluso espíritus libres. Pero la asombrosa realidad de hecho es que toda la libertad, sutileza, audacia, baile y seguridad magistral que en la tierra hay o ha habido, bien en el pensar mismo, bien en el gobernar o en el hablar y persuadir, en las artes como en las buenas costumbres, se han desarrollado gracias tan sólo a la «tiranía de tales leyes arbitrarias»; y hablando con toda seriedad, no es poca la probabilidad de que precisamente esto sea «naturaleza» y «natural» – ¡y no aquel laisser aller [dejar ir]!”

Podríamos dedicar otro capítulo entero a las raíces racistas de su filosofía y su moral, pero creo que no sumaría mucho más a lo ya dicho.

De modo que, ¿por dónde podemos empezar para encontrar nexos entre el pensamiento de Nietzsche y el pensamiento anarquista? Tal vez nos ayude el propio Nietzsche a clarificar la cuestión, ya que, según parece, él lo tenía mucho más claro, y nos expresó directamente qué eran para él les anarquistas de su tiempo: la antítesis de su filosofía. Peores aún que los cristianos. Sólo traeré a colación un par de pasajes, ya hemos adelantado algo:

<<Lo mismo se puede decir de casi toda Europa: en lo esencial, allí la raza sometida ha recuperado finalmente la primacía, en el color, en la pequeña longitud del cráneo, quizá también en los instintos intelectuales y sociales: ¿quién nos garantiza que la moderna democracia, el todavía más moderno anarquismo, y sobre toda esa tendencia a la <commune>, a la más primitiva forma de sociedad, que ahora comparten todos los socialistas de Europa, en lo esencial no significan un enorme repique final, y que la raza de los conquistadores y de señores, la de los arios, no está quedando por debajo también fisiológicamente…?>>

(La genealogía de la moral)

<<Ahora bien, que el tempo [ritmo] de aquel movimiento les resulta todavía demasiado lento y somnoliento a los más impacientes, a los enfermos e intoxicados del mencionado instinto, atestíguanlo los aullidos cada vez más furiosos, los rechinamientos de dientes cada vez menos disimulados de los perros-anarquistas que ahora rondan por las calles de la cultura europea: en antítesis aparentemente a los tranquilos y laboriosos demócratas e ideólogos de la Revolución, y más todavía a los filosofastros cretinos y los ilusos de la fraternidad que se llaman a sí mismos socialistas y quieren la «sociedad libre», pero que en verdad coinciden con todos aquéllos en su hostilidad radical e instintiva a toda forma de sociedad diferente de la del rebaño autónomo (hasta llegar a rechazar incluso los conceptos de «señor» y de «siervo» – ni dieu ni maitre [ni Dios, ni amo], dice una fórmula socialista-); coinciden en la tenaz resistencia contra toda pretensión especial, contra todo derecho especial y todo privilegio (y esto significa, en última instancia, contra todo derecho: pues cuando todos son iguales, ya nadie necesita «derechos» -); coinciden en la desconfianza contra la justicia punitiva (como si ésta fuera una violencia ejercida sobre el más débil, una injusticia frente a la necesaria consecuencia de toda sociedad anterior -); pero también coinciden en la religión de la compasión, en la simpatía, con tal de que se sienta, se viva, se sufra (hasta descender al animal, hasta elevarse a «Dios»: – la aberración de una «compasión para con Dios» es propia de una época democrática -); coinciden todos ellos en el clamor y en la impaciencia de la compasión, en el odio mortal al sufrimiento en cuanto tal, en la incapacidad casi femenina para poder presenciarlo como espectador, para poder hacer sufrir; coinciden en el ensombrecimiento y reblandecimiento involuntarios bajo cuyo hechizo parece amenazada Europa por un nuevo budismo; coinciden en la creencia en la moral de la compasión comunitaria, como si ésta fuera la moral en sí, la cima, la alcanzada cima del hombre, la única esperanza del futuro, el consuelo de los hombres de hoy, la gran redención de toda culpa de otro tiempo: – coinciden todos ellos en la creencia de que la comunidad es la redentora, por lo tanto, en la fe en el rebaño, en la fe en «sí mismos»…>>

(Más allá del bien y del mal)

¿Qué diría hoy Nietzsche sobre el veganismo? Si ya consideraba al vegetarianismo signo de decadencia, si la igualdad entre humanos le producía nauseas, si era un apologista de la crueldad… ¡piensa cómo se reiría de la ética de les antiespecistas que sienten compasión hasta el punto de negarse a consumir miel! Algo anticipó ya sobre la cuestión el último pasaje que hemos copiado.

