Hamaika ispilu ganbil (Los espejos convexos)

01-Asel1
Editorial: Labayru
Año: 2.003
Páginas: 213

Unax acaba de llegar como profesor a un instituto, donde entablará una relación muy especial con los alumnos y con los demás profesores. Intriga, sexo y ficción hacen de esta novela un texto ameno y entretenido.

Hamaika ispilu ganbil (Los espejos convexos) es el primer trabajo largo que escribí en euskera. Si no recuerdo mal, lo inicie en 1.993. En aquel entonces cursaba el primer año de Filología Vasca, y finalmente me sentía preparado para asumir algo que hacía tiempo deseaba: dejar el castellano como lengua literaria a un lado y dar el salto al euskera. Siendo euskaldunberri, debo confesar que era una pelea más dura amoldar la voz interior al euskera que llevar adelante la propia trama de la historia. Para complicar más el intento, además, bajo la influencia de aquellos estudios, decidí que la mayoría de los personajes hablaran en dialecto vizcaíno y, en un principio, los diálogos fueron transcripciones fonéticas. Más adelante suavicé esa elección y puse en sus bocas un vizcaíno más estándar.

Han pasado los años, más de dos décadas desde que comencé a escribirla y más de una década desde que la terminara, y revisando lo que escribí me encuentro con algunas preocupaciones filosóficas y éticas constantes que también aparecen en novelas posteriores, sobre todo en torno a la construcción de la personalidad humana, conjuntamente con una evolución en mi pensamiento. Y es que mi anarquismo de aquellos tiempos era mucho más individualista y ateórico, guiado por el mero instinto.

Seguramente, en esta obra uno de los aspectos más destacados es la importancia del sexo explícito. Eso me supuso que a la hora de publicarlo, medio en broma medio en serio, la editora considerara algunos pasajes más pornográficos que eróticos. Esas características, sin duda, llevaron a la obra por caminos inesperados -¡quién me iba a decir cuando comencé a escribirla que por un tiempo comenzaría a circular de mano en mano entre algunas presas de ETA!-.

Así y todo, se trata seguramente de mi obra más desconocida y difícil de localizar, pero bueno, no es mal camino para conocer/recordar algunas de las preocupaciones que mantenía en mis tiempos de estudiante.


Fragmento para lectura

En el dormitorio de Ainhize reinaba el nerviosismo. Extendiendo el after-sun por todo su cuerpo Ainhize contaba los minutos, los segundos para salir de casa. Una hora sin ver a Unax era todo un mundo; algunos días, casi una semana, le parecían una eternidad. Puso patas arriba el armario cuatro veces, antes de escoger el vestido más adecuado, y cada vez que se vistió y desvistió, comprobó que llevaba la llave en el bolsillo.

Puso también música para ambientarse en el compacto, más tranquila que otras veces, pero sin alejarse de la senda del rock. De modo que el sonido de Sasoi Ilunak, con la voz rota de Txuma y el sentido indudable de sus letras, le ayudaba a avivar el fuego que portaba de por sí en su interior.

El yo que llevo guardado

en lo profundo de mi desván

te ama, labios carnosos y secos.

Te follo en la cama demasiado ancha con mi sexo torpe e

hinchado, hinchado, hinchado

—No puedo más… Esto es una locura… Por qué hacéis esto… —su voz se quebraba al ritmo de su respiración entrecortada, incapaz de aguantar. Sus uñas se clavaban afiladas en las sábanas, necesitadas de agarrarse a alguien.

—¿Te gusta o no?

—Sí…, sí…, sí…

—Y no quieres que nos detengamos…

—No sé…, no sé…

—¿Tú que crees? Eres mujer, las conoces mejor.

—Que no. Está totalmente cachonda. ¿No ves que vas a tener que cambiar las sábanas?

—¿Cómo… cómo me habéis metido en esto?

Arantxa, en manos de esos hermanos, con el placer llegándole de todos lados y creyendo ya que algo se rompería en su interior, se sentía en la tela de una araña gigante, hechizada por la picadura de su veneno y con la fuerza de todos los miembros de su cuerpo flaqueando. Y no distinguía con claridad si deseaba que la liberaran de esa situación. La verdad, ni siquiera podía precisar cómo comenzó todo y cómo había llegado ella hasta ese extremo. Ignoraba si antes había tenido la oportunidad de evitar aquello, y en qué momento comenzó a desviarse en esa dirección. En su mente todo estaba oscuro y confuso, y no podía distinguir si la mano que la tocaba pertenecía a Unax o a Ida. Sólo reconocía una cosa que pertenecía a Unax, que debía ser obligatoriamente suya, y cada vez que la sentía quemando su piel o su interior, imaginaba que iba a reventar contra un cielo de cristales afilados y delgados.

En cuanto cruzó el refugio la saludó una ráfaga de cálido viento sur, amenazando con hacerle volar la minifalda. Sujetándola por detrás con una mano, dirigió sus pasos a la parada del autobús, el frío del metal de la llave tiempo ha templado en el calor de su mano.

