Trabajo no remunerado o la brecha lingüística

Ya han pasado el 8M y la huelga feminista de mujeres. Ya han pasado, y debemos de decir que con gran éxito, pues creo que se han cumplido totalmente los objetivos de las convocantes. No tengo ninguna intención de entrar en dichos objetivos. Estos días he mantenido silencio sobre la propia huelga. Nadie necesitaba mi opinión, y mucho menos mi permiso. Me cansa ver la imperiosa necesidad que tienen los machos alfa feministas para mostrar constantemente que están a favor de todo lo que hacen las mujeres, como si así su conciencia masculina quedara más tranquila, porque aquello que ellas hacen se realiza con su visto bueno y permiso. Me cansa el sentido patriarcal de imponer a otros cómo deben comportarse, cómo deben ayudar, como si la conducción de los machos fuera imprescindible. Si fuera mujer (o, de una forma más amplia y políticamente correcta, si no fuera un varón cisexual), habría estado en esa huelga, sin duda, y las críticas que pudiera tener sobre sus objetivos, consignas o modos, las habría hecho llegar como correspondiera. Si la llamada también hubiera estado dirigida a los varones cis y las mujeres hubieran solicitado que participáramos de una determinada manera, hubiera visto si estaba de acuerdo con esa convocatoria y esos modos, y de no estarlo, me hubiera quedado a un lado y punto, nadie me necesita especialmente. Sin embargo, no es una ley que deseo imponer a nadie, sino el comportamiento que yo elijo para mí mismo, siguiendo mi propia conciencia. De modo que una sola cosa breve sobre la huelga: he sentido una sana envidia viendo algunas imágenes. Las mujeres tienen abundantes razones para quejarse, salir a la calle y prender fuego a todo, no voy a descubrir yo ahora las desigualdades de género, ni las formas específicas de opresión que sufren las mujeres. Pero al resto tampoco nos faltan razones para salir a la calle y prender fuego a todo, y son conciencia y fuerza lo que nos falta. La fuente de opresión de quienes marcharon ayer y de quienes nos quedamos en casa es la misma, una bestia con un mismo cuerpo y tres cabezas, el patriarcado-estado-capital. Si lo de ayer sirviera realmente para empezar a cortar las tres cabezas de esa bestia, todes tendríamos mucho que agradecer, y llegará el día que nos vea a todes unides en la lucha contra esa bestia. Sin embargo, debo confesar que no soy optimista, y mi pesimismo está ligado con el tema que quiero tratar en este artículo. Y es que, sospecho que forman las dos caras de la misma moneda, las consignas que ayer sacaron a muchas mujeres a la calle, y el sentido común que nos mantiene cada día en nuestras casas y trabajos dócilmente. A menudo, más importante que lo que el lenguaje pone a la vista es lo que el lenguaje oculta.

Así que, dejando la huelga a un lado, quisiera analizar dos conceptos que se escuchan continuamente estas últimas semanas (y desde hace tiempo): la brecha salarial y el trabajo no remunerado. Ambos están íntimamente ligados, son elementos indispensables de la misma realidad, pero intentaré analizarlos separadamente, aunque en ocasiones convergerán irremediablemente.

Y me preocupan especialmente, porque muestran claramente el poder que tienen Capital y Estado para adueñarse de los conceptos, transformarlos, volverlos invisibles, y borrar lo que desean de las conciencias. Es sobre todo sorprendente ver al feminismo marxista y al anarcofeminismo enredados en dichos conceptos, sin ninguna crítica, asimilada la lógica de los opresores. De modo que, para poner a la vista lo que el uso diario esconde, recuperaré a Proudhon y a Marx. Por un lado, es Proudhon el “padre” intelectual de las ideas fundamentales de Marx, del francés que tanto admiraba en un principio tomó sus conceptos principales; y por otro, lo que Proudhon no hizo sino esbozar, Marx lo desarrolló totalmente y lo convirtió en base de sus teorías fundamentales, desnudando magistralmente la esencia del capitalismo. Al menos, en algo estaban de acuerdo, aunque el alemán inventara mil y una maneras de ocultar ese acuerdo y todo lo que le debía. Más allá de sus diferencias, veremos qué eran para ellos la brecha salarial y el trabajo impago, y cómo se ha ocultado eso bajo el disfraz actual.

Brecha salarial:

Mientras que, por los progresos de la industria colectiva, cada día de trabajo individual da un producto cada vez mayor, y, mientras que, por una consecuencia necesaria, el trabajador, con el mismo salario, debería ser cada día más rico, hay en la sociedad clases que obtienen un beneficio, y otras que van decayendo; trabajadores de doble, triple y céntuplo salario, y trabajadores con déficit; por todas partes, al fin, gentes que gozan y gentes que sufren, y, por una monstruosa división de las facultades industriales, individuos que consumen y no producen.

(…)

Si, pues, el jornal del sastre absorbe diez veces el del tejedor, es como si el tejedor diese diez días de su vida por un día de la vida del sastre. Esto es precisamente lo que sucede cuando un labrador paga doce francos a un notario por un documento cuya redacción cuesta una hora; y esa desigualdad, esa iniquidad en los cambios, es la más poderosa causa de miseria que hayan revelado los socialistas y confiesen los economistas por lo bajo, esperando que les permita reconocerlo en alta voz una señal del maestro.

(…)

Si el trabajo es la fuente de toda riqueza, si es la más segura guía para seguir la industria de los establecimientos humanos sobre la faz de la tierra, ¿cómo no ha de ser una ley la igualdad en la distribución, la igualdad según la medida del trabajo?

Si, por lo contrario, hay riquezas que no proceden del trabajo, ¿cómo constituye un privilegio la posesión de esas riquezas? ¿Qué es lo que legitima el monopolio? ¡Expóngaseme de una vez esa teoría del derecho de consumo improductivo, esa jurisprudencia arbitraria, esa religión de la ociosidad, sagrada prerrogativa de una casta de elegidos!”

(J.P. Proudhon, Sistema de contradicciones económicas o Filosofía de la Miseria)

Sin embargo, el trabajo que genera la sustancia de los valores es trabajo humano indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo. El conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad, representado en los valores del mundo de las mercancías, hace las veces aquí de una y la misma fuerza humana de trabajo, por más que se componga de innumerables fuerzas de trabajo individuales. Cada una de esas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción de una mercancía, sólo utiliza el tiempo de trabajo promedialmente necesario, o tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo.”

(K. Marx, El Capital)

Al hablar de brecha salarial, por supuesto, debe decirse previamente que, cuando se toman las estadísticas y nos dicen que los hombres, en promedio, cobran 30.686 €, y las mujeres, en promedio, 22.976 € (datos de 2014), cualquiera puede ver ahí una iniquidad. Luego vendrán las razones para esas diferencias, se nos explicará (o venderá) que muy pocas veces sucede porque en el salario base, por el mismo trabajo, se paguen salarios más altos a los hombres que a las mujeres, pero que las empresas tienen otras estrategias para dar sueldos mayores a ellos que a ellas, pluses, jornadas parciales… Todo lo que se quiera…, con tal de no tocar la principal contradicción existente en la sociedad. Y puede ser normal que el feminismo pro-capital y pro-estado (el principal, hoy en día) no desee salir de esos datos y esos conceptos. Sin embargo, es más extraño, y refleja un éxito total de ese primer feminismo y, en general, del pensamiento capitalista, que voces que se consideran revolucionarias y, especialmente, marxistas o anarquistas, también permanezcan en silencio ante ese sentido común.

¿Existe la brecha salarial? Sin duda, y de muchos tipos. La primera, y más notable, entre quienes ponen el capital y quienes ponen la fuerza de trabajo. Es tan grande esa brecha, que los primeros viven en la mayor abundancia, a pesare de que, sin cobrar salario alguno, son quienes pagan los sueldos a quienes viven en la mayor miseria. La brecha entre quienes compran trabajo y entre quienes lo venden es la base innegable de nuestro modelo social. Esto, por supuesto, está relacionado con el otro concepto que más adelante analizaremos. Pero mejor no hablar de ciertas cosas

La segunda brecha, es la que existe entre la propia clase asalariada. Así, el pensamiento capitalista ha convertido en algo totalmente natural que las horas de trabajo de un ingeniero en una fábrica de coches valga diez veces más que las de quien se dedica a hacer los tornillos. Han inventado innumerables formas para explicarlo, y es lógico que quienes defienden la lógica del capital recurran a todas ellas pero, fuera de la lógica de reproducción del capital, no tiene sentido que las horas de trabajo de una persona tengan mayor valor que las de otra. Además, esa brecha salarial es posible gracias al trabajo que no se paga a quienes cobran menos (luego entraremos en eso). Es decir, en el salario de un trabajador de elite no se paga lo que él produce para la empresa (a nadie se le paga lo que produce, a través del salario), no se paga el trabajo que hace, sino lo que el capital calcula para la conservación y reproducción de esa clase concreta, para el nivel de vida estándar de esa clase de trabajador (y nuevamente adelantamos algo sobre el segundo concepto). El plus-salario de los trabajadores de elite se paga con el plusvalor extraído al producto obtenido de las horas de trabajo que se dejan de pagar a quien se dedica a hacer tornillos, además de pagarse también el beneficio para el capitalista que se enriquece sin trabajar.

La tercera brecha es la existente entre países. Como se sabe, no se pagan igual las horas para realizar un mismo trabajo en Bilbao o en Bameda. Si hoy en día la situación del proletariado de Europa no tiene nada que ver con la que vivía en los s. XVIII y XIX, si hoy en día, en Europa, el Capital calcula un nivel de vida estándar más alto para sus clases asalariadas más oprimidas, por encima del de mera supervivencia o del inferior a la supervivencia, y en muchos casos incluso un nivel de vida digno y hasta cómodo, y está dispuesto a pagar por ello, es gracias a que en otros muchos países tiene la posibilidad de pagar salarios que no alcanzan ni para la supervivencia. Es decir, si hoy en día un trabajador humilde vasco es capaz de comprar envasados en el supermercado pimientos rojos traídos de Perú o espárragos llegados de China, es solo gracias a las horas que el Capital no remunera a los trabajadores de esos países, porque su supervivencia le sale mucho más barata, entre otras razones. Después de todo, la brecha salarial está unida al trabajo no remunerado, y pronto entraremos en ese punto.

Así que, al hablar de la otra brecha salarial, la de género, es decir, cuando se nos mencionan los salarios medios, nos dejan al descubierto esas otras brechas salariales que nunca mencionarán. Pero la mejor manera de esconder algo es ponerlo ante los ojos, y la estadística es la herramienta más eficaz para deformar la realidad. Cuando se dan esos promedios, se pierde de vista que para llegar a esos 30.686 y 22.976 euros, una mayoría, hombres y mujeres, vive muy por debajo de esos 30.686 y 22.976 euros, para que una minoría, hombres y mujeres, pueda vivir muuuuy por encima de esos 30.686 y 22.976 euros y, sobre todo, para que una minoría aún menor pueda vivir sin trabajar. Que para llegar en la CAV a esos 30.686 y 22.976 euros de promedio, además, los promedios de otros países deben estar muuuuuy por debajo de los nuestros.

Y puede decirse todo eso, sin negar las diferencias que en cada sociedad y clase existen entre hombres y mujeres, y también sin negar las diferencias que existen en sus salarios y las razones para ello. La diferencia es que el Capital puede aceptar equilibrar la brecha salarial entre géneros en las sociedades occidentales, incluso hacerla desaparecer, y que seguramente, hoy en día, en la nueva fase del Capitalismo y del Patriarcado, también le interesa que así sea, cuando necesita la adhesión de las mujeres trabajadoras de las sociedades occidentales (y sobre todo de las de las clases medias), mientras no se toquen las otras brechas. La primera brecha, porque es el pilar del Capitalismo, que la clase capitalista viva del trabajo ajeno. La segunda brecha, porque consigue la adhesión de la clase asalariada de elite, al comprar su lealtad a través de una vida opulenta y conseguir aliados para el disciplinamiento de las clases inferiores. De hecho, para que las clases asalariadas de elite puedan conservar su estilo de vida, les resultan imprescindibles las horas impagadas al resto de trabajadores. Sin brecha salarial no hay lujo ni es posible exhibir estatus. Y la tercera, porque es la base de la paz social de las sociedades occidentales “opulentas”. Para poder aligerar la explotación en algunos países y que las clases trabajadoras se sientan parte de las empresas que las explotan, para que estén dispuestas a hacer cualquier cosa a cambio de preservar su “bienestar”, sin reducir con ello las fuentes de beneficio para el Capital, se necesita dónde incrementar la explotación. Para que nosotres compremos barato (o para que los salarios que nos pagan por nuestra reproducción sean suficientes), se necesita mano de obra que produzca barato, como es obvio.

Trabajo no remunerado:

el salario es la proporción de los elementos que componen la riqueza y son consumidos todos los días reproductivamente por las masas de los trabajadores.

(…)

Al ocuparme del valor, he demostrado que todo trabajo debe dejar un excedente; de modo que, suponiendo que el consumo del trabajador sea siempre el mismo, su trabajo debería crear, además de su subsistencia, un capital cada vez mayor. Bajo el sistema de la propiedad, el excedente del trabajo, esencialmente colectivo, pasa todo, como la renta, al propietario. Ahora bien: entre esta apropiación disfrazada y la usurpación fraudulenta de un bien comunal, ¿qué diferencia existe?

La consecuencia de esta usurpación es que el trabajador, cuya parte en el producto colectivo confisca siempre el empresario, está constantemente en pérdida, mientras el capitalista está siempre en ganancia…”

(P.J. Proudhon, Sistema de contradicciones económicas o Filosofía de la Miseria)

“El capitalista paga el valor de la fuerza de trabajo (o su precio, divergente de su valor) y a cambio de ello obtiene el derecho a disponer de la fuerza viva de trabajo. Su aprovechamiento de esta fuerza de trabajo se descompone en dos períodos. Durante uno de esos períodos el obrero no produce más que un valor = al valor de su fuerza de trabajo, o sea, sólo un equivalente. A cambio del precio adelantado de la fuerza de trabajo, el capitalista, de esta suerte, obtiene un producto del mismo precio. Es como si hubiera adquirido en el mercado el producto terminado. En el período del plustrabajo, por el contrario, el aprovechamiento de la fuerza de trabajo forma valor para el capitalista, sin que ese valor le cueste un sustituto de valor. Obtiene de balde esa movilización de fuerza de trabajo. Es en este sentido como el plustrabajo puede denominarse trabajo impago.

El capital, por tanto, no es sólo la posibilidad de disponer de trabajo, como dice Adam Smith. Es, en esencia, la posibilidad de disponer de trabajo impago. Todo plusvalor, cualquiera que sea la figura particular ganancia, interés, renta, etc. en que posteriormente cristalice, es con arreglo a su sustancia la concreción material de tiempo de trabajo impago. El misterio de la autovalorización del capital se resuelve en el hecho de que éste puede disponer de una cantidad determinada de trabajo ajeno impago.

(…)

El valor de la fuerza de trabajo no estaba determinado por el tiempo de trabajo necesario para mantener al obrero adulto individual, sino por el necesario para mantener a la familia obrera. Al arrojar a todos los miembros de la familia obrera al mercado de trabajo, la maquinaria distribuye el valor de la fuerza de trabajo del hombre entre su familia entera. Desvaloriza, por ende, la fuerza de trabajo de aquél. Adquirir las 4 fuerzas de trabajo en que, por ejemplo, se parcela una familia, tal vez cueste más que antaño adquirir la fuerza de trabajo del jefe de familia, pero, en cambio, 4 jornadas laborales remplazan a 1, y el precio de las mismas se reduce en proporción al excedente del plustrabajo de los 4 obreros con respecto al plustrabajo de 1. Para que viva una familia, ahora son cuatro personas las que tienen que suministrar al capital no sólo trabajo, sino también plustrabajo. De este modo, la maquinaria desde un primer momento amplía, además del material humano de explotación, o sea del campo de explotación propiamente dicho del capital [121], el grado de dicha explotación.
[121] “El aumento numérico de los obreros ha sido considerable, debido a la creciente sustitución del trabajo masculino por el femenino, y sobre todo del adulto por el infantil. Tres muchachas de 13 años, con salarios de 6 a 8 chelines semanales, han remplazado a un obrero de edad madura cuyo salario oscilaba entre 18 y 45 chelines.” (Th. de Quincey, “The Logic of Political Economy”, Londres, 1844, nota a la p. 147.) Como no es posible suprimir totalmente ciertas funciones de la familia, como por ejemplo las de cuidar a los niños, darles de mamar, etc., las madres de familia confiscadas por el capital tienen que contratar a quien las remplace en mayor o menor medida. Es necesario sustituir por mercancías terminadas los trabajos que exige el consumo familiar, como coser, remendar, etc. El gasto menor de trabajo doméstico se ve acompañado por un mayor gasto de dinero. Crecen, por consiguiente, los costos de producción de la familia obrera y contrapesan el mayor ingreso. A esto se suma, que se vuelven imposibles la economía y el uso adecuado en el consumo y la preparación de los medios de subsistencia. Acerca de estos hechos, encubiertos por la economía política oficial, se encuentra un abundante material en los “Reports” de los inspectores fabriles y de la “Children’s Employment Commission” y, particularmente, también en los “Reports on Public Health”.”

(K. Marx, El Capital)

Eso es, entre otras cosas, lo que viene a resumir lo escrito por Proudhon y Marx sobre el trabajo impago. Además de escribir sobre ello, es el trabajo impago precisamente el pilar de toda la teoría sobre el capital de Marx. ¿Nos hablan de eso hoy en día, cuando en todos los medios de comunicación se menciona el trabajo no remunerado? No, por supuesto. Durante las últimas décadas se ha introducido otra teoría para ocultar totalmente la esencia del salario. Ahora nos dicen que son los trabajos de reproducción familiares los no remunerados. Y puede ser normal que crean tal cosa mujeres (y hombres) de mentalidad burguesa y capitalista, pero es absolutamente sorprendente cuando se escucha en boca de quienes se tienen por marxistas o incluso anarquistas. Parece que se ha olvidado una cosa que estaba ya tan clara: qué representa realmente el salario y qué se paga a través de él.

Está claro, y tiene todo el sentido luchar contra ello, que el paradigma familiar que se impuso en los últimos siglos en las clases trabajadoras medias y altas ha traído un terrible desequilibrio, cuando las mujeres que hasta entonces se quedaban en casa realizando las tareas domésticas han salido al mercado laboral. Y está claro que no es justo, que si en una familia o unidad de convivencia tienen que trabajar por igual fuera de casa dos personas (o más), las labores dentro del hogar las realice una sola de esas personas. Pero eso no significa que las tareas domésticas, el trabajo reproductivo, no se pague. El salario no es más que eso precisamente: la cantidad que el capital paga a la clase que compra para que se conserve y reproduzca, para que al día siguiente vuelva en forma y dispuesta a trabajar, y produzca la clase trabajadora del futuro. Se engaña totalmente quien crea que a través del salario se paga el trabajo realizado y, está claro, entre otras cosas, no ha leído o entendido jamás a Proudhon ni a Marx. Aún más, durante los s. XVIII y XIX esa era precisamente la preocupación de los teóricos capitalistas: cuánto había que pagar a los trabajadores para que sobrevivieran. Tenían claro que solo les correspondía pagar su supervivencia y reproducción, nunca el trabajo realizado.

Eso se ve claro con un ejemplo. Tomemos cuatro familias o unidades de convivencia, diremos que son de clase media.

La familia A se compone de 4 miembros, dos que forman pareja y dos descendientes, de ellos uno trabaja fuera de casa y recibe al mes 6.000 euros de salario. Esa persona trabajadora no desea que nadie de la familia se ocupe de las tareas domésticas, y subcontrata esos trabajos. Les viene a casa una persona, pagándole 800 euros al mes, y ella se ocupa de mantener la casa limpia, tener lista la comida a la hora pedida… Nadie lo pondrá en duda: esos trabajos domésticos están remunerados, 800 euros al mes, exactamente. Y alguien pensará que es esa persona que trabaja fuera de casa la que paga esos trabajos reproductivos pero, ¿de dónde saca esos 800 euros? Del salario pagado por el capital, precisamente, para mantener el nivel de vida que calcula para ese tipo de trabajador y reproducir esa clase de trabajador. Pero en esa familia, un miembro tiene una suerte de la ostia, al parecer, porque tiene todo lo que necesita sin tener que trabajar para ello. Qué les vamos a decir, si ambos están de acuerdo…

La familia B se compone de 4 miembros, dos que forman pareja y dos descendientes, de ellos uno trabaja fuera de casa y recibe al mes 6.000 euros de salario. En su hogar, han decidido que un miembro de la familia se ocupará de la mayoría de las tareas domésticas: esa persona limpiará la casa y la ropa, se ocupara de que la comida esté a su hora… ¿Quien lleva el salario al hogar ha dejado de pagar los trabajos reproductivos, porque ese sueldo de 800 euros ahora no lo vemos? No; ahora sí, esa persona que se ocupa de las tareas domésticas, además de vivir de ese único salario (como hacía el miembro de la familia A que no trabajaba en nada), está haciéndose cargo de los trabajos reproductivos remunerados por ese salario.

La familia C se compone de 4 miembros, las dos personas adultas trabajan fuera de casa y, entre ambos sueldos, juntan cada mes 6.000 euros. En esa familia nadie tiene tiempo (o ganas) para realizar ciertos trabajos domésticos, y subcontrata esas labores. Les viene a casa una persona, pagándole 800 euros al mes, y ella se ocupa de mantener la casa limpia, tener lista la comida a la hora encomendada… De nuevo tenemos a la vista la remuneración de los trabajos reproductivos. pero nuevamente es el capital el que paga por dichos trabajos, a través del salario entregado a esas dos personas.

La familia D se compone de 4 miembros, las dos personas adultas trabajan fuera de casa y, entre ambos sueldos, juntan cada mes 6.000 euros. Organizan sus tiempos, y consiguen entre ambas realizar todos los trabajos domésticos. Nuevamente, están incluidos en esos 6.000 euros abonados por el capital los trabajos para su reproducción, aunque nuevamente se haya invisibilizado.

En efecto, contra lo que nos quieren meter en la cabeza, en lugar de estar impagos los trabajos reproductivos, son esos los que el capital remunera, precisamente. Los únicos, en el caso de la mayoría de la clase trabajadora.

Sin embargo, para pagar a través de un único sueldo la reproducción de 4 personas, es necesario que también existan quienes puedan reproducirse por 800 euros. En cambio, el sistema no puede aceptar perder los trabajadores que ni siquiera tienen salario o aquellos a los que este no les alcanza ni para los gastos básicos de supervivencia; los necesita vivos y dispuestos, para cuando le surja la necesidad, son trabajadores de reserva. Y para eso están las RGI, complementos para vivienda y otros subsidios que reparte el Estado, precisamente. Sin embargo, esas prestaciones, es decir, los servicios reproductivos bajo responsabilidad del Estado (como la educación y salud públicas), son pagadas por la propia clase trabajadora en activo, al dejar directamente en manos del Estado una porción del salario que el capital les abona para su reproducción, entre otras, en las retenciones para al IRPF. Puede decirse que adelantan al Estado los gastos para su reproducción, que son pagados por su salario.

Pero los cuatro modelos de familia anteriores no sin indiferentes para el capital, no son neutros. Por un lado, en dos casos, a través de esos 6.000 euros paga la reproducción de 4 personas, y en los otros dos, la de 5 personas, como mínimo (pues ignoramos de esos 800 euros pagados a una persona para realizar ciertos trabajos reproductivos cuántas personas deben vivir). De las cuatro situaciones, la primera, la familia A, es la más desfavorable para el capital. Por un lado, a los salarios altos siempre se les extrae menor plusvalor, dejan menos al capital. Por otro, en un hogar en el que hay dos personas adultas, solo extrae plusvalor a una y la otra queda al margen de su proceso de valorización. Es decir, no le extrae trabajo impago y, como se ha visto, el capital vive de ese trabajo impago. Por último, la familia contrata a un persona trabajadora para algunas tareas reproductivas, es decir, retira una persona trabajadora del mercado laboral. Puede decirse que la familia “roba” al capital los brazos de una persona trabajadora y, por tanto, la posibilidad de extraerle plusvalor, al menos si contrata a esa persona directamente. Si esos 800 euros son abonados a una empresa que venda tareas domésticas, está claro que a quien realiza los trabajos reproductivos solo le llegara una parte, digamos 600 euros, y que, por tanto, quedarán 200 euros en manos del capital. En ese caso sería trabajo valorizado.

Por el contrario, la situación más favorable es la de la familia D. A cambio de la misma cantidad de salario, les extrae plusvalor (y, por tanto, plustrabajo y plusproducto) a dos personas, y como esas personas no sacan brazos extra del mercado laboral, hay mayores posibilidades, trabajando ambas fuera de casa, por ejemplo, para que, cuando les falta tiempo para las tareas domésticas, solucionen el problema a través de servicios que dejan plusvalor (guardería, pidiendo la cena a la pizzería favorita del barrio, tomando el menú del día en el bar junto al lugar de trabajo…). No son casuales ni la fama que en nuestros tiempos ha tomado la industria hostelera, ni los beneficios que da. Por otro lado, las cuatro familias entran dentro del modelo de familia reducida o nuclear impuesto por el capital. Hemos dejado a un lado las personas mayores que pueden requerir trabajos de cuidado, pero también ellas entran en la misma lógica.

El Capital, por supuesto, no es tonto, y hace tiempo que se dio cuenta de que no sacaba a las familias trabajadoras de clase media tanto plusvalor como a las familias proletarias. Era contrario a su economía que tantas mujeres permanecieran en el hogar, además, realizando trabajos que no generaban valor al capital. Desde la óptica de la economía capitalista, los trabajos reproductivos, los correspondientes al proletariado, carecían de valor. Eso no significa que la sociedad, en general, no viera su valor. Pero fue sencillo instalar el discurso adecuado: lo que había carecido de valor para el capital carecía de valor para la sociedad. Interés del capital = opinión de la sociedad. Lo que no entra dentro de parámetros económicos mensurables, lo que no genera plusvalor, es trabajo sin valor. Se estaban perdiendo ahí tontamente posibles trabajadoras a las que extraer plustrabajo y actividades a las que extraer plusvalor. Había que cumplir, por tanto, dos objetivos conjuntamente: liberar esos brazos guardados en el hogar para el capital, es decir, ponerlos a producir plustrabajo y plusvalor, y extraer plusvalor a esos trabajos que se realizaban en los hogares. Y así andamos

Se escucha con frecuencia las últimas décadas, que en los hogares en que antes con un solo salario era suficiente, ahora son imprescindibles los dos. Es decir, el capital ha desvalorizado el trabajo, y para conservar el nivel de vida estándar al que nos ha acostumbrado, ahora hacen falta obligatoriamente esos dos salarios. Ahora un solo salario no paga la reproducción (tal y como sucedía a la mayoría de familias proletarias en el s. XIX). Por otro lado, existe una sola manera de que los trabajos que carecen de valorización para el capital generen esa valorización: la profesionalización. Convertir dichos trabajos en oficios, para extraer plusvalor a dichos trabajadores.

Por eso, son sorprendentes algunas contradicciones que se observan. Un claro ejemplo son las teorías de Silvia Federici. Cuando establece las relaciones entre estado, capitalismo y patriarcado, es muy hábil, posee un ojo crítico muy afilado, pero llega al tema de los trabajos reproductivos… e inmediatamente comienzan las contradicciones y olvida sus anteriores teorías. Deplora el Estado y el salario, no tiene empacho para ver en el salario la esclavitud, pero en lugar de buscar el modo de liberar los trabajos asalariados… su solución será poner bajo la órbita de esa esclavitud los trabajos que hoy no se encuentran bajo el régimen salarial. Por un lado, siendo ella marxista, olvida que el salario paga los trabajos reproductivos y, por otro, tras achacar a la falta de salario la razón de la devaluación social de los trabajos reproductivos y defender que hay que revalorarlos, dirá que el hogar y las tareas reproductivas son la cárcel, con toda tranquilidad. Son interesantes los discursos que sostienen que se necesita un salario para los trabajos domésticos (al parecer, la propia Silvia llegó a las aguas del feminismo desde esos movimientos). Por un lado, y es sorprendente, porque se escucha a marxistas; olvidan, como decíamos, que el salario pagado por el capital tan solo paga esos trabajos reproductivos, es decir, que el capital paga los salarios para que se puedan hacer esos trabajos, precisamente. Por otro, surge una duda: ¿quién debería abonar, según esas teorías, esos trabajos que al parecer no se están remunerando? No sé si lo han dicho alguna vez, pero sospecho que piden ese salario al Estado

Pongamos que es así y que estamos de acuerdo: los trabajos reproductivos y de cuidados están impagos y en adelante los deberá remunerar el Estado. ¿A quién se los pagará? ¿Si en un hogar dos personas trabajan fuera de casa y ambas se ocupan de los trabajos reproductivos, se los pagará a ambas a medias? ¿Si en un hogar solo una persona trabaja fuera de casa y la otra se ocupa de las tareas domésticas, pagará un salario a esa persona? ¿Y a esa persona que vive sola y que debe ocuparse de los trabajos de su propia reproducción también le pagará un salario? ¿Y a quien piense que la cantidad abonada por el Estado por sus propios trabajos de reproducción es suficiente y decida quedarse en casa también, aunque no produzca plusvalor para el capital? (Si es así, que me lo digan, que me apuntaré feliz, ya que en la actualidad soy el único que se ocupa de mis trabajos reproductivos y, siendo varón, mis ingresos están por debajo de la media de los salarios femeninos).

Concretado quién y a quién debe pagar, también habrá que decir de dónde saldrá ese salario, y… sospecho que el Estado tiene una sola fuente para sacar todos esos salarios: quitar otra porción al salario para la reproducción de la clase trabajadora. Así que, finalmente, tendríamos el mismo resultado: que la clase trabajadora pagará su reproducción del salario abonado por el capital para que se ocupen de su propia reproducción. O, en el caso de los más privilegiados, de la porción descontada por la clase trabajadora al salario para su propia reproducción, se pagará a profesionales para realizar esos trabajos y para poder extraer de ellos también plusvalor. Y al día siguiente todes nos sentiremos más libres (seguramente, todes menos los últimos eslabones de esa cadena, esos que se encuentran totalmente al fondo de la brecha salarial).

Así, han conseguido dar la vuelta a las ideas de muchas maneras, y de un día para otro, la servidumbre del salario se ha transformado en independencia económica; los hogares son ahora cárceles, y las escuelas, fábricas y oficinas espacios liberadores (los cuarteles también, seguro, desde que nos han profesionalizado el ejército); los trabajos que realizamos para nosotros mismos son horas perdidas, y las horas que pasamos enriqueciendo a otros, en cambio, ganadas; quien comparte con nosotros el tiempo nos oprime, y quien compra nuestro tiempo para vivir de nuestro trabajo nos libera… Ya sabemos, la guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza…

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