Sin embargo, existen hoy corrientes que se autodenominan anarquistas y que reivindican a Nietzsche y, a decir verdad, puede entenderse fácilmente dónde encuentran al filósofo alemán como fuente de inspiración. Me refiero, por supuesto, a las corrientes que mantienen el fetichismo de la guerra social y la violencia. Tradicionalmente, uno de los objetivos fundamentales de la filosofía anarquista ha sido la paz social, desarrollar las bases para una sociedad sin opresión y, por tanto, sin violencia; eso sí, sin rechazar esa violencia cuando es imprescindible, como explicaba perfectamente Malatesta, entre otres. Por el contrario, en dichas corrientes la guerra social, la violencia es uno de los leitmotif principales, y para ello es muy conveniente reivindicar a Nietzsche; después de todo, el alemán fue un ferviente apologista de la guerra y la violencia. Por otro lado, en esas corrientes es habitual el desprecio por las clases trabajadoras, y pareciera que en ese punto también coinciden con Nietzsche. Sin embargo, analizada mejor la cuestión, las razones de unes y del otro para despreciar a la clase obrera son opuestas. La excusa de dichas corrientes anarquistas es la pasividad de les trabajadores, su falta de rebelión contra el sistema que han asimilado. Era, en cambio, justo lo contrario lo que Nietzsche no podía soportar de les trabajadores. El alemán no les perdonaba que no se resignaran a ser trabajadores y que también ellos quisieran ser amos. Recordemos que uno de los ideales de Nietzsche era la mansedumbre, la aceptación de las jerarquías y de las clases fijas, inamovibles, nacer y vivir hasta morir en una clase. Nietzsche estaría exultante con esas clases trabajadoras actuales, que cumplen obedientemente el rol que les corresponde dentro del capitalismo.

Otro fetiche tomado de Nietzsche es la naturaleza salvaje. Hemos visto, sin embargo, cuál es esa naturaleza salvaje que reivindica: la del depredador solitario. Y me surge una duda: Nietzsche toma la Naturaleza para dar por imprescindibles, inevitables las jerarquías entre humanos pero, ¿es realmente jerárquica la Naturaleza? ¿Están los carnívoros por encima de los herbívoros, los solitarios por encima de los gregarios, los animales por encima de las plantas? ¿Y dónde situaríamos en esa jerarquía a bacterias y virus capaces de acabar desde adentro con cualquier carnívoro? ¿Cuál es el fundamento para establecer tal jerarquía, si no es ideal, metafísico y subjetivo? ¿Al reivindicar la naturaleza salvaje, son más naturales o más salvajes los depredadores solitarios que los lobos? Más naturales y salvajes esos lobos que las ovejas? ¿Cuál es la naturaleza humana? ¿Ser gregario no es también un rasgo de la naturaleza salvaje y natural en los seres humanos? ¿Debemos tomar a los depredadores solitarios como modelo para la moral humana? Por supuesto, cómo iba a tomar como ejemplo los comportamientos animales que estudió Kropotkin alguien que, como Nietzsche, desprecia todo apoyo mutuo…

Por otro lado, ligada a esa naturaleza, Nietzsche reivindicaba la necesidad de vivir en peligro, despreciaba el deseo de seguridad, pero… ¿no deseaba precisamente un sistema que garantizara a los superiores su seguridad? ¿Evitar todo riesgo de rebelión? ¿No tenía miedo de perder totalmente los privilegios? ¿Y para detener ese camino hacia la igualdad no pedía, anunciaba un jefe? ¿Un líder que sacara a Europa del desconcierto y estableciera de nuevo la moral “natural” superior, esa que corresponde a los pueblos aristocráticos? Cuidado, no sea que algún Hitler lea a Nietzsche y se sienta llamado a cumplir esa importante misión anunciada por él…

Dicho todo esto, sólo reafirmaré mi inquietud: ¿qué interés hay para que, considerándola radical, liberadora, rompedora, se desee difundir la influencia de la filosofía reaccionaria, racista, misógina, clasista, aristocrática y totalitaria de Nietzsche? ¿Qué principios morales quieren hacernos aceptar como revolucionarios? ¿Los de alguien que odiaba toda revolución? Debiera darnos qué pensar…

2 Comentarios

  1. Eroa

    Eskerrik asko Asel

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    1. Asel (Publicaciones Autor)

      Zuri!

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