Cuerpo-alma, biología-cultura y las resacas postmodernas

Me perdonaréis que escriba sobre el tema elegido desde mi ignorancia descarada, pero de vez en cuando me engancho en esta reflexión y ahí me quedo, dando vueltas. Seguramente, me diréis que antes de cometer este atentado debería leerme una biblioteca entera sobre la cuestión, pero es grande mi impaciencia por escribir y demasiado larga la lista de espera de libros, para llegar a este tema a tiempo. Y es que voy a meterme en algunos debates que durante estos años ha generado el mundo de las teorías de género, sin permiso de les especialistas.

Especialmente, meteré las narices en la discusión sobre la influencia que tienen en nosotres nuestro lado biológico y nuestro lado cultural, por un lado, porque veo abundantes contradicciones y, por otro, porque siento a las teorías incapaces de separarse de la dicotomía cristiana; más aún, resucitando y animando esa dicotomía cristiana.

Y sé muy bien que escribiré desde los privilegios que me otorga esta sociedad heteropatriarcal, pues soy un hombre europeo (¡y vasco!) blanco hetero (¡y nacido en la clase media!). A modo de introducción, y con la esperanza de ganar algunos puntos en el legitimómetro para escribir de este tema, contaré mi experiencia de infancia. Y es que recuerdo cómo de pequeño, con 3 o 4 años, llevaba muy dentro la idea de que deseaba ser niña. Ser niña era mucho mejor. Vestía los vestidos floreados que se le habían quedado pequeños a mi hermana mayor y hacía desfiles para mi madre. Debo agradecer a ella que, en un estilo sumamente pedagógico, en lugar de censurármelo, me preguntara por las razones para rechazar ser niño y desear ser niña, y que me dijera que ser chico era tan bueno como ser chica (añadiré que algunos años más tarde deseaba ser un perro y que me movía como tal por la casa, me echaba a los pies de mi hermana…, pero, al parecer, era más difícil convertirse en perro). Se me pasó ese empeño, pero siempre he conservado un punto de envidia hacia las féminas. Por un lado, estética, puesto que a ellas se les aceptan adornos que a nosotros se nos niegan, y por otro, sexo-afectivo, ya que a ellas se les permitían comportamientos que entre nosotros (los chicos) estaban vetados. Lo sé, ese sentimiento mío nunca ha sido de la misma medida que sentirse en el cuerpo equivocado y, además, de haber sido chica tenía claro que sería lesbiana, puesto que nunca he conseguido sentirme atraído por hombres, aunque en la adolescencia, siendo más difícil el acercamiento físico a las chicas, participara en juegos homoeróticos entre amigos. Y digo que no lo he conseguido, porque siempre me he dado plena libertad para sentirme atraído por cualquiera, pero ante mí el fracaso, nunca he sentido un impulso sexual hacia los varones que he tenido a mi lado.

Esa misma experiencia podría ser un punto de partida perfecto para el debate, qué es en esos comportamientos míos biológico, qué cultural, y ahí nos adentraríamos en las contradicciones de las teorías de género actuales. Y es que, efectivamente, estando estos últimos años dominados por la corrección política feminista-respetuosa-con-todo-tipo-de-género, acostumbramos a estar predispuestes a aceptar todas las teorías, aunque dichas teorías, al igual que en las religiones (la Biblia es un ejemplo perfecto), nos metan en contradicciones de las que nos desentendemos.

La religión cristiana, al igual que la mayoría de las otras religiones, ha dividido en dos históricamente al ser humano: el cuerpo por un lado, el alma por otro. No solo divididas, son dos secciones contrapuestas, de manera similar a como haría el platonismo: nuestra realidad es el alma (el mundo de las ideas), el cuerpo su cárcel (la cueva que nos rodea, que tan solo nos muestra las proyecciones del mundo de las ideas). Igualmente, hace tiempo que en nuestras ciencias modernas se ha desatado otra contienda: en general, las ciencias naturales defenderán que en los seres humanos impera la biología, incluso que somos solamente biología, por un lado, y por otro, las ciencias humanas y sociales dirán que actualmente la biología está superada y que somos seres meramente culturales. Y las teorías de género han hecho suyas ambas dicotomías, la científica y la religiosa, posicionándose al mismo tiempo en favor de la cultura y del alma para explicar la sociedad y el ser humano actuales, en la mayoría de los casos (no siempre, como veremos).

Y las teorías, por supuesto, necesitan sus experimentos para auto-confirmarse. En ese aspecto, son interesantes el documental producido por la televisión pública noruega, sobre la paradoja noruega y, sobre todo, el caso John/Joan muy famoso en Medicina y sobre todo en Psicología.