Me atrajiste hacia ti

me hiciste sitio en tu cama

me enseñaste casi todo lo que sé:

sobre letras, sobre música, sobre sexo

Sí, los ecos de la voz de Txuma Murugarren aún repicaban entre los pensamientos de Ainhize. Todas las situaciones de la vida están ya recogidas en canciones; cualquier momento que vivas, encontrarás una que se le acomode totalmente. Pero, recordando la canción completa, se decía que no coincidiría completamente, mientras repetía sus estrofas.

—Me voy a ahogar. Qué vergüenza, nos hemos vuelto locos.

—No, Arantxa, lo que hemos hecho es recuperar la cordura. Apuesto a que estás gozando como hacía tiempo no lo hacías —le respondió Unax, entre el vello oscuro de ella, labios con labios, su lengua provocando lentamente un flujo resbaladizo.

Arantxa intentó replicar, pero Ida llenó su boca con su miel, con las rodillas sobre la almohada, su columna dibujando hacia adentro un arco con flexibilidad gatuna, su melena negra acariciando la espalda de Unax.

—Y lo mejor aún por llegar… —musitó.

El ascensor se detuvo en el piso correspondiente. No tan decididamente como acostumbraba, pero sus pies se dirigieron hacia la puerta conocida. Se detuvo ante ella y recordó que debía entrar directamente, sin llamar. Tal vez aún no estuviera en casa, pero podía esperar en ese dormitorio que se había convertido en su nido por unos días. Apretó la llave en la mano hasta que sus bordes casi la lastimaron, antes de sacarla del bolsillo. La posó en la cerradura, la introdujo despacio, y sólo necesitó girarla una vez. Debía estar ya en casa, seguramente. Empujó la puerta y ya estaba adentro. La luz de la cocina estaba apagada y ella tampoco la encendió. Se dirigió al pasillo y, cuando tenía la puerta cerca, le llegaron de adentro unos ruidos como de respiración… Con los oídos alerta, sin decir ni mu, como si el instinto le hubiera pedido silencio, avanzó. Eran respiraciones, sin duda, pero aceleradas, entrecortadas, rotas, profundas… Su corazón deseó esconderse en el rincón más lejano, retraído. Algo le pedía a gritos que se diera la vuelta y huyera corriendo, pero tenía que ir allí, al dormitorio, donde Unax le dijo que la esperaría. Su mente le taladraba el alma cada vez más sonoramente con las otras estrofas de la canción, aunque quisiera, con todas sus fuerzas, acallar, negar esa voz. Pero de ninguna manera se callaría.

Y luego me hiciste

la traición, la traición más negra,

y luego me hiciste, hija, hija, hija de puta

la traición, la traición más negra.

Me atrajiste hacia ti

me hiciste un lugar en tu cama…

No, las canciones no lo sabían todo. No todo se cumplía. La vida y las canciones sólo coincidían en algunos puntos…

—Por favor… dadme un respiro… estoy reventada… Mañana no podré ni caminar…

Unax se preparó para el último ataque, para la vaciarse por última vez. Dejaría a su hermana satisfecha por una temporada, para poder dedicarse tranquilo a lo suyo. Además, lo de Arantxa ya estaba listo. Una más, y cuando saliera de allí, de pura vergüenza, no se atrevería de nuevo a mirarlo a los ojos delante de nadie, ni a quedar de nuevo con él. No iba a olvidar esa tarde, pero tampoco tendría valor para repetirla. Además, debía admitir que se estaba divirtiendo con ese juego. Un par de empujones más, y…

La puerta del dormitorio se abrió sin ruido, lentamente pero de par en par. Al otro lado, los tres vieron el rostro de una chiquilla pálida y asustada. Temblándole el cuerpo, miró sin ver. A Arantxa se le heló la sangre, sin poder comprender nada. Lo cierto es que una única persona comprendía qué estaba sucediendo. Tres cuerpos desnudos, enredados, penetrante olor a sudor y sexo, una habitación asfixiante y oscura, una muchacha pelirroja clavada en la puerta. Presa de una dimensión imposible de medir en tiempo. Un segundo, resistiéndose a agotar todas sus centésimas.

El sortilegio de ese segundo interminable lo interrumpió el brillo de una pequeña lágrima. Sin pedir permiso, la gota recorrió su camino por la mejilla de Ainhize, antes de que la muchacha se diera la vuelta y escapara a la carrera. No quería llorar, menos aún ante esos cerdos asquerosos. Los odiaba. Quería morirse allí mismo para no tener que intentar entenderlo.

Para cuando alguien consiguió moverse, se escuchó el ruido del portazo. Unax, con la mente aún confundida, se levantó y salió corriendo a la puerta, sin preocuparse de su desnudez. Repitió el nombre de la muchacha a gritos, en vano. Estaba lejos para escuchar, de mente y de cuerpo.

Arantxa, comenzando a entender el lío, se vistió como pudo, recogió sus cosas, y se marchó envuelta en el llanto, tan rápido como pudo. Nunca en su vida se había sentido tan humillada.

Unax volvió a la soledad, ya que Ida también se había esfumado. Con el cerebro ardiendo, se tumbó en la cama, abandonado en medio del caos, la mente más lejos que la piel. ¿Qué hacía Ainhize en casa? ¿Cómo entró hasta allí? Sin embargo, aquellas sabanas mojadas no le darían la respuesta.