Para empezar, hablaré sobre la competición entre biología y cultura. Durante las últimas décadas, en las teorías de género, al igual que en otras áreas de las ciencias humanas y sociales, se ha impuesto la reivindicación cultural. Recuerdo cuando estudiaba en la UBA (Universidad de Buenos Aires): coincidía casi todo el profesorado: en los comportamientos humanos la biología está superada, en nosotres no quedan rastros de instinto y somos seres puramente culturales. Acuerdo unánime, casi (y en ese casi entraban las profesoras de Psicología). De modo que está muy difundido que todos nuestros comportamientos son resultado de una cultura concreta, que todes nos comportamos en base a la cultura mamada desde la infancia…, hasta que nos encontramos con las tendencias que se salen del modelo heterosexual. Si en esos casos aceptáramos que una persona elige ser heterosexual, bisexual, homosexual… en función de su cultura, rápidamente alimentaríamos el discurso homófobo y aceptaríamos que quienes no son heterosexuales no son más que personas mal adaptadas a la cultura dominante y que esas “desviaciones” pueden “corregirse” a través de la educación. Así que, en esos casos, la cultura tan solo se considera un mecanismo represivo que reprime el impulso biológico de cada cual y, por tanto, tenemos que aceptar que en una cultura heterosexual las tendencias homosexuales y bisexuales (solo mencionaré esas, me perdonaréis si no recojo las infinitas opciones para amar, de una en una, pero entiéndanse incluidas en ellas) son consecuencia de la biología de cada cual. Osea, que algunas veces la biología se impone a la cultura. Pero solamente en esos casos, ¡por favor! En lo demás, nos mantendremos fieles en nuestra fe cultural.

Por otro lado, y colocándonos en el campo ideológico disidente, en la corrección política disidente de estos temas, se supone que nos situamos en el ámbito del materialismo. Supuestamente, hemos superado la metafísica cristiana, el ser humano es una unidad, no puede hacerse la división cuerpo-alma, eso que llamamos alma no es más que el resultado de mecanismos de esa parte material nuestra pero…, ¿qué sucede cuando aceptamos que la percepción que una persona tiene de sí misma no se corresponde con su cuerpo? ¿Que puede tenerse un género (¿o un sexo? es decir, ¿una realidad física que no es un simple rol aprendido?) en la mente y otro en el cuerpo? Sospecho que de nuevo estamos abrazando la dicotomía cristiana, y además en genuinos parámetros cristianos. Así ha sido históricamente estos últimos siglos, aunque la localización del “error” de esa discrepancia haya cambiado.

Efectivamente, la “ciencia” médica y psiquiátrica de comienzos del siglo XX situó el “problema” en el “recipiente” del alma, en el cerebro, tanto en lo concerniente a la homosexualidad, como al resto de “trastornos” sexuales. Y así, junto con las lobotomías, se dedicaron a borrar de la cabeza esas “disfunciones”, esas “locuras”, esas “enfermedades”; con nulo éxito, por otro lado. En lenguaje cristiano, el alma estaba enferma, el cuerpo sano.

Hoy en día se ve de otra manera, en cambio. Siguiendo la senda cristiana, si es el cuerpo la cárcel del alma, está claro quién se equivoca en esos casos (dejando de lado las tendencias sexuales, ya que ahí existe consenso: no hay nada que “corregir”): el cuerpo. Si la mente (el alma) siente un sexo y el cuerpo muestra otro, el cuerpo se equivoca, puesto que nuestra alma no lo hace, siendo un pájaro atrapado en una jaula física. Transformemos la jaula a la medida de las alas de ese pájaro. Y, así, se dedicarán a transformar el cuerpo para que coincida con el alma.

Sin embargo, mi duda va en otro sentido: ¿y si solamente es un asunto cultural ver contradicción entre esas mentes y esos cuerpos? ¿Y si nada es erróneo, ni en el alma ni en el cuerpo? ¿Y si ni una ni otro se equivocan? ¿Y si en una cultura más libre pudieran desarrollarse ambas sin sentirse en contradicción? O, dicho de otro modo: ¿y si no existiese dualismo en el ser humano y solo tuviéramos unidad material?

De todos modos, sospecho que todavía nos durarán tiempo las resacas postmodernas, el espejismo del ser humano a la carta, la cultura yo-soy-lo-que-quiero-y-si-no-soy-lo-que-quiero-lo-transformo-y-listo. Pero, ahora que el auto-odio está tan arraigado, todavía pueden venderse muchos libros y abarrotar seminarios. Mientras tanto, habrá que ver cuántos cadáveres políticos dejamos sobre la mesa…